Abusos en los Testigos de Jehová: “ahora me siento capaz de no callar y de sanar”

B elén vive perturbada por los recuerdos. Recuerdos que la aturden. A veces son como voces que aparecen en cualquier situación de la vida cotidiana. Un día, subiendo las escaleras del Colegio General Manuel Belgrano, donde asiste a la escuela nocturna Claudio Martínez Paiva, escuchó las risas de sus abusadores entre el barullo de los chicos. Una sensación rara comenzó afectarla: primero le faltó el aire y luego las manos le comenzaron a sudar. Pero era una transpiración acompañada por unos escalofríos. Corrió hasta el aula y se aferró a su pupitre. Su banco se convirtió en un virtual salvavidas, mientras las risas seguían penetrando sus tímpanos. Segundos después, sus compañeros la vieron desplomarse en el suelo. Su caída apagó esos chillidos internos y la clase enmudeció.

Belén es la joven santaelenense de 21 años que denunció que, siendo una niña, fue abusada por dos personas, de extrema confianza para su familia y toda la comunidad religiosa de los Testigos de Jehová.

La batalla por justicia recién empieza, pero ella dice que haber sacado a la luz su caso la alivió. Se quitó parte de una dolorosa carga de encima. Fue difícil, cuenta, hubo días enteros de encierro y llanto. Días en los que sentía que todo lo que le sucedía era un castigo divino.

“Sentía que todo lo que intentaba hacer me iba mal en la vida, me eché mucho la culpa de no ser capaz de salir y ahora me siento capaz de no callar y de sanar. Y liberarme de todo lo malo. No le deseo el mal a nadie. Tengo un poco de rencor hacía esas personas pero ahora ya no lo siento, me voy liberando, ahora la gente me ha apoyado”, dice en diálogo con Entre Ríos Ahora.

Belén fue criada bajo las normas de los Testigos de Jehová y destaca que allí aprendió a respetar al otro. Pero allí ella vivió un calvario. Según denunció, sufrió tocamientos por parte de dos siervos ministeriales de los Testigos, una de las jerarquías que alcanzan los hombres dentro del culto. Temporalmente señala que soportó abusos entre los 8 y los 11 años.

El siervo ministerial se encarga de ayudar a los ancianos -nombre que reciben los líderes de la congregación– a dirigir las reuniones, dar consejos, guiar la predicación, y dar conferencias en diferentes puntos donde exista un salón de los Testigos de Jehová. Es decir, son los más próximos a los ancianos.

Cuando decidió contarle a los líderes de la organización lo que le había sucedido, éstos le leyeron un pasaje de las Sagradas Escrituras: “A los ojos de Dios, nada queda impune”. No hubo castigo para los supuestos abusadores. Sólo a uno se le quitó el “privilegio” de ser siervo ministerial, pero siguió concurriendo al templo. Tener que ver a esa persona aún en el “salón” de los Testigos motivó a Belén a dar otro paso: abandonar la organización. Tenía 17 años.

Hace pocas semanas, durante la Cena del Señor –Semana Santa para los Católicos-, Belén vio a uno de los abusadores -que hoy vive en San Luis- de visita en Santa Elena; y los recuerdos volvieron, como esas risas que la atormentaban en la escuela. Quiso reaccionar, pero se descompensó. Más tarde eligió contar en Facebook lo que vivió cuando niña. Tras contarlo, su prima, hoy de 18 años, también reveló que pasó por la misma situación. La primera medida del grupo de ancianos de los Testigos fue averiguar si Belén obligó a la otra joven, que es su prima, a decir lo que dijo.

A pesar de eso, Belén dice que con su denuncia no quiere “dejar mal” a los Testigos de Jehová, sino que “sepan que hay personas que se ocultan detrás de una apariencia”. Y cuenta qué la llevó a hacer la denuncia: “Me senté a pensar: ¿si esto le pasa a otros chicos y yo no hablo? ¿Si el día de mañana sale otra nena que va y dice este me hizo esto y nadie le cree y yo no hablé? No me quiero quedar con eso en la cabeza. Ahora sé que hablé y si el día de mañana pasa algo, estos van a quedar marcados si no se hace la justicia que se tiene que hacer”.

— Belén, ¿podés contar cómo empezó todo?

— A estas personas las conocí y tuve trato con ellos entre los ocho a once años. Eran amigos de mi familia y por lo tanto siempre iban a mi casa en forma de confianza, hasta que después tomaron tanta confianza que comenzaron a abusar de mí.

— ¿Son dos los que abusaban?

— Eran dos. No lo hacían juntos. Pero lo hacían en diferentes momentos. Cuando quedaba sola en casa. En cualquier momento que ellos quedaban conmigo, aprovechaban para manosearme o psicopatearme en la cabeza. Tenía entre ocho a once años. Es lo que más me acuerdo. Lo más chica que fui me acuerdo que eran ocho años y después continuaban manoseándome hasta que llegué a tener once años y después no me dejé más tocar por ellos, después de los once años. No sabía lo que me hacían porque era completamente una niña inocente, criada en un ambiente muy sano que no creía que llegaran estas personas a hacerme daño. Yo también confiaba en ellos.

— ¿Por qué confiabas en ellos?

— Porque eran personas de la religión en las que yo me crié

— ¿Cuál era esa religión?

