Un capitán de carne y hueso

Eduardo Galeano entendía la lógica del hincha y se preguntaba “si el hincha pertenece al club, ¿por qué no los jugadores?” Galeano mismo responde más adelante “la pasión por la camiseta no tiene mucho que ver con el fútbol moderno, pero el hincha castiga el delito de deserción”. Así, el odio llega como la pena de un delito, del delito de cambiar de color de camiseta.

El 12 de enero pasado, el futbol volvió a dar muestra de que el cariño de la afición se desprende al mismo tiempo en que el jugador se quita la playera de un equipo. Ese jueves y como cada año desde hace once el Sánchez-Pizjuán recibió de manera lamentable por agresiva a un canterano, a un jugador que le aportó plata, lágrimas, sudor y huevos al Sevilla F.C. toda su vida hasta antes de los 19 años. Durante 82 minutos, Sergio Ramos no pasó ni un segundo sin escuchar cánticos tales como “Sergio Ramos, hijo puta”, “Ramos, cómo la chupa tu madre” o sin observar peinetas desde cada una de las gradas. Tal vez por esto Ramos tuvo tan claro lo que seguía al minuto 82 en cuanto tomó el balón y lo colocó en el manchón penal. El resultado era difícil de prever para alguien más que no fuera él. Un panenkazo. Acto seguido, Ramos encara a la barra de los ultras sevillistas, “los Bidis”, aguanta la mirada 4 segundos e inmediatamente les da la espalda señalando su nombre y número en la jersey del Madrid. Después, señala a las tres gradas restantes y muestra una señal de respeto. Esos fueron los hechos. Hechos que generaron que a partir del gol en el minuto 83, Sergio Ramos ahora fuera repudiado por el estadio completo, ya no solo por los Bidis. La gente salió fastidiada y uno que otro le exigió a Sergio respeto al club y respeto a la afición. La construcción del argumento blandengue que tacha a Ramos de irrespetuoso va de la siguiente manera. Esto es futbol. Un jugador debe estar consciente de que al jugar de visitante uno es propenso a recibir este tipo de insultos, aunque sean 11 años consecutivos de éstos. Recibir insultos y presiones como jugador visitante es parte de lo que tiene que lidiar un futbolista profesional. Me parece un argumento miope. El respeto y paciencia que Ramos ha demostrado en 11 años ha derivado en que su abuelo y su madre salgan llorando del Sánchez-Pizjuán; el respeto que Ramos ha demostrado ha derivado en que los insultos ahora muten en amenazas hacia su padre y hacia su hijo. El que le exige respeto a una afición, por encima del jugador, es aquel que piensa que el futbol es un deporte en el que siempre pierde el jugador. El jugador que tiene que aguantar que en la casa que lo vio crecer se le avienten carteras y botellas. El jugador que por profesional se tiene que tragar que un puñado de desconocidos hagan llorar a su madre. El jugador que debe hacer mutis ante las ofensas dirigidas hacia su abuelo, es decir, a la persona que lo llevó durante quince años a cada entrenamiento de la infantil de Sevilla.

El domingo se enfrentan nuevamente, ahora en La Liga, el Sevilla y el Madrid, es decir, el Sánchez-Pizjuán y Ramos. Con la previa sabemos que va a ser todavía un partido más duro que el del jueves. Es por esto que muchos señalan que lo que Sergio Ramos hizo fue un error. Que se equivocó cobrando el penal, que se equivocó cobrándolo a lo Panenka y se equivocó con el festejo. Los equivocados son ellos. Lo único que Ramos hizo el jueves pasado fue demostrar lo que muchos dudábamos después de la final en Lisboa y después de la final en Milán. Lo que Sergio Ramos hizo fue demostrar que, como todos nosotros, él es de carne y hueso.