Desafección con la política

¿Cuáles son las causas que generan este alejamiento de los ciudadanos con la política?, ¿es simplemente desinterés?

La política a diario

Leer columnas de opinión en el periódico, estar al tanto cada minuto de las noticias en la web, ver los noticiarios que resumen la jornada política en televisión, discutir con la familia o amigos acerca de las elecciones, el salario mínimo, la legalización del aborto terapéutico o la cannabis, salir a la calle a protestar en busca de la educación gratuita, militar en un partido político, votar por tu candidato favorito…

Estas son algunas de las actividades que podrían demostrar un cierto interés en política por parte de los ciudadanos. Todas ellas son frecuentemente realizadas por diferentes sujetos sociales, siendo que todas sirven de insumo o instancia para practicar y desarrollar razonamientos propios para la actividad política, aquella que precisa de argumentos racionales y una disposición abierta a la deliberación. Sin embargo, de todas esas actividades, existen algunas que están más institucionalizadas mientras otras son más informales y privadas. Sufragar, por ejemplo, es uno de los actos del cual podemos obtener conclusiones verídicas acerca de la postura predominante frente a ciertos temas y acontecimientos. Sufragar es la forma institucionalizada de conocer las preferencias populares.

Debilidad del sufragio

Desafortunadamente, existen algunos países en que la herramienta del sufragio se encuentra debilitada y en una evidente crisis. En las elecciones presidenciales de 2012 en Estados Unidos solamente votó un 58% de la población, es decir, de cada diez estadounidenses cuatro no votaron. A pesar de que en Estados Unidos la baja participación, que bordea el 60%, se ha sostenido durante más de dos décadas, consideramos que lo óptimo en una democracia es la más alta participación posible. En su país vecino, México, hubo elecciones federales en julio de 2012, en la cual sólo votó el 63% del total de votantes habilitados, en otras palabras, hubo aproximadamente unos 30 millones de mexicanos que no manifestaron su preferencia. Tomando en cuenta un ejemplo más cercano, en las pasadas elecciones parlamentarias y presidenciales de Chile en noviembre de 2013, el panorama electoral empeora y sólo un 49% de los chilenos sufragó, es decir, la mitad de la población habilitada para votar no lo hizo, aun cuando tenían nueve candidatos de coaliciones diferentes postulando al cargo supremo. Peor fue lo ocurrido en el balotaje en diciembre del mismo año, sólo un 41% de los chilenos manifestó su preferencia, lo cual no fue tan sorprendente, ya que esta vez eran sólo dos candidatas. Estos son sólo tres ejemplos de un fenómeno que ocurre también en otros países del mundo.

Estas tres democracias tienen algo en común aparte de la escasa participación electoral, su carácter voluntario y no obligatorio del sufragio. En Australia, por otro lado, en las elecciones federales de 2013 votó el 93% de los ciudadanos habilitados para sufragar. Y en las elecciones presidenciales de Uruguay en 2009, votó el 90% de la población autorizada. En ambos países el voto es obligatorio.

La solución parece fácil: hacer que el voto sea obligatorio en aquellos países en donde la participación es baja, así se podrá obtener y medir la opinión y preferencias de los ciudadanos de manera sistemática. Pero debido al consciente desagrado de muchos ciudadanos con la política, esta solución probablemente no generaría los resultados esperados, tal vez produciría una pila de personas fastidiadas por la nueva medida, reclamando que atenta contra la libertad individual y argumentando que el voto debe mantenerse como un derecho, no como una obligación.

¿Pero por qué en algunos países, como Australia y Uruguay, no ocurre este descontento? Las naciones que han logrado sobrellevar la tarea de mantener a los ciudadanos conformes con el voto obligatorio, lo han conseguido por varios factores, uno de ellos, probablemente el más importante, es la cultura política que tienen estos países. En Australia, desde 1901 han mantenido la costumbre de tener educación cívica en las escuelas, para así enseñar a la ciudadanía sus derechos y deberes desde temprana edad, y en 1924 se implementó el sufragio obligatorio en este país. Uruguay es un caso que presenta características similares, su Constitución garantiza el derecho a la educación moral y cívica de todos los alumnos. En ambos países, las costumbres, hábitos y tradiciones generan efectos positivos en los ciudadanos quienes finalmente entienden que votar es un deber ciudadano para mantener y equilibrar la democracia de un país.

