Petiso, orejudo e infanticida de morondanga

El primer asesino en serie argentino no fue más que un pobre tipo

Diciembre de 1912

Santos Godino había logrado convencerle de que le acompañase a la fábrica de ladrillos; pero, una vez dentro, Giordano se asusta, se resiste y trata de escaparse. Godino se aprovecha de su tamaño y lo somete. Se desata la piola que sujeta su pantalón y la enrolla en torno al cuello de Giordano. Tira y estrangula; la piola desgarra la piel de la víctima y se hunde en las manos del asesino. Giordano trata de zafarse desesperadamente, pero Godino lo sujeta y le ata los miembros. Godino se mea encima (siempre le pasa lo mismo cuando disfruta o tiene miedo); siente el cuerpo de Giordano sacudiéndose bajos sus testículos y se mea encima. Sin embargo, su descomunal pinchila no se erecta. El placer, la pulsión, el horror; pero Giordano no muere: ergo, la vergüenza. Godino lo golpea una y otra vez, pero Giordano no quiere morir. Está vencido, agotado; pero respira. Godino busca una baldoza o algo parecido para acabar con Giordano. Encuentra entonces unos clavos enormes entre la mugre del piso. Toma uno, lo mide con la palma de su mano y acaricia la herrumbre y el filo con la yema de su dedo. Se sienta sobre Giordano, apoya la punta del clavo sobre su sien y martilla con un trozo de ladrillo que se parte tras el segundo o tercer impacto.

Gesualdo Giordano tenía tres años de edad; Cayetano Santos Godino, 16. Cubre el cuerpo del niño con una chapa oxidada y sale a la calle. Cumplió su propósito y ahora siente ganas de masturbase. A las pocas cuadras se cruza con el padre de Giordano quien le pregunta por su hijo. Godino se hace el boludo. Horas más tarde encuentran el cadáver del niño. Aún con las manos mugrientas de sangre, Godino asiste al velorio y se larga a llorar desbordado por la bronca y la decepción (llamemoslo berrinche): le habían quitado el clavo de la cabeza.

Durante la madrugada, la policía allana su casa y lo detiene. La piola con la que estranguló a Giordano sujeta sus pantalones meados y, según declararán los oficiales, en los bolsillos encuentran un recorte de diario que anoticia el asesinato (aunque no sabe leer demasiado). Durante las extensas rondas de interrogatorio, Cayetano Santos Godino simplemente confiesa: se había cruzado con unos nenes que jugaban solos en la calle y les había prometido caramelos, pero sólo uno había aceptado la invitación de acompañarlo al quiosco.

Ese mismo día había tratado de llevarse a una nena de dos años, pero la nena se había escapado. Unas semanas antes había intentado asesinar a otras dos de cinco y tres años de edad, y un nene de dos; pero los tres intentos fueron interrumpidos por distintos transeuntes y vigilantes que escucharon los gritos.

También admite que en lo que va del año ha provocado cuatro incendios. Según dice, le gusta ver trabajar a los bomberos; dice que incluso ha colaborado con ellos y que les llenaba losbaldes con agua. Dice que le gusta estar cerca para sentir el calor y verlos caer, caer en el fuego. De repente se orina y se cubre el calzoncillo con las manos; está semi-desnudo y se encorva, quizás por vergüenza (el enorme bulto de su descomunal pinchila se agiganta), o quizás por reflejo (está sucio y lastimado). Insisten y preguntan sobre el fuego, y entonces desembucha: Reyna Bonita Vaínicoff tenía cinco años. Godino le prendió fuego a su ropa y la nena ardió desesperada mientras él evitaba que escapase. Según descubrirían más tarde, revisando los registros del Hospital de Niños, la nena murió tras semanas de agonía por las quemaduras sufridas.

Lo golpean, lo arrojan contra la pared y el piso, y lo patean. Le exigen más y Godino cuenta. Cuenta de sus baldíos y de tantos intentos frustrados. Cuenta que comenzó a animarse cuando tenía siete años; que aporreó y arrojó a un nene de dos sobre unos arbustos de espinas, y que trató de reventarle la cabeza a piedrazos a otra de uno y medio; pero que recién cuando tuvo nueve años logró cometer su primer asesinato. Cuenta que convenció a una nena de tres años de que lo acompañase. Cuenta que intentó estrangularla con sus manos, pero no pudo; que la nena se zafaba y que no podía sujetarla. Cuenta que trató de someterla a golpes; pero que aún la nena lograba escaparse. Cuenta, entonces, que logró empujarla dentro de una zanja. Cuenta que la nena cayó atontada y que la mantuvo así a cascotazos; y que finalmente la enterró viva con escombros que tenía a mano. Según descubrirían más tarde, revisando los registros policiales, una tal María Rosa Face figuraría como desaparecida en la época referida. Descubrirán también (y ya demasiado tarde) que, en el supuesto lugar de los hechos, se había edificado un caserón; por lo que resultará imposible desenterrar los restos.

Los golpes continúan, y le demandan y le preguntan si mató a alguien más, y Godino cuenta de los cientos y miles de pajaritos que mató con sus manos, arrancándoles la cabeza, quebrándoles las alas y los cuellos, aplastándolos a ladrillazos. Cuenta de los gatos y de los perros, y de una yegua que mató a cuchillazos; pero la policía le interrumpe y le preguntan por los chicos, si hubo otros chicos, y Godino dice que sí, que intentó ahogar a uno de dos años en una pileta para caballos, y que apagó un cigarrillo en los ojos de otro; pero que luego lo mandaron al reformatorio por poco más de tres años y que salió el año pasado, justo para navidad.

