En qué creo

Creo en el sexo de una mujer,

que sabe arrancarme del sueño cartesiano.

Creo en el poder de las baldosas flojas que “velan” charcos,

en los pantalones, recién, manchados que “des-velan” charcos.

Creo en Dios, en las mañanas de finales,

aunque de noche duerma con el Diablo.

Creo en la belleza de un aro de básquet,

en el seco sonido de la red al tratar, inútilmente, de asir la pelota.

En volar por un instante,

en la tendinitis de mi rodilla derecha, que siempre asecha.

Creo en la cicatriz de mi mejilla derecha,

en las perfectas imperfecciones de un rostro.

Creo en las noches de insomnio,

en amaneceres desvelados.

Creo en las rutas sin sueño,

en las estaciones de servicio sin autos.

En la sensación térmica,

y en el riesgo país.

Creo en morir de noche,

en resucitar por la tarde.

Creo en “hacer” lluvia,

en las canchas de barro.

Creo en el oscurantismo,

de los “iluminados”.

En la esperanza,

de los desesperados.

Creo en los rechazos,

que prometen devenir abrazo.

Creo en la riqueza de los ricos,

en la pobreza de los pobres.

Creo en las mejillas saladas,

en un buen portazo.

Creo en la soledad de las tardes,

en morir sin brazos.

Creo en la risa desmedida,

en la locura de a ratos.

En la amargura de un beso,

en la alegría de un llanto.

Creo en las casas vacías,

en los mares sin barcos.

En las noches sin luna,

en las ventanas sin marco.

Creo en la verdad de los ojos,

en la mentira de los labios.

En vivir por la muerte,

en morir por vivir demasiado.

Creo en una almohada salivada,

en dormir un buen rato.

Creo en el a priori-histórico,

en el ser deleuzeano.

En los subjetivistas

y en los objetivistas.

Creo todo de nada,

y nada de todo.

Creo que ya no creo,

al menos sigo creyendo.

Creo en las guerras sin paz,

en la paz,

en las ideas sin metralla.

Creo en la crueldad de la razón (sin razón),

en la locura que salva.