Era un viernes cómo cualquier otro, pero una desafortunada noticia me golpeó mientras cerraba la puerta de mi casa. Esa persona, la única persona a la que ese día no quería ver. Y era demasiado tarde como para echarse atrás, así que con mi mejor sonrisa falsa, la acompañé junto al resto de mis amigos. No era lo peor que me iba a pasar, lo aseguro.
Entre cañas se mascaba la tragedia. No acostumbro a beber, pero como si una voz en mi cabeza me dijera “tómatela, la necesitarás” di un trago al primer, y único botellín de la noche. Risas, anécdotas tontas y pistachos acompañaban lo que era una noche algo especial, en una terraza tenuemente iluminada por la luz del temprano atardecer invernal. Un móvil sobre la mesa comenzó a vibrar, y ahí desapareció toda la cordialidad, toda la distensión que podría haber un viernes noche entre unos amigos.
Una mentira es fácil de arreglar, una red de ellas es difícil de desenmarañar sin salir tocado, y hundido, de la verdad. Si algo puede excusarme, es que todo lo hice por estar bien con todo el mundo, por tener todos los amigos posibles. Atrasé el momento de decidir hasta que todas las puertas se me cerraron de bruces, en una habitación sin ventanas por las que escapar.
Cuatro dígitos para desbloquear el teléfono, y una cara que pasaba de una sonrisa relajada a una expresión de sorpresa. Levantó sus ojos, me echó su mirada más acusadora, y me cedió el móvil.
“Léelo tú”, me dijo.
Y todo se desmoronaba.
Visto ahora no era para tanto, sólo que alguien (yo) que debería haber tenido la boca cerrada se fue de la lengua con alguien con muchas ganas de hablar, sólo para ganarme su confianza, sólo para compensar algo que había hecho para compensar a otra persona, que había hecho para contentar a otra… En un círculo infinito que no parecía poder ser roto.
Hasta que se me rompió en la cara en una debacle de mentiras, medias verdades y sonrisas que escondían rencores ocultos.
¿Dónde estaba yo?
Físicamente, en una terraza, rodeado de personas que, por cada segundo que pasaba eran menos mis amigos.
Mentalmente, huyendo de todo lo que un yo descerebrado había hecho para llegar allí.