La vida después de la cárcel

Rafa hace sus maletas y pasa todos los controles de seguridad de la prisión Victoria Kent. Sin darse cuenta, se ve en el centro de Madrid. “Me llamo Rafa, tengo 55 años, y en esta última condena me he tirado 14 años. Me acusaron de robar un banco. Después de haber estado cuatro veces en la cárcel, ésta última me está costando mucho más, han sido muchos años y pierdes mucho contacto. Estás informado por la televisión, pero cuando sales te encuentras muy desubicado incluso con la familia, no porque te rechace sino porque eres tú el que te encuentras fuera de juego. El simple hecho de sacar un billete de metro, cualquier gestión, hacerte el padrón o ir al médico, es algo que me crea ansiedad y rabia”. Rafa se encuentra en libertad condicional desde el pasado noviembre. Su adicción a las drogas y las malas amistades han tenido mucho que ver en su relación con la delincuencia.

Cuando salió de la cárcel quiso empezar de nuevo. A pesar de mostrarse algo cansado de recomenzar otra vez, una de las primeras cosas que hizo después de estar con su familia fue pedir ayuda para no volver a caer en el consumo de sustancias tóxicas en el CAID (Centro de Atención Integral al Drogodependiente). Actualmente, se presenta una vez al mes en el juzgado y está buscando un empleo para rehacer su vida poco a poco.

J. es un hombre de 39 años y está en régimen de semilibertad tras pasar cuatro años en la cárcel de Navalcarnero. Actualmente está haciendo un curso de peluquería y otro de español, y también busca trabajo. Son las condiciones de su libertad condicional. Su mujer ha estado a su lado durante toda la condena, ha sido la persona que más le ha ayudado, pero asegura que las amistades en prisión también han sido un gran apoyo para salir adelante: “No somos todos iguales, pero puedes encontrar mucha amistad ahí dentro. La gente necesita desahogarse, por eso el poder hablar con alguien es tan necesario”.

“No somos todos iguales, pero puedes encontrar mucha amistad ahí dentro”

Al recordar su paso por la cárcel, le vienen a la cabeza los horarios, las costumbres, el estilo de vida. Todo en la cárcel cambia. La gran mayoría de presos confiesa que lo que más echa de menos es la familia. Rafa y J. están entre ellos: “Perder años de relación con tu familia es una de las cosas más duras, pero la cárcel tiene también sus cosas buenas si las sabes aprovechar. Empiezas a valorar cosas que en la vida cotidiana no las valoras, como la libertad, la familia, los amigos o una simple carta. Cuando la estás leyendo no estás allí dentro sino con la persona que te la escribe”. Jesús Moreno explica que, en el fondo, se echa de menos lo que en la prisión nadie te puede dar. Desde los dos lados de las rejas observa la realidad de las personas que cumplen condena por todo tipo de delitos y con distintas historias personales.

Fuera de ese horario también hay algunas actividades especiales, sobre todo de ocio. Conciertos, actuaciones, cine, teatro. A veces parece que todo lo que hay fuera de la cárcel también está dentro, pero en realidad no es así. Las personas que están en prisión pierden esos momentos en sus vidas mientras cumplen su condena. Es una de las cosas que más les duele: “Cuando llevan un tiempo aquí se dan cuenta del tiempo que han perdido y de lo que se han perdido. Hay cosas que por mucho tiempo que tengan cuando salgan a la calle no las van a recuperar”, asegura Jesús Moreno, director de la prisión Madrid I de Alcalá Meco. Lleva más de 30 años trabajando desde el otro lado de las rejas. El afecto, el cariño y la ayuda de tu familia y de tus amigos. Eso es lo que se echa de menos, porque es prácticamente de lo único que no se puede conseguir en prisión.