Pero el objetivo de este ensayo no es realizar un debate entre el sufragio voluntario y el obligatorio, sino que es constatar la exacerbada desafección política que se observa actualmente en varios países. Probablemente, la mejor instancia para observar esa desafección sean los procesos electorales.

La participación política puede manifestarse de diferentes maneras, ya sea en la vida cotidiana o en procesos institucionales como el sufragio. Las acciones cotidianas relacionadas con política son varias y ocurren constantemente, por ejemplo, percibimos cambios en el precio del pan, exigimos que pasen los camiones de basura, reclamamos por el aumento en el precio de los buses públicos, o de la gasolina, nos enteramos de que la calle que normalmente transitamos está cerrada debido a actividades municipales, pedimos mejoras en nuestra comuna, nos quejamos por los altos impuestos, estamos preocupados de que el humo de los cigarrillos no nos afecte, etc. En lo práctico, la política tiene como objetivo regular todas estas actividades que para nosotros son triviales. Esto se materializa a través de leyes y normas emitidas por el sistema político que es democráticamente electo. Las elecciones, entonces, son la otra instancia de participación política en una sociedad, cada cierto tiempo, diversos candidatos intentan absorber las demandas de la ciudadanía, mostrar las soluciones respecto de sus propios puntos de vista e intentar salir electos. Evidentemente aquí encontramos una relación entre la participación política cotidiana y la electoral. Inevitablemente, todos los asuntos políticos que transcurren en el día a día, son los que entrarán en discusión en el período electoral, y dependiendo de quien salga electo, la gestión de estos podrá variar o no. Entonces las discusiones políticas ciudadanas, son evaluadas por los candidatos en periodos electorales, quienes bajo su criterio, decidirán la manera adecuada de cómo mejorar y administrarlos de forma eficiente.

Espanto hacia la política

Los ciudadanos a los que probablemente les interesa la política, ya sea consciente o inconscientemente, están constantemente discutiendo en cómo mejorar ciertos problemas sociales, ya sean de carácter global, como la pobreza o la paz mundial, o local, como el precio del transporte público o de los alimentos. Es así como una actividad política muy común, la discusión, se encuentra en los círculos habituales de los ciudadanos, como los amigos, la familia, compañeros de trabajo, escuelas, etc. La práctica de la discusión actúa naturalmente como una forma de establecer posiciones políticas propias, que posteriormente llevarán a los ciudadanos a decidir por sus candidatos e ideas preferentes.

Pero hay otra fracción no menor de ciudadanos que continuamente dicen estar disgustados con la política, que no le interesa, que no les afecta. Existen instancias en que estas personas evitan discutir sobre temas políticos, por ejemplo, cuando dos amigos comienzan a hablar acerca de cuán importante es que exista matrimonio homosexual, probablemente un desinteresado se autoexcluye de la conversación o intenta cambiar el tema. Más evidente es cuando, en un grupo se empieza a hablar de “política”, o mejor dicho, de las futuras elecciones o de partidos políticos, lo que podría provocar un espanto en aquéllos que se sienten alejados de este concepto. Al existir esta aversión de algunos ciudadanos por discutir temas políticos, naturalmente no participarán de los comicios electorales, si no lo hacen cotidianamente, se supone que no hay incentivos para hacerlo en períodos electorales.

Aun así hay ciertas acciones que ningún ciudadano se exime de hacer, que se encuentran sumidas en la cotidianidad, tales como las demandas y exigencias de una comunidad. Cuando una persona reclama por el alto precio de la gasolina, no se cuestiona si es o no un asunto político, simplemente reacciona ante el hecho de que ahora es más caro comprar gasolina, razonamiento que excluye el hecho de que un cambio de política tiene consecuencias en el alza de precios. Por lo tanto, si un ciudadano reclama por el alza de precios, intrínsecamente está en contraposición a la política que produjo esa alza. Se puede decir entonces, que todos los ciudadanos, hasta los que se proclaman desinteresados en política, están en constante relación con asuntos políticos. Y que, por tanto, hace falta concientizar a ellos la idea de que gran parte de sus decisiones incorporan asuntos relacionados a la actividad política.

