Balas De Lágrimas

“Nunca un susurro pudo significar tantas cosas y al final, acababa con un beso”

Te miraba y te dejaba planchado. Como si no quisiera la cosa, habías echado el día y no era ni la hora de comer. Se movía entre sábanas de sueños por cumplir y nunca sabías por dónde seguirle.

Así era. El terror de una noche estrellada. El pulso que marcaba las horas en las calles, el reloj que contaba los días de mi alma.

Y cuando parecía que todo se caía, se levantaba, siempre, porque siempre volvía. Disparaba con balas de lágrimas a todo el que se movía y ay del que se ponía por delante.

Pero siempre con una sonrisa, movía su pelo como sin querer y con un parpadeo… habías perdido chaval. Habías caído en su juego. Un Jumanji de besos y miradas voraces.

Y aunque quisieras salir, tú nunca lo decidías. Ella te daba la vida con un suspiro o te mandaba al infierno, de verdad, sólo con un juego de dedos, un chasquido que sonaba a roto. Roto tú. Era tu problema, no el suyo.

Tú jugabas, ella se divertía.

Y si querías volver… «¿Pero tú eres tonto, chaval?» decía, y volvía a sacar sus cartas.

¿Y si ganabas? Eso nadie lo sabía. Se decía, que alguien lo consiguió. Maldito sea él, que sobrevivió.

Aunque yo no lo creo. Ni lo creeré. Porque era su juego. Del que tú no salías. Porque ella disparaba balas de lágrimas, y aunque quisieras, no caías muerto.