Había una vez un Gabo

(Primera parte)

— Hola Gabo, vine a despedirme

— Ah, bueno, adiós

Fue algo así, íbamos en la prepa, era un internado mormón, por cierto. Era el fin del cuarto semestre, o sea, el segundo año. Gabo ya no regresaría porque es ateo y está padre, pero a los líderes no les pareció padre y decidieron que mejor fuera ateo en otra prepa. Entonces, yo, con toda la sensiblería que me caracteriza fue a despedirme de mi amigo, y mi amigo respondió con todo el sentimentalismo que lo identifica; nulo.

Y yo pensé que me estaba despidiendo, pero en realidad creo que fue el inicio. Aunque una vez (o dos) Gabo dijo que no eramos amigos, pero OBVIO somos amigos. Tengo un montón de evidencia que me respalda, en este punto soy como esa persona en la “relación” que dice, “no me vengas con que somos amigos, porque los amigos no (inserte cosas que no hacen los amigos)”.

Bueno, así, pero asegurando que sí somos amigos, porque nos contamos un montón de cosas, y cuando me hace recomendaciones… no mamen… me lee la mente. Si yo muriera, fácil, él podría administrar mi cuenta de tuiter. Me da las primicias de sus proyectos chingones, y abrí medium por él. A veces me sorprende lo mucho que me conoce.

Mi serie favorita me la recomendó él, mi tuitero favorito me lo recomendó él. Vaya, hasta mi ex más significativo fue recomendación suya. Por lo de el ex, eximo de toda culpa a Gabo; no funcionó, pero me gustaba un chingo, así que fue una sugerencia acertada. Por suerte mi serie favorita y mi tuitero favorito no fueron pérdidas totales. Puntos para Gabo.

Ah, y una vez, una en la que me sentía perdida, como ratón acorralado, Gabo me habló por teléfono y me aplicó la de “amiga, date cuenta” (¿ven como sí somos amigos?), me dijo:

— Gloria, tienes todas las de ganar, no tengas miedo, eres la persona más libre del mundo, y no te sientas culpable.

— No me siento culpable.

— Ah, qué bueno, porque antes te habrías sentido culpable, pero entonces no tengas miedo (aquí hizo una lista enorme de cosas que me tranquilizaron).

Pero lo más importante de todo es que “si se te olvidan las razones por las que no debes tener miedo, avísame, yo te voy a recordar por qué no debes tener miedo, siempre que lo necesites”. Fue como si todos los adultos que debieron estar conmigo abrazaran mi infancia.

Ya pasaron 13 años, desde que fui a despedirme de Gabo, él vive en Michoacán y yo vivo en la CDMX. Y no hemos perdido contacto, ni las vivencias del otro.

¿Ven como sí somos amigos?

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