En un lugar donde las llamadas, las visitas y la correspondencia, donde todo está absolutamente controlado, resuena la palabra libertad. Eso que todo el mundo ansía conseguir cuando está en prisión. Eso que se echa de menos. Eso que se valora más que cuando se tenía. Rafa y J. explican que todo aquel que valore un poco su vida y su libertad, intenta sacar lo mejor de sí mismo para reducir años en la condena y conseguir pasar distintos niveles hasta llegar a la libertad definitiva.

Sin libertad, en la cárcel, se vive una soledad muy difícil de describir. Una de las soledades olvidadas del S.XXI. Una soledad desconocida. Una soledad que se convierte en tu compañera: “Te acostumbras a ella, de hecho hay momentos que hasta la necesitas. Por ejemplo, hay veces que no te queda más remedio que compartir celda, pero siempre que he podido he preferido vivir solo”, revela Rafa, quien buscaba unos minutos de intimidad al día para pensar, escribir o escuchar música. Después de una jornada entera rodeado de gente, le gustaba ese momento de soledad cuando la celda se cerraba y tenía un rato de intimidad.

El día a día suele estar muy ocupado, por lo que a veces casi no hay oportunidad para pararse a pensar. Por eso, la soledad irrumpe de forma intermitente. Cada preso lo vive de una forma distinta, mientras Rafa disfrutaba el tiempo que estaba solo, ese tiempo que tenía solo para él, J. sufría cada vez que se encontraba en su celda. Tumbado en la cama, mirando al techo, las ideas pensamientos invadían su cabeza.

“La cárcel es un mercadillo de droga”

Como muchas de las personas que cumplen una condena, Rafa y J. consumían drogas antes de entrar en la cárcel. Y, una vez dentro, Rafa y J. también tuvieron la opción de consumir: “Hay de todo, lo que hay fuera lo hay dentro. Es un mercadillo de droga, pero no sirve para nada, solo para ahogarte más todavía”. Desde fuera, la gran pregunta es: ¿cómo es posible que en un sitio con máxima vigilancia puedan entrar sustancias tóxicas? Jesús Moreno explica que el proceso de entrada de droga en prisión es exactamente el mismo que el que se utiliza para meter droga en un país. Por mucha seguridad y por muchos controles que se establezcan a la entrada de las cárceles siempre hay una forma de esquivarlos y que las drogas lleguen a las manos de los internos.

Jesús Moreno, director de la prisión Madrid I de Alcalá Meco | Cristina Pita da Veiga

Una de las atenciones y ayudas que se reciben allí es un seguimiento para cortar con las adicciones. En la cárcel hay programas de toxicomanía para que las personas puedan dejar el alcohol, el cannabis, la cocaína o la heroína. Y hay gente que lo consigue, sobre todo si se trata de drogas duras: “Nosotros tenemos internas que han abandonado el consumo de heroína o cocaína, pero el de cannabis no lo dejan salvo que tengan una finalidad muy concreta. Solo cortan con su adicción para conseguir un permiso de salida, por eso son las personas que más cuesta que lo abandonen definitivamente”, asegura Jesús Moreno.

Rafa y J. decidieron dejar de consumir cuando llegaron a prisión, ya que desde su punto de vista era un problema más con el que no querían cargar.

La familia es el mejor apoyo

“El primer día que salí de la cárcel fue una alegría y un subidón. Vas saliendo progresivamente con permisos y, aunque sean solo de tres días que se pasan volando, es un subidón. Tras pasar la última verja y estar ya en la calle tienes que pellizcarte y darte cuenta que de verdad estás fuera. Lo primero es ir con la familia, por lo menos en mi caso, disfrutar de mis hijos, de mis nietos y de mi entorno familiar, que son los que verdaderamente se merecen mi atención”, revela Rafa. Con una expresión agridulce, revela que se siente afortunado porque, aunque perdió su matrimonio durante su segunda condena, su familia y sus hijos han sido su máximo apoyo.

J. asegura que sin ayuda no se puede conseguir nada. Su mujer es la única que ha estado a su lado durante la condena: “Los cuatro años han sido muy duros y me ha ayudado en todo. Ha confiado en mí, sabe que voy a salir adelante”. Sabe que tiene suerte, que no todo el mundo ha contado con un compañero que ha caminado a su lado.

