Schrödinger

Afueras de la universidad, la semana concluía entre los últimos trabajos y exámenes finales. Habían sido días agotadores en los cuales mil ideas traficaban mi cabeza, ignorando los semaforos de la Prioridad. Algo debió activarse en este universo porque improvisamente todo parecía volver a un punto de equilibrio en el cual era necesario volver al mando de mis decisiones. Tras la emoción por haber logrado un buen puntaje en un proyecto, una vez salido del salón me percato que la nueva enamorada de mi amigo estaba afuera esperándolo, orgullosa del oso de peluche gigante que había recibido.

L. se encontraba ahí también, quedó fascinada por la ternura del osito, quizás nuestras memorias viajaban paralelamente hacia Schrödinger.

La noche era joven, a pesar de mis planes previamente estudiados todo salió al revés, pero no me arrepentí: ella estaba ahí. Cada instante, cada respiro, cada latido manifestaban esa atracción que era imposible negar.

Son días que pienso, recuerdo. Me hundo en los pantanos del pasado, en ese extraño masoquismo que conlleva unos místicos impulsos hacia algo indefinido. Quisiera que todo fuera tan fácil en realidad, pero entonces la vida no tendría retos que enfrentar y carecería de emoción. A veces se siente algo raro estar inmóvil ante tanto movimiento, ante ese flujo de personas que no se detienen a pensar y corren a pies descalzos hacia metas abstractas.

Ya falta poco para que termine este semestre de estudios, ¿y luego? ¿Desvaneceremos lentamente hacia el olvido y el anonimato como solemos hacer? ¿Y si abrimos esa caja y descubrimos que Schrödinger sigue paradójicamente vivo? A lo mejor solo esté esperando que alguien lo rescate.

Giuegi

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