Sin pulso

A las dos de la mañana, en Orlando, Omar Saddiqui Mateen entraba en el local gay Pulse para perpetrar la mayor matanza a punta de pistola de la historia de los Estados Unidos y la mayor en el mismo país desde el 11S. No voy a meterme en qué ha pasado, eso ya lo sabéis o si no es fácil buscarlo en internet. Pero, ¿por qué ha pasado?

Descartado que se tratara de terrorismo, todo apunta a la homofobia. El padre del asesino así decía que el ataque “no tiene nada que ver con la religión” indicando que su hijo se enfadó cuando, durante una visita a Miami, vio a dos hombres besándose. Y obviamente, para vengarse, qué mejor que atacar un bar gay donde, claramente habrá una mayoría homosexual.

¿Soy el único al que le parece absurdo que hayan muerto más de 50 personas por el simple hecho de que quieren a alguien de su mismo sexo? Pues tristemente es una realidad que vivimos los homosexuales día sí día también, no a este extremo pero sí en las pequeñas cosas.

Algo tan pequeño como poder darle la mano a tu pareja es algo que tiene que ser pensado dos veces en público. ¿Y si te encuentras con alguien que no respete el amor libre, entre personas, y comienza a insultarte (o incluso más)? Un simple beso puede ser una provocación de violencia y odio. Sólo el que haya que “salir del armario” mientras que el resto del mundo es hetero (hasta que se demuestre o lo contrario) o el que tengan que existir estos bares para gays, donde poder expresar el amor, el cómo te sientes, sin miedo a la reprobación del resto del mundo, es una muestra de que la homosexualidad, lejos de ser algo normalizado y asumido ya (que debería), sigue siendo un motivo de odio.

Pero no sólo nos hace reflexionar esta matanza sobre la homofobia, para nada. ¿Por qué (casi) siempre pasan en el mismo sitio?

El 10 de junio, Christina Grimmes, moría asesinada mientras firmaba discos (en Orlando también, por cierto) tras recibir cuatro balazos. Ayer morían 4 personas en dos tiroteos en California y Carolina del Norte. El jueves, cuatro heridos en Florida. Un muerto y siete heridos en dos tiroteos el miércoles. Y la lista sigue. En la llamada “tierra de la libertad”, donde que una embarazada pueda abortar necesita un complicado procedimiento, o donde los homosexuales no pueden donar sangre, se puede comprar con bastante facilidad un arma de fuego. Sólo hace falta ser mayor de 18 años (mayor de 21 si se quiere una pistola), tener nacionalidad estadounidense o ser residente legal, y tener un expediente policial limpio.

No soy nadie para cuestionar la política de un país, pero se me escapa cómo puede ser que, con 133 tiroteos en lo que va de año (164 días, lo que nos da 0,81 tiroteos por día), no haya una mayor regulación armamentística. El país con más miedo por la Yihad, el país que comienza guerras porque otros potenciales enemigos tienen armas… Y que permite que cualquier mayor de edad tenga un arma en casa. Del mismo modo que se me escapa que se pueda odiar que otras personas tengan gustos sexuales diferentes a los propios hasta el punto de matar a cincuenta personas por ello.

Hay días que simplemente no entiendo el mundo. Sólo sé que hoy, a las dos de la mañana al este de Estados Unidos, Orlando, Norteamérica, y el mundo se ha quedado sin pulso.

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