— Los Testigos de Jehová. Ellos, estas dos personas, eran como ejemplo ante toda la gente, han sido apañados por todos. Siempre estuvieron cerca de la gente que podía corregirlos, pero no lo hicieron, entonces todo quedaba impune. Nadie hacía nada. Capaz que si yo hablaba en esos momentos, no me iban a creer porque era una gurisa y tampoco era que yo caía en lo que me hacían porque no sabía absolutamente…mi mamá me enseñaba que no tenían que abusar de mí o violarme o no me explicaba muy bien qué era lo que no tenía que dejar tocarme o qué era lo que tenía que hacer en algunos casos. En esa época no sabía nada. Me aguanté mucho tiempo todo esto.

Pero yo sentía como que ellos me habían hecho algo malo. Pero siempre me tiré la culpa a mí misma de no saber. Sabía que algo malo pasaba y después, cuando fui creciendo, me di cuenta que ellos invadían mis espacios íntimos.

— ¿Qué te pasó después, cuando te diste cuenta de eso? Vos contaste que te agarraban ataques de pánico. ¿Cómo empezó todo?

— Me empezaron a pasar ataques de pánico desde los 13 años. Siempre desde los 13 años me sentía triste e incluso cuando estaba con algunos chicos, me empezaba a sentir tan mal. Quizás en la escuela veía a todos los chicos que eran alegres, que podían hablar y sonreír y yo siempre estaba reprimida ante todo. Sentía miedo cuando quería hacer cualquier cosa. Por ahí me empezaba a faltar el aire, empezaba a temblar, me empezaba a marear. Se me nublaba la vista, tenía frío, me transpiraban las manos y llegaba un momento en que me desmayaba. Siempre cuando me desmayaba en la escuela, me despertaba y estaba en el hospital.

— ¿Le contaste al grupo de ancianos de los Testigos de Jehová lo que te habían hecho?

— Sí, una vez se lo conté enojada y lloraba solamente. No les pude contar todo. Se los dije porque en un momento tenía rabia y fui y se los dije enojada. Luego, los ancianos fueron a mi casa con la intención de ayudarme y de saber qué es lo que había pasado. Cuando los vi, me había enojado y se lo dije a ellos, como me había sentido enojada. Anteriormente, mi mamá me había dicho y yo le dije que si tenían que hablar, como que me puse arisca, que yo no tenía que dejar que ellos vengan quizás a querer que yo hable con ellos si no los conocía o contarle lo que hacía en mi vida. Eso era lo que yo pensé. Después, empezaron a hablar muy bien conmigo y ahí fue que yo les conté. Mis intenciones fueron de que ellos tomaran alguna medida y que estas personas no siguieran como que si nada sabiendo que hay chicos ahí, que la familias les pueden dar la misma confianza y puede esto repetirse o llegar a cosas peores.

— ¿Qué te dijeron?

— Ellos me leyeron un texto de la Biblia que decía que a los ojos de Dios nada quedaba impune, y me dijeron que no sienta que ellos no me creían. Y me pidieron perdón por las injusticias, ellos dos –dos ancianos-, me trataron muy bien, y yo igual estaba un poco cerrada. Yo les dije, capaz que ellos no iban a hacer nada, a creerme a mí, que le iban a creer a él que estaba adentro de la religión. Yo ya no soy una chica que sigue las normas de los Testigos de Jehová. Entonces, siempre lo hablé…porque siempre estaba cansada de verlos bien, mejor que yo, porque yo siempre estaba mal.

— ¿Tomaron medidas?

— A uno sé que le sacaron los privilegios que tenía en la religión y ahora solamente es Testigo de Jehová, pero sin ningún privilegio. Pero igual, no me sentí conforme, no sentí que me hayan creído del todo. Hay medidas más serias que se pudieron haber tomado, porque ante esta disciplina está bien que se le sacaban los privilegios pero esta persona puede seguir entrando y hacer como que si nada…saludando a la gente y quizás la gente de ahí adentro no sabía el por qué le habían sacado los privilegios y entonces ahí es donde yo hablé.

— Entonces fue cuando lo publicaste en Facebook.

— Me enojé. Sentía que ya no los podía ver bien. Sentía que me estaba volviendo loca de odio y rabia de un montón de cosas que me pasaban por la cabeza. Porque siempre estaba mal y una vez salí del trabajo y vi a uno que estaba lo más tranquilo sentado con el traje, bien peinado. Lo vi y ante ese momento quise reaccionar, pero me agarró un ataque de pánico. Después, quedé tirada como siempre y terminé en la casa de un amigo. Entonces, en un momento entre tanta rabia y tantos días tristes que tenía, me puse a pensar si yo me merecía ver bien a ellos y estar mal, porque siempre estoy mal y como que dije ‘si la Iglesia no hace nada, si la Justicia no hace nada, por lo menos que la gente sepa que estos dos están disfrazados de una cosa que no son’. Esa era mi intención, que la gente me apoye y recibí el apoyo de la gente. Me creyeron más que cualquier otro.

— Ahora ya los denunciante, ¿qué esperas de la Justicia?

— Yo expuse la denuncia. Quizás desearía, como toda víctima de abuso y violación, que tomen las medidas que ellos crean necesarias. Sobre todo lo que es que no le pase a nadie más, a ningún niño más, a nadie que sea inocente y esté cerca de esta gente. Esa es más la intención por la que yo hablé.

Minutos después de finalizada la entrevista, su madre le anuncia que dos líderes fueron a visitarla para comunicarle que expulsarán a los Testigos que denunció. “Estoy tan aliviada. Esto que hice sirvió. Actuaron. Lloro de alivio. Yo no mentía”, escribe por mensaje de texto.

Ahora espera que la Justicia actúe. La denuncia de Belén y su prima está en manos del fiscal de La Paz, Facundo Barbosa.