Una sensación extraña

Por Guillermo Belcore

“No dura en la boca la mentira que se ha de contar, ni en las venas la sangre que han de derramar, ni en casa la chica que se ha de escapar”.
Dicho de Beysehir

La grandeza de la novela decimonónica, una de las cimas del arte universal, estriba entre otras razones en su capacidad para enlazar el destino de un individuo con el devenir de una gran nación. En el fatigado siglo XXI sólo los narradores de fuste son capaces de semejante proeza. Orhan Pamuk (Estambul 1952) es uno de los buenos.

En su novela más reciente (Una sensación extraña, Random House, 636 páginas), el Premio Nobel 2006 une la épica de un vendedor ambulante con la transformación de Turquía en general y de la poderosa, indómita y aterradora Estambul en particular. Como el lector sabe, el país islámico -un puente formidable entre Oriente y Occidente- se ha puesto de moda en Argentina gracias a las edulcoradas telenovelas. Podemos afirmar, sin sombra de duda, que las dichas y desdichas de Rayiha y Mevlut resultan más interesantes y nutricias que las de Sherezade y Onur.

La trama, conmovedora por momentos, ocupa casi sesenta años. El protagonista se llama Mevlut Karatas. Un hombre común, una hoja a merced de los vientos tumultuosos del cambio, la política y el poder. Llegó a Estambul a comienzos de los sesenta desde una aldea misérrima de la Anatolia para ganarse la vida como vendedor ambulante, de yogur primero, y luego de boza, una bebida dulce de baja graduación fabricada a partir de la fermentación del mijo, un vestigio precioso de los otomanos. Con su cara de niño y su voz preciosa, como la de los buenos muecines, nunca dejó de construir fantasías extrañas en su mente. Mevlut es un alma buena, un cordero que trata de ser invisible. Atormentado, como mercader que ve hundirse sus barcos en el Mar Negro, busca alivio caminando en la noche por los barrios. Es una persona mesurada, franca, honesta. Pamuk nos coloca frente a frente no solo a la maravillosa química de las calles (también puede ser terrible), sino a uno de los misterios del cosmos: una conciencia íntegra en medio de una sociedad corrompida. Sí, allá también.

Como toda creación oceánica, la epopeya del inmigrante se expande en 
varias direcciones. Es una historia de amor: Mevlut cortejó con una avalancha de cartas románticas a Samiha, una belleza de su pueblo que había visto una sola vez, pero lo engañaron y terminó casándose con Rayiha, la hermana mayor que no era linda, a quien llegó a amar más que a nada en este mundo.

Es también una novela política y de ideas. Pamuk escarba en las tensiones que han desquiciado a la sociedad turca: sunitas vs. kurdos alevies; nacionalistas vs. marxistas o islamistas; tradicionalistas vs. modernizantes. Denuncia las dictaduras militares, la brutal persecución de las minorías, la destrucción del patrimonio cultural, la dolorosa pérdida de ciertas tradiciones (otras resultan agobiantes), la fiebre de hacer dinero.
Pamuk no ha podido resistir la tentación de los propósitos moralizantes, pero el ripio nunca llega a arruinar la elegía, muy bien documentada, de Estambul (todas las grandes urbes merecen una; Buenos Aires sigue esperando). Reproduce una cita melancólica de Baudelaire: “La forma de una ciudad cambia más rápido, ¡ay!, que el corazón de un mortal”. Y sentencia: “También las cosas antiguas que heredamos de nuestros ancestros pueden ser sagradas”.

En casi medio siglo, la megalópolis sobre el Bósforo pasó de tres a trece millones de habitantes. La caótica expansión de los suburbios, las monstruosas muchedumbres que llegaron desde regiones miserables para ganarse el pan no son el único factor común con Buenos Aires. El clima de degradación moral sabe familiar. “En este país hasta el ciudadano más estúpido aprende a sobornar”, escribió Pamuk. Turquía también fue desgarrada por generales y almirantes que aplicaron tormentos a disidentes izquierdistas e invadieron una isla (Chipre) para engatusar al pueblo. La militancia aquí y allá es hipócrita o cínica. Rasque usted bajo la epidermis de un panturco, un fanático religioso o un vociferante progresista y encontrará, seguramente, ambición desaforada, codicia o resentimiento.

Eficaz pero no memorable

La prosa de Pamuk genera controversias. El Club de los Enloquecidos por la Originalidad Formal le ha reprochado falta de experimentación, convencionalismo. En verdad, hay en su novena obra de ficción cierto dejo pueril, y el procedimiento coral, aunque esclarece, fracasa en lo estético porque todas las voces suenan iguales, pero la sabrosa claridad de la escritura permite al lector abandonarse al goce de historias sumamente entretenidas. Las páginas, que no son pocas, vuelan. Como se dijo más arriba, hay situaciones que se leen con un nudo en la garganta mientras que otras resultan desopilantes. Sintetizando, la forma es eficaz pero de ninguna manera memorable.

Los turcos que aparecen en el magistral fresco de Pamuk son como los argentinos, gente pasional y familiera, propensa a las divisiones destructivas. Maltratado por sus gobernantes, explotado por los caciques, obligado a prostituirse para progresar, el pueblo turco de hoy es querible, no tiene nada que ver en apariencia con los implacables guerreros -perpetradores de matanzas- de antaño.

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

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