En relación a lo anterior, debemos preguntarnos entonces ¿cuáles son las causas que generan este alejamiento de los ciudadanos con la política?, ¿es simplemente desinterés?, ¿carecemos de tiempo para hacerlo?, ¿prefieren priorizar otras acciones antes de gastar energías informándose?.

¿Hay incentivos para votar?

Para conseguir efectos reales por medio de votaciones es indispensable la participación de un número significativo de ciudadanos. Una democracia activa debe contar con el interés particular de los integrantes de una comunidad que enfrenta problemas colectivos. La teoría de la elección racional indica que los individuos actúan persiguiendo sus intereses, es decir, midiendo cuáles son sus preferencias y estableciendo sus restricciones. Entendiblemente, un sujeto podría encontrar la satisfacción de sus intereses votando por su político favorito, así, si es que llegase a triunfar, se conformaría con la posesión de su candidato al cargo que que aspiraba y con los beneficios del cumplimiento de sus promesas de campaña. Si el sujeto confiaba en el político porque prometía fijar límites al precio del combustible, entonces el votante encuentra la satisfacción de su interés al haber votado por el candidato ganador. Sin embargo, el sufragio es una actividad que provee efectos colectivos para la totalidad de la población, ya sea en un corto o largo plazo. Es decir, todos se vieron beneficiados por la medida del candidato recién electo de no aumentar el precio de la gasolina, incluso los que no votaron. Entonces, ¿de qué sirvió que aquel sujeto votara por su candidato favorito, si de todos modos hubiera conseguido lo que quería?, ¿valió la pena levantarse y movilizarse para votar?. La gestión del candidato electo influirá en el vivir de todos los ciudadanos, o sea que la actividad de votar generaría, de vez en cuando, beneficios o perjuicios para la comunidad en su conjunto. ¿Por qué un individuo accedería a realizar una actividad cuyos beneficios puede obtenerlos sin siquiera participar de ella?. En 1965, Mancur Olson, en respuesta a esta inquietud, asegura que lo que realmente nos motiva a actuar en actividades comunes son los incentivos selectivos y no solamente los colectivos, es decir, la mayoría de los votantes son motivados por beneficios específicos adicionales a los que obtendrá la comunidad. Los incentivos selectivos ofrecen beneficios para un sujeto o grupo en particular, a diferencia de los colectivos cuya ganancia es igual para todos. Olson clasifica los incentivos selectivos en positivos y negativos. Los primeros prometen beneficios específicos a quien participa, ganancias adicionales a las comunes, que sólo se percibirán en un individuo o grupo determinado. Por otro lado, los incentivos negativos invitan a participar ya que si no se hace, se pueden perder beneficios que favorecen a un individuo o grupo determinado.

Para Olson son los incentivos selectivos los que nos mueven a actuar en una actividad cuyos beneficios son comunes. De este fenómeno se aferra la apatía de la gente por lo público, ellos esperan recibir los beneficios de las actividades comunes, pero sin correr riesgo alguno, sino como free riders: el polizón, el que actúa sólo y libre. Son individuos que sin importar lo que hagan recibirán los efectos de la obras comunes, por eso no ponen de su esfuerzo personal. A la hora de sufragar, para muchos es preferible actuar de esa manera, subvalorando la importancia del sufragio singular, evitando gastar energías y dinero votando, proseguiendo con el diario vivir. Los free riders no captan el llamado de los incentivos selectivos, no hallan una ventaja complementaria que les genere motivación, no están al tanto de las consecuencias que esa actividad colectiva puede significar.

