Miserias de un fundamentalista


¡Ojo! No confundamos las cosas. Fue maravilloso mientras duró.

Con el sonido de los pájaros y la vida urbana entrando por una ventana, desperté en una casa que no era mía, desorientado.
Mirando alrededor fui recordando lo de anoche. El espacio era el mismo, pero la luz le quitaba sentido a mi memoria.

Percibí a la distancia cajones abriéndose y utensilios siendo utilizados.
El olor a tostadas daba miedo… Lo dejé pasar.

Una pava hirviendo sumaba indicios a mis presunciones

Entre la incertidumbre de no saber dónde estaba el baño y la certeza de que no encontraría mi cepillo de dientes en él, opté por quedarme en la cama y me desentendí del agua hirviendo… No quería té, pero lo de anoche me había amansado.

Segundos después, mis oídos dibujaron una bandeja cargada aproximándose a pasos mudos sobre la alfombra.

Al fin apareció… Era como sacada de un sueño.
Describirla sería otorgarle a las palabras un valor que no merecen.
Un breve silencio se apoderó de la escena mientras ella se acercaba.
Detrás de mí, el tránsito, persianas, puertas y personas… Por delante, por fin iba a escucharla.

“-¡Buen día!” Me dijo y su voz le dio sentido al despertar.

Que sensación gratificante la de despertar en un contexto tan favorable y qué difícil no imaginar futuros cercanos con más “buenos días”.

- ¿Un mate? (siguió)

Me invadió el recuerdo de la pava hirviendo y mi cabeza comenzó su aventura. — ¡Un Mate!… Dos palabras que cambiaron el curso de nuestro destino.
“Un Mate” es todo lo que debía escuchar para reconstruir el crimen.
El llanto del pan al quemarse me lo había advertido, pedía justicia. Recordé una vez más el agua hirviendo y deseé mucho que fuera un té.
Reconozco mi rostro enrojecido de furia mientras ella estiraba hacia mí su ofrenda.
“Un mate” le llama a un jarro de chapa con agua hervida invitando a flotar a unos palos de yerba.

No pude soportarlo… Ni el perfume en la almohada, ni el dulzor de su presencia, ni la voz de algodón logró compensar lo aberrante de sus actos.
De pronto las palabras podían describirla y las tostadas me continuaban con su pedido de venganza.

Los pasos rápidos y mudos ahora eran míos y el final sonó a portazo irracional.

Ni me até los cordones, pues el mundo ya se había vuelto loco.

“Un Mate”
¿Será mucho pedir?


El fundamentalista del mate.