Las mujeres que se encogen

Tributo a Lily

Panteía es un pequeño pero importante lugar de un país viejo, con ascendencia indígena, enorme y poderoso – también barbudo y panzón – donde las mujeres cuando empiezan a adolecer la adolescencia también empiezan a encogerse. Es un fenómeno extraño, pero a los panteños no los sorprende. Principalmente porque, al contrario, al alcanzar ese período de su vida, los hombres crecen fuera de control. Barbudos y panzones como el mismo país.

Lily, que era una joven inquieta y espontánea, vivió siempre con la incógnita de cómo o qué es lo que hace que las mujeres de su pueblo se encojan. Desde que sus pequeñas tías y su madre le comentaron por primera vez que ya empezaba a convertirse en mujer, y entre tazas de café jugaban al azar de predecir qué tan hermosa podía llegar a ser, Lily había procurado mantenerse alerta, para notar o descubrir cómo empezaría a encogerse.

Le tomó mucho tiempo y muchas oportunidades sin aprovechar, que pasaron frente a sus narices. Incluso, ya se sentía ligeramente más pequeña. Cuando estuvo menos alerta, y más ensimismada, fue cuando sintió un débil jalón en su costado, justo sobre la costilla, como un pellizco que desaparecía un pedazo de su piel. Y se encontró extrañamente desorbitada, como cuando el tiempo pasa de lejos.

Estaba sentada al final de la mesa, cenando con su familia. Observaba a su madre ladear una copa de vino, notó el iluso movimiento del tenedor y el vacío de la expresión de sus cejas mientras le ofrecía las porciones sin comer de su plato. Se dio cuenta que su madre solo comía cuando ella lo sugería.

Se preguntó cómo haría cuando ella no estaba. Pensó que quizá por eso la casa se sentía más grande cada vez que ella regresaba tras haber salido a algún lugar. Cómo conforme su madre se encogía, el espacio alrededor se percibía extremadamente más vasto.

También recordó la contrariedad de su padre germinando su rotundo estómago con licores y cordero, noches de música y apuesta. Mientras, en paralelo, su madre buscaba cómo cederle espacio, encogiéndose, sin saber ni imaginarse cómo habría de rellenar aquel espacio una vez que se van.

Fue inevitable pensar en su hermano, y cuantas veces la habría recriminado por hacerlo todo diferente a él. Y cómo nunca encontró las palabras para explicarle sus diferencias. Cómo les habían enseñado, a él a crecer hacia afuera, a gritar, a expresarse; a ella a crecer hacia adentro, a absorber, a encogerse. Envidió aquellas veces en que él quedó afónico de crecer, sin tener que conectar la lengua al cerebro.

De vuelta en la cocina, cenando, su momento atemporal le ofreció aprender a leer los nudos en la frente de su madre, mientras los dos hombres salían a crecer. Notó que había pasado observándola sentada al otro lado de la mesa, de frente, el tiempo suficiente para adoptar sus hábitos. Como un espejo.

Con pesadez, la imaginó a su madre, todas las veces que había bajado a hurtadillas a la cocina en la madrugada, para reparar el tiempo, para darle de comer al vino. Para crecer. En la oscuridad de la noche, una fugitiva robando centímetros que no quería merecer.

Siempre midiendo cuántas mordidas, cuánta risa, cuántas ideas, cuánta ropa, cuánta desinhibición, cuánto espacio es suficiente.

Se recordó en su más reciente sesión de estudio en la facultad, levantando la mano para preguntar, pero cada vez iniciando la pregunta con una disculpa «Perdón, ¿…»

La herencia es accidental, descubrió. Por eso es que se encogen.

La piel pica al replegarse, mientras aprenden de las otras a tejer, a anudarse, a recoger del suelo los hábitos, que como pedazos de papel sus pequeñas madres, sus pequeñas abuelas, sus pequeñas tías, van dejando mientras pasean en vaivén por la siempre creciente casa, en sus interminables viajes del cuarto a la cocina y de la cocina al cuarto.

Lo descubrió, aún observando aquellos labios manchados de tinto.

-Franco Gala