Según reportarán los oficiales, confiesa también el asesinato de Arturo Laurora; un chico de 12 años cuyo cadáver había sido descubierto a principios de ese año. El muchacho había sido salvajemente violado, golpeado brutalmente y finalmente estrangulado hasta su muerte. Resultan obvias las similitudes con el asesinato de Giordano, pero llama la atención que Laurora haya sido violado. Resulta más raro aún que, habiendo tenido una contextura física mayor a la de Godino, Laurora haya sido sometido tan fácilmente y golpeado tan bestialmente por un alfeñique que no puede reducir a niños de tan sólo tres años. Lo que resulta mucho más raro aún es que, habiendo alcanzado a miembros de la aristocracia porteña sospechados de mantener una impune red de pedófilos desorganizados, las investigaciones hayan sido desestimadas y descartadas ante un testimonio tan plagado de inconsistecias, contradicciones y deuna manifiesta ignorancia en lo que respecta a detalles y sucesión de los hechos. Lo que resulta extraordinario, sobre todo, es que Godino reniegue de este asesinato en entrevistas posteriores. Lo que resulta obvio, sin embargo, es que existe una fascinación por el caso de parte del muchacho (llamemosle admiración; quizás, un ejemplo a seguir).

Noviembre de 1914

“Ése, al que llaman petiso orejudo, es un imbécil”, determinan lo peritos psiquiátricos; “y la imbecilidad es incurable”. Lo diagnostican como un alienado mental y degenerado congénito; un ser primitivo e inadaptable, socialmente atrofiado y carente de inhibiciones o moral alguna. Presenta manifiestos atributos físicos degenerativos que coinciden con los rasgos criminales característicos: enclenque, casi raquítico, por debajo de la altura promedio, orejón, mirada ausente y severa, y una pinchila desproporcionada, enorme, descomunal. Alcohólico, fumador y pajero compulsivo. Hijo de inmigrantes italianos: padre sifilítico, alcohólico y golpeador, madre irrelevante y hermano epiléptico. Criado en un ambiente de maltratos físicos constantes, uno de sus ritos de iniciación hacia la madurez fue asistir en las reprimenda y golpizas contra su hermano menor. “Mire que le pego”, dirá su padre; “pero no quiere aprender”. Con menos de 18 años ya ha pasado más de cinco en distintas instituciones correccionales y reformatorias. Según menciona, no le gusta robar; él no es ningún ladrón.

Santos Godino es absuelto por considerarsele penalmente irresponsable de cuatro homicidios y numerosas tentativas de asesinato, y se lo recluye en un hospicio psiquiátrico por tiempo indefinido. Sin embargo, pocos meses después lo trasladarán a una peniteciaría puesto que habrá atacado a dos insanos inválidos, e intentado escaparse en repetidas ocasiones.

Marzo de 1923

Godino es trasladado al Penal del Fin del Mundo, la cárcel criolla definitiva donde Argentina encierra a sus criminales más peligrosos y a presos políticos (al menos, aquellos que no son ajusticiados clandestinamente), para así olvidarlos o para que se mueran de frío por mera voluntad del destino. Amparándose en las teorías de Cesare Lombroso, aunque (hay que decirlo) con un enfoque más humanista y conciliador, los médicos pretenderán extirparle quirúrgicamente la maldad reduciendo el tamaño y amputando las malformaciones de sus orejas. El doloroso experimento fracasará ostensiblemente; la maldad (o la imbecilidad) del petiso es irreductible. Godino continuará entonces durante otros 20 años su carrera como presa sexual pasiva de otros reclusos, quienes lo reducirán a trompadas hasta dejarlo inconsciente y en cuidados intensivos en reiteradas ocasiones; tanto por abriboca y buchón, como por su manifiesta crueldad con las mascotas carcelarias.

Tras trece años de encierro solicitará su libertad, pero le será negada; ya que la misma terapia del delito argumentará que para criminales natos inimputables no hay muchos remedios: o se los secuestra para siempre, o se los suprime.

Noviembre de 1945

El petiso orejudo muere solo, a los 48 años de edad, en la sala de cuidados médicos de la cárcel de Ushuaia. Lo mata una hemorragia interna. Según el certificado de defunción, se trataría del colofón de un proceso ulceroso que lo habría tenido a mal traer durante algún tiempo. Sin embargo, también se dirá que se trató de un cuerpo vencido que no pudo curar más las heridas de una bestial paliza final por parte de los otros presidiarios y los propios guardacárceles.

Un año y medio más tarde, el Penal del Fin del Mundo será clausurado (no importa el motivo). Los reclusos serán redistribuídos en distintos precintos nacionales, aunque más de uno se traspapelará en el proceso y no llegará a ningún destino. Meses después se decretará el traslado de los huesos que poblaban el cementerio del penal. Entre tantos restos, no se encontrarán los de Cayetano Santos Godino. Hay quienes dicen que se remataron entre coleccionistas, y hay quienes aseguran que el último director del penal alardeaba de un fémur que mantenía sobre su escritorio y que hacía las veces de pisapapeles.

Es de suponer que, entre tantos souvenires desparramados, alguno se habrá quedado con su desproporcionada pinchila (quizás embalzamada, quizás en un tarro con formol), aunque no haya ninguna evidencia al respecto.

Fuentes