“Somos conscientes de que hay muchos internos que sin la ayuda de sus familias no van a salir adelante cuando estén en el exterior”, explica Jesús Moreno. Por eso, tienen un proyecto de justicia restaurativa en el que están trabajando desde hace un tiempo con la asociación AME. Quieren poner en marcha un programa de mediación familiar: “Vamos a intentar que algunas de nuestras internas que tienen problemas de relación con su familia, recuperen la normalidad de una relación, dentro de una afectividad ordenada y canalizada. Es muy importante sentirse querido y, para nuestras internas, también”.

Taller para expresidiarios | Cristina Pita da Veiga

La familia es un elemento indispensable para adaptarse a la sociedad pero son muchas las dificultades que aparecen en la fase de reinserción. Tras varios años en los que la formación, la experiencia laboral, la manutención, la atención médica o incluso el ocio eran necesidades cubiertas por la prisión, a los internos les cuesta rehacer su vida y comenzar a tomar decisiones. Durante la libertad condicional comienza el proceso por el que deben volver a subir al tren del exterior, por el que deben incorporarse al ritmo del mundo.

“Cuando sales de la cárcel experimentas otra soledad, que no te gusta tanto como la de allí dentro. A pesar de que estoy rodeado de gente, echo en falta amistades y entretenimiento. Es curioso, pero es una soledad que experimentas aunque estés rodeado de gente -explica Rafa- a lo mejor es uno de los problemas que te encuentras cuando sales, que estás acostumbrado a estar solo”. Estar fuera de lugar, pensar que eres un extraño. Observar que lo que pasa a tu alrededor va demasiado deprisa. Saber que las cosas han cambiado mucho con los años. Así se siente muchas veces. Por eso, salir de la cárcel es volver a nacer, pero cuesta. Rafa asegura que a veces las propias instituciones son las que te hacen perder la esperanza en la reinserción, por lo que él intenta convencerse y desearla mucho, un reto diario para conseguir adaptarse.

Uno de los mayores obstáculos que se han encontrado Rafa y J. al salir del centro penitenciario es el volver a encontrar empleo después de una condena, especialmente en el contexto en el que nos encontramos hoy en día. Rafa está formándose en un taller y va a la agencia de búsqueda de empleo regularmente, donde le ayudan a redactar los currículos, pero a pesar de sus esfuerzos sabe que es difícil incorporarse al mundo laboral, sobretodo cuando cuentas con antecedentes: “Aunque tengo 22 años cotizados, la mayoría de los trabajos los he realizado allí dentro, en prisión. A la hora de currículos, pongo que he estado de dependiente, pongo que he estado en una panadería o pongo que soy fontanero, pero no puedo decir en qué empresas porque me figuran como centro público. Cuando te piden más documentación, vas inseguro, porque no puedes ir con la verdad. No todo el mundo acepta que hayas cometido errores en tu vida y que ahora quieras rehacerla de alguna manera. Además, si la gente que no ha cometido delitos no tiene trabajo, pues para nosotros está complicado”.

La presente crisis económica ha dejado en España un índice de paro altísimo con 4.150.755 de personas desempleadas, algo que afecta de forma directa a las personas que quieren rehacer su vida tras su paso por la cárcel. “El problema no viene cuando entras en prisión, sino cuando sales. Cuando te das cuenta de que si vuelves al mismo entorno del que saliste las posibilidades de que vuelvas a cometer un delito son altas. Entonces, la sociedad no se lo pone fácil a las personas que salen en libertad, todo lo contrario, se lo ponen muy difícil porque están en una situación similar a la de otros ciudadanos pero encima con una etiqueta de haber estado en la cárcel”, explica Moreno. A veces salir implica encontrarse con una segunda condena, algo que muchas veces influye en que una persona vuelva a delinquir.

