Sentirse Vivo

Las parrandas navideñas cesaron apenas me fui de Venezuela. Y con ello, los amigos de infancia y la familia. Quince años más tarde y ya viviendo en Canadá, la navidad que yo celebro consiste en pasar el 24 en casa de los padres de mi mujer, ver a mis hijas abrir sus regalos, y el fin de año, que es mi turno, declararlo lunes de asueto. Al tener mi familia tan lejos (todos viven a 8 horas de vuelo) no me interesa otra cosa que compartir una cena modesta (pero emotiva), con mi mujer y mis hijas y a golpe de 10pm: chao y cama. Así estuve durante una década.

Pero ocurrió lo extraño.

Mi esposa me convenció, ya casi a última hora, de romper rutina. Fuimos a visitar, entonces, una pareja de amigos colombianos. Ya en su casa, nos encontramos con otro par de amistades chilenas. Éramos tan solo 10 adultos, pero entre sus países, el país de La Maga (mi mujer) y el mío habían más de 100 millones de habitantes gritando y bailando como unos dementes. Fue, y lo escribo orgulloso, una de las noches más genuinamente divertidas que he pasado desde hace mucho.

Sentí, de hecho, que, durante aquellas seis horas de trasnocho, toda la Avenida Sucre donde crecí en Caracas se recompuso de una manera tal que vi, allí en medio de aquella sala, cómo se fusionaba los triqui-traqui y tumbarranchos de mi memoria con las auténticas carcajadas de todo cuanto me rodeaba. Qué bonito fue sentirse vivo a través del otro.

Y quiero agradecer a Dios, sobre todo al dios de mi madre, por ello. Por haber inventado El Baile del Perrito, a Juan Luís Guerra y a Oscar de León, pero, sobre todo, a la incólume existencia de los shot de ron, que, por cierto, yo que no bebo, me obligué a tomar un par con los ojos cerraditos y de una manera muy, pero muy afeminada.

Por eso gracias, Dios. Sí, tú, que me estarás leyendo en tu Facebook hiper-moderno. Gracias, repito; por tanta juventud que me diste anoche. Por la bulla, y la ronquera que hoy padezco, y por tantas otras cosas que no entenderás, pero que hoy son inmortales en mi cabeza.

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