Si imaginamos a dos candidatos a alcalde que ambos dicen estar comprometidos con la creación de áreas verdes en la comuna, mucha gente estará interesada en apoyarlos, pero también, muchos no votarán, actuarán como free riders y esperarán recibir los beneficios colectivos que los candidatos prometen, sin importar cuál resulta ganador. Pero si un individuo capta que sólo uno de los candidatos mantiene la promesa de crear un parque con juegos para niños y ciclovías en las cercanías de su hogar, pues éste tendrá un incentivo selectivo positivo para apoyarlo. Cuando se discuten posiciones muy parecidas en una elección, el votante raramente se siente atraído por las promesas. Es decir que debido a la neutralidad del debate político, los electores no despiertan la motivación necesaria para apoyar una causa en particular. Mientras que si las propuestas se polarizan, se vuelve más fácil y conveniente encontrar incentivos selectivos en ellas y, por tanto, el interés en algún candidato.

De igual manera ocurriría con una mujer que se encuentre participando de un programa de capacitación laboral para obtener conocimientos acerca de cómo gestionar una microempresa, facilitado y gestionado por el actual alcalde. Si en la elección se presentan candidatos que proponen cambiar la política laboral de la comuna, entonces ella se interesaría en apoyar al actual alcalde del lugar. La mujer, al captar las potenciales consecuencias que la afectarían, entiende la importancia que puede significar su voto para mantener los beneficios de capacitación laboral. Es un incentivo selectivo negativo lo que esta vez motiva a la mujer a actuar en política, ya que si no realiza la acción de votar, se vería mayormente amenaza de perder un beneficio que actualmente le pertenece, sin embargo, es difícil suponer que los ciudadanos están constantemente informados de las posiciones y acciones de cada uno de los candidatos y sus sectores políticos. El incentivo selectivo sólo es percibible al contar con la información necesaria.

La información, para Olson, se vuelve un punto importante de ahondar. Para conocer lo que nos ofrecen los diferentes incentivos selectivos se requiere de información, pero esta supone un alto costo y esfuerzo, como también requiere de tiempo, por eso, según Olson, la mayoría de la gente es apática a la información.

¿Cómo el sujeto del primer ejemplo logra enterarse de que un candidato propone más áreas verdes en su sector?, ¿cómo la mujer se percata que corre el riesgo de perder su capacitación laboral si el actual alcalde no sale reelecto?. Evidentemente ambos ciudadanos necesitaron de información específica sobre los programas de los aspirantes. Posiblemente la obtuvieron a través de folletos en las calles o por medio de propaganda televisiva o radial, pero fue el acceso a esa información lo que los motivó a ejercer su voto por uno u otro candidato. El conocimiento programático que se maneja de los candidatos en la actualidad es insuficiente. Los votantes se enteran de la existencia de ellos a través de pancartas en la vía pública, cuya única función es informar el nombre y fotografía del político. Rara vez los ciudadanos analizan las promesas específicas de campaña, si es que las hay. Es difícil captar la información que nos conduce a votar por uno u otro, es por esta razón que no se generan incentivos selectivos para atraer al votante: es preferible no movilizarse y aun así obtener los beneficios colectivos. La información juega un importante papel al advertir a las personas cuáles serán las consecuencias del triunfo de cada candidato, especialmente si es capaz de comunicar aquellas que nos afectarán personalmente.

Información

La ventaja de estar informado

Si de algo estamos seguros, es que para poder realizar efectivamente el sufragio, es necesario manejar nociones básicas de información política. Aunque no es necesario ser un experto, se requiere de conocer a algún candidato, tener una preferencia y saber cuál es el local de votación. Esto incluye a aquéllos que no votan por temas políticos, sino sólo por conveniencia personal. Cuando se enteran que un candidato propone dar mejoras salariales sólo a personas que vivan en ciertos lugares, llevaría racionalmente a mucha gente de esos lugares a votar sólo por ese beneficio. Para emitir correctamente un sufragio, ya sea para querer manifestar preferencias políticas o para recibir un beneficio personal, es necesario obtener un grado básico de información. Aquellas personas interesadas en política, que suelen discutir temas de esta índole, posiblemente ya están algo o bastante informados acerca de estos temas, lo que los conduciría a efectuar una elección mejor informada, a tomar una mejor decisión. Suponemos que a mayor información, mejores serán las decisiones que se tomen respecto a la elección política, ya que sólo con información conoceremos la realidad de los efectos de las políticas aplicadas. Además, precisamos de objetividad para evaluar la gestión administrativa.