J. está cobrando el paro de la cárcel durante 18 meses, pero encontrar trabajo ha sido su principal objetivo desde que salió. Antes trabajaba en el sector de la construcción y actualmente, tras la crisis inmobiliaria, busca empleo en otras áreas como la hostelería, la alimentación o los servicios. Está haciendo todo lo posible y va con la verdad por delante en las entrevistas que consigue: “Si tuviese una empresa y me llegase un preso, le contrataría para ayudarle, no le abandonaría. Todos somos personas. Sin ayuda no puedes salir, yo he salido porque tenía ayuda. Las personas siempre necesitan una oportunidad”.

Para mejorar la situación, Jesús Moreno asegura que las claves están en la formación, el empleo y los recursos sociales: “La receta es tremendamente sencilla y tremendamente complicada porque hay problemas en estos tres aspectos porque han sufrido los recortes de la crisis”. Rafa y J. explican que ellos también tienen que poner algo de su parte en este proceso, ya que aseguran que se reinserta el que quiere y sobre todo el que puede o tiene posibilidades: “Tienes que creer y luchar y buscar las oportunidades. Si tú quieres una cosa, tienes voluntad, y lo quieres conseguir y tienes ganas de vivir en este mundo, lo consigues. Tienes que confiar. Pero si no confías en ti mismo no puedes conseguir nada. Hay que luchar, ir por el camino recto. No hay que andar por mentiras porque te puedes volver a caer. Lo que ha pasado, ha pasado, y que no vuelva a pasar”.

La formación y cambiar de entorno son las dos piezas fundamentales del puzle. J. lo sabe y, por eso, ha hecho cursos para conseguir diplomas en energía solar, fontanería, manipulador, peluquería y español. Y, en cuanto a las amistades, J. también explica que influyen en el proceso: “Las amistades también hay que saber elegirlas. Si alguien no es un amigo te va a devolver otra vez a donde has estado. Hay que saber con quién estar y en quién confiar. Por eso tengo un nuevo círculo y ahora me dicen de tomar un café cuando antes me ofrecían un porro”.

¿Todo el mundo merece una segunda oportunidad?

Muchas veces la realidad es más complicada de lo que parece. La cárcel es un largo camino, y cuando sales la reinserción es la prueba de fuego para no volver a entrar. Algunas veces parece que una persona se ha reincorporado de nuevo a la sociedad cuando en realidad no lo ha hecho y volverá a delinquir. Rafa sabe que es difícil conseguir una reinserción plena: “No solamente te engancha la droga sino que atracar un banco también te engancha. Esa sensación de estar en una entidad y que no te opongan resistencia… Antes era más fácil robar un banco que robar en una tienda porque los bancos tenían la obligación de darte el dinero. No podían poner en peligro la vida de los empleados y los clientes”. A pesar de ello, no ha perdido la esperanza y lo sigue intentando día a día, porque se arrepiente de todo, de los delitos, de reincidir y de haber perdido 25 años de su vida.

El paso por la cárcel en muchas ocasiones es la mejor solución. J. dice haber mejorado mucho desde entonces en todos los sentidos y destaca que uno de los mayores beneficios que ha tenido es que las personas ahora ya confían en él: “Yo consumía drogas y me di cuenta de que eso era lo que me había traído hasta aquí, por eso cuando entré en prisión lo dejé. De no ser por la cárcel mi vida ahora estaría destrozada”.

Salvo casos muy concretos de internos que afirman que ellos no deberían estar en la cárcel, que son el 5%, el otro 95% acaba reconociendo que había razones suficientes para que el juez ordenara su ingreso en prisión, para ser condenado. Y la mayor parte de ellos dice que su paso por prisión ha servido de algo. Ese es el lugar en el que están Rafa y J. Se encuentran ante un gran reto que quieren superar: “¿Un sueño? Encontrar trabajo. Encontrar pareja. Encontrar amistades. Poder disfrutar de mi familia lo que me queda de vida. No volver a cometer ningún error. Conformarme con lo poco que sea que dicen que ahí radica la felicidad”.

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