Tipografía y el hombre del piano

Hace no mucho, mi hermano me compartió una foto de un artículo que leyó mientras viajaba en Interjet, su intención fue preguntarme si conocía la tipografía usada en la tapa de un libro del que hablaban en un artículo de la revista de la aerolínea, el cual trataba del pianista James Rhodes, entonces desconocido para mi.

La tapa del libro de James Rhodes

Le dije que no la conocía, pero fiel a mi espíritu de exploración tipográfica — y porque me gustó mucho la letra— decidí investigar cuál era esa seductora forma tipográfica. ¡Y lo logré!
Se trata de la fuente tipográfica F37 Bella en su variante stencil y publicada por Hypefortype.

Uno de los puntos más bellos de este conjunto de letras, es que tiene un contraste extremo en sus formas, con gruesos trazos y delgadas uniones que parecen simplemente sugerir la forma de ciertas letras. Una belleza a mi parecer.

Pero como todo en la vida —al menos en la mía — la referencia no quedó como un suceso aislado, sino que me llevó a escuchar la música de James Rhodes y conocer un poco más de él y su historia, la cual resulta ser un demoledor caso de cómo la música puede salvar a un ser humano.

La fuente tipográfica F37 Bella usada en la tapa del libro Instrumental de James Rhodes

Siguiendo el hábito de ir de rama en rama buscando información en la red, llegué a un artículo del diario El País, del cual extraigo el siguiente párrafo pues me condujo a una nueva búsqueda musical de la interpretación de James Rhodes de una melodía imperecedera de Bach:

La música llamó a su puerta cuando tenía siete años, en forma de una casete que contenía la chacona para violín solista en re menor de Bach, transcrita para piano por Busoni. Esa cinta, escuchada en bucle en su walkman Sony, se convirtió en su refugio. “En la música pop, la mayoría de las veces hay una emoción a lo largo de toda la pieza: una canción triste o una canción muy animada y feliz”, explica. “Pero la música clásica es diferente. Esta pieza, en el transcurso de 15 minutos, te lleva por todas las emociones. Yo ni siquiera las había experimentado hasta que la conocí. Esta música es infinita, inmortal. Por eso la escuchamos 300 años después de que Bach la escribiera. Y le garantizo que en 300 años más la seguiremos oyendo y diremos: ‘¡Cómo es posible, cómo ha podido alguien escribirlo!”.
La interpretación de James Rhodes a esta pieza borda lo sublime

No sobra decir que la ejecución de la música es soberbia.

Este escrito es sólo un ejemplo pequeño de esa serie de pequeños datos que me tocaron y se ramificaron de forma visual y auditiva. Buenas conexiones.