
La alumna de que quería vencer
Patéticas estrategias académicas de consumados y potenciales abogados
Escribir un mínimo de cuatro a cinco hojas en un parcial, apostando a que los profesores probablemente no lo lean por lo extenso. Responder en un examen oral una pregunta con otra pregunta. Solo fue un pequeño relato parte de una explicación corta del “cómo” ante la expresión “las pasé todas” para cumplir con el objetivo de la profesora, una conversación fluida y amistosa. Mis nuevos compañeros de clases piensan que es un chiste. Yo nunca lo pensé así. Continúan su conversación a causa de esta imposición didáctica de juntar a la fuerza grupos de alumnos para ayudarlos a socializar. Mientras, reflexiono y recuerdo, de “dónde saqué todo esto”
Venganza, retaliación, inmadurez, sobrevivencia. No sé. Éramos un grupo de ingenuas come libros, que creía en el mérito del estudio como herramienta para el éxito. Pero pronto aprendimos que por más que estudies, el criterio muy subjetivo de evaluación de ciertos profesores es tan amplio como el universo. Estudiar no era la clave. Predecir debilidades y abusar de ellas lo era. Sin embargo saber todo esto, pero aun así querer seguir por la senda del mérito académico fue siempre la intención, menos de la alumna que quería vencer.
La alumna que quería vencer fue injusta y salvajemente expuesta al mostrarse aparentemente inteligente desde el día uno del inicio de clases. Su inteligencia explícita, paradójicamente fue un obstáculo para desarrollar un nivel académico aceptable, y más en una facultad donde el consejo principal de siempre es fingir ser estúpido.
Un día, no recuerdo cómo, se hizo parte de un grupo muy insulso, el nuestro. Indiferentes, resignadas y dispuestas a que todo el aparato arrollador de la Facultad de Derecho hiciera cuanto quisiera con nosotras, pensando que otra salida no había. Vivir la vida que habíamos elegido y debíamos vivir. Ella fingió ser como nosotras, pero de a momentos vencía.
Muchas son las anécdotas, pero pocas moralmente pertinentes para relatar. Una vez usó información privilegiada que le correspondía como delegada del salón de clases. Producto de ello, se sospechó del mérito de un alumno al pasar un examen con condiciones extrañamente favorables, y así la profesora con reputación intachable se vio envuelta en un escándalo. Debió aprender que los inteligentes escrachados, seguramente devuelven los golpes y de formas inesperadas.
En otra oportunidad, un profesor medio vago, entendió las poca utilidad de las evaluaciones grupales. Así,noventa alumnos repartidos en nueve grupos, expusieron cada uno un ítem de un tema a través de un vocal frente a sus compañeros. La novedad, cada grupo votaría por quienes creían mejor habían expuesto. Resignadas por nuestra mediocre presentación, convenimos que cierto grupo habría logrado la hazaña. La alumna que quería vencer se opuso, y propuso votar a un grupo que de seguro no ganaría en lo absoluto, y así no dar el punto ganador en un posible escenario polarizado. Muy distante fue lo que sucedió. El resultado fue nueve de nueve votos al grupo que no ganaría en lo absoluto. La confusión, se debió al número asignado por cada grupo a modo de identificación. El grupo que no ganaría en lo absoluto era un número mayor al nuestro. El profesor sospechó de las intenciones de los alumnos de dar a nuestro grupo los votos. Arbitrariamente para parar este papelón, (que ganara un grupo que aparentemente no lo merecía) anula el proceso, y nos proclama grupo ganador. En el transcurso de dicho suceso, algunos sospechan que habíamos votado por nosotros mismos. Mientras, nosotras no lográbamos entender por qué nadie voto al grupo que lo merecía. Nuestro único mérito, saber decir sandeces con mucha seguridad. El de la alumna que quería vencer, torcer un proceso simple en un desastre. El del profesor, enseñarnos el (no) verdadero significado de democracia.
Lo último que hizo, que recuerde, fue jugar a ser la oyente complaciente de cuanto alumno del salón le confiaran sus secretos por cinco años, para luego estallar y revelar las intimidades de sus confidentes. Los que la usaron, los que se le burlaron, los que la juzgaron, todos le habían confiado temas delicados. A quien criticas, no debes darle ni la mano.
Hoy, no sé nada de esta alumna, no sé si venció o fue vencida. Pero en mi recuerdo venció de a momentos. Ganar algo es lo que cuenta supongo, aunque sea en recuerdos.
Ahora estoy sentada con este nuevo grupo de estudiantes, de otra facultad, en otro país, de otra universidad, contando a modo de chiste estas estrategias, recordando el origen de todas estas actitudes inconscientes que aplico. Decidiendo cuál será mi rol, si tomaré el puesto de la alumna que quiere vencer. Pero la profesora me interrumpe y a la tertulia en desarrollo del salón, para advertir que las repuestas del examen deberán ser de una carilla, no más de ahí. Mi plan de escribir testamentos en los exámenes para aburrir al profesor lector, no servirá. Una señal. Esto no es la Facultad de Derecho, no hace falta vencer, porque ya me vencieron. Seguiré el camino fracasado del mérito.
Igual, agradezco a la alumna “vencida” por estos recuerdos que le dan color a mi vencido y a mi pueril expresión y pensamiento.