22–11–63

Plaza & Janes. Novela. Edición 2012. 858 páginas.

Hace cincuenta años, la gente era más confiada, amable y honesta con el prójimo, siempre y cuando perteneciera al mismo grupo étnico o religioso, dado que el racismo y el antisemitismo campeaban a sus anchas. Hace cincuenta años, había más árboles, nadie se preocupaba por el colesterol, los chicos respetaban a sus padres y a sus profesores. Funcionaban más fábricas, circulaban más trenes, el aire olía peor por culpa del maldito cigarrillo y de los hedores industriales pero los alimentos eran más sabrosos. Los bancos efectuaban casi todas las transacciones con lápiz y papel, y los automóviles eran realmente de metal. Las chicas no sabían casi nada de sexo. Todo era más ingenuo. ¿Ese mundo era mejor? ¿Está seguro? Lo cierto es que el movimiento de la humanidad hacia quién sabe donde -esa pulsión confusa que el enorme Stephen King denomina sin rodeos “la puta marcha del progreso’’- ha liquidado en el último medio siglo bienes sociales, ecológicos y culturales relevantes, como las relaciones de cercanía.

Reflexiones de este tipo suscita la magnífica reconstrucción histórica que el gran King plasmó en 22/11/63. La novela publicada hace cuatro años es monumental, ambiciosa, fascinante. Parte del supuesto pueril de que en la despensa de la hamburguesería de Al Templeton existe una fisura temporal. El agujero de gusano, una extravagancia de la naturaleza, comunica con las 11.58 del 9 de septiembre de 1958. Uno puede modificar el pasado (ya volveremos sobre el tema) pero cada viaje es un reinicio (casi) en la misma línea temporal que habitamos.

Heroico profesor

Jake Epping es el nombre del héroe. Debe cumplir una colosal operación encubierta: cambiar el curso de la historia. En efecto, el íntegro profesor de lengua en un secundario de Lisbon Fall (Maine, por supuesto) es reclutado por su moribundo amigo Al, el propietario del secreto, para concluir la tarea de Hércules que su cáncer ha frustrado: prevenir una monstruosidad de los sesenta que condujo directo -como una vaca en una rampa del matadero- a más de un millón de muertos en Vietnam, a un universo degradado. Debe impedir que John Fitzgerald Kennedy sea asesinado en Dallas por un oscuro mequetrefe de 24 años, un tipo anodino desesperado por notoriedad, un marxista maltratador que arrastraba un severo trauma materno. ¿Pero fue realmente Lee Harvey Oswald el responsable del magnicidio? ¿O se trataba de un chivo expiatorio hábilmente manipulado por oscuros poderes como el de la CIA? Bueno, Jake tiene cinco años para averiguarlo antes de descerrajarle un balazo de su 38 Smith & Wesson al repelente sabelotodo.

Como en su momento lo hicieron Norman Mailer y Don DeLillo, Stephen King se asoma con cautela e inteligencia al enigma por excelencia de la historia contemporánea de Estados Unidos. Y su hipótesis se encuentra bien lejos de la histérica palabrería de los obsesionados con la Gran Conjura Americana (al parecer, la aburrida Comisión Warren tenía razón). No obstante, el literato expone su interpretación de los hechos paso a paso, manteniendo la intriga hasta el último capítulo. La tensión proporciona al lector botas de siete leguas; he aquí una de esas novelas que se devoran de cincuenta a cien páginas por sentada, sin pestañear casi.

Reivindicado

La crítica erudita -con Harold Bloom, ¡­ay!, a la cabeza del desfile- ha sido injusta con el rey de la novela de terror. Se lo ha desdeñado con fórmulas calumniosas (alguien lo definió como “casi bueno”) a causa de los defectos notorios del estilo y por cierta propensión a estropear la trama en algún punto avanzado con un insensato tour de force. Pero no es el caso de22/11/63. La fantástica arquitectura del libro, con su minuciosa atención a los detalles, es sólida; y la prosa, esmaltada con sabrosos coloquialismos, no merece sino elogios. Hay buenas escenas de sexo y violencia, un apropiado empleo de la redundancia y el tallado de los personajes (de una arpía, por caso, la madre de LHO) es excelente. Alta Literatura, sin dudas, salpimentada con viejo el ardid kingniano de infestar las páginas con esas cosas que a los humanos nos causan mucho, mucho miedo: enfermedades letales, asesinos de niños, lugares oscuros o lugares perversos (sí, hay sitios que apestan), tipos simpáticos que ocultan una vena malvada. ``Después de cincuenta y cinco libros publicados, vean de lo que soy capaz’’, parece enrostrar el artesano al hatajo de tiquismiquis que aun lo cuestionan. Uno sólo podría objetarle que, al parecer, las ucronías no son su punto fuerte.

“Provocar una respuesta emocional (o intelectual, agrega el que esto escribe) es lo que debe hacer un escritor sobresaliente, independientemente de su calidad técnica’’, se defiende King en un pasaje del libro. Y vaya si lo logra. Como se dijo, la extraordinaria investigación sobre fin de los años cincuenta y principios de los sesenta en Estados Unidos (sus sabores, sus aromas, su música sublime, con el rocanrol en pañales), nos fuerza a cavilar sobre lo que hemos perdido como individuos o como pueblo.

Y además de todo esto, hay un trama desbordante de sucesos, apenas coloreada con elementos sobrenaturales, que nos agarra de las solapas hasta la última página. En una suerte de combate preliminar antes de lo de Dallas, el bueno de Jack descubre en la dickensiana y siniestra Derry (claro, ¡la ciudad ficticia de It!) que el pasado no quiere ser cambiado, es obstinado y ladino con sus efectos mariposa y sus armonías que pueden resultar fatales. Puede hacerse pero requiere de todo nuestro empeño. El tiempo -escribió Henri Bergson- es el supremo misterio de la metafísica, una vez resuelto todo lo demás se nos aclarará por añadidura. Stephen King arriesga una aproximación inteligente al arcano en una obra de lectura adictiva que muy probablemente resistirá el implacable paso del tiempo.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

Like what you read? Give bibliotecadeasterion a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.