El costo de informarse

¿Pero qué sucede con aquellos que no les interesa la política?. Probablemente, se sienten desinformados al respecto y en el lugar de informarse, prefieren realizar otras actividades, como el ocio. Podemos asociar el nivel de información que tiene un individuo y su probabilidad de participar en política. Una hipótesis razonable plantearía que a mayor nivel de información o mayor nivel educacional, produciría una mayor disposición a participar en política. La lógica de esto se encuentra en que al tener conocimiento de las consecuencias de las acciones políticas, los ciudadanos pueden exigir cambios a dichas acciones, mejor conocido como accountability. Es decir, un ciudadano que conoce el alcance de los cambios en la política monetaria o fiscal de un país, puede tomar mejores decisiones con respecto a quien no los conoce. Para alguien sin esa información, la decisión sobre qué política monetaria o fiscal se debe adoptar, será una decisión basada en su subjetividad y con grandes probabilidades de ser perniciosa. Por otra parte, quienes sí poseen la información, desearán controlar aquello que conocen, lo que los lleva a participar en política. Entonces es válido decir que parte del desinterés por la política se debe a un bajo nivel de información o que la falta de información o conocimiento provoca desinterés. De esta manera, el interés y la motivación por participar en política será mayor en aquellos que manejan más información y su costo de ir a votar no será tan alto, ya que las ganas de efectuarlo serán mayores, debido a que posiblemente se quiere influir en el proceso de toma de decisiones y realizar cambios a favor de ciertas preferencias personales.

Es necesario precisar que la falta de información se puede atribuir a una equivocada forma de difusión. Debido a su carácter público, el Estado debe entregar información sobre sus acciones y consecuencias. En la actualidad, cuando el gobierno emite información de carácter pública, lo hace de una manera que no genera acoplamiento con la ciudadanía. Dicha información pasa desapercibida por un gran número de personas. Estas, aparentemente, no llaman la atención. Es posible considerar que el formato en que se elabora, no genera los incentivos para su consumo. Esto puede generar un costo alto de adquisición de información, al mismo tiempo que produce un bajo beneficio para el votante, imperceptible precisamente por la falta de conocimiento. Se requiere de bajar los costos de información para que el consumo se efectúe.

El ser humano permanentemente está optando por las opciones que le presenten más beneficios que costos. Constantemente está calculando el costo de realizar diversas acciones, tanto en un plano consciente como inconsciente, estima su conveniencia y luego decide si es óptimo realizarlo o es mejor gastar el tiempo y energía en algo que cause mayor satisfacción a corto plazo.

La acción de sufragar, al parecer, pasa por este proceso. Repetidamente se argumenta que una de las razones para no votar es debido a su alto costo energético, monetario y temporal. Comúnmente para que una persona ejerza su derecho a voto, tiene que preferentemente levantarse temprano un día domingo, transportarse, luego sufragar y finalmente repetir el proceso de vuelta. Existe un costo monetario, además de un costo de oportunidad, ya que una persona podría optar por quedarse descansando en lugar de realizar todo este proceso. Esto a su vez genera el fenómeno del free rider, un grupo de personas que, en conciencia de que la elección generará una resultados con o sin ellos, deciden abstenerse de votar. Para ellos el costo es alto, el beneficio muy bajo y lo recibirán de todas formas.

A pesar de que el costo de votar es evidente, creemos que lo esencial es anterior al sufragio, esto es, el obtener constantemente un grado básico de información acerca de los temas contingentes. Cuando un ciudadano repetidamente se informa, poseerá un manejo superior sobre diversos temas, lo que resultará en una mejor toma de decisiones.

Lo que debemos identificar es el costo que actualmente tendría un ciudadano común para querer informarse. Esto no es labor de una sola vez, ya que diariamente ocurren sucesos políticos que son importantes de analizar y examinar. Debería ser una tarea que se realiza de manera constante para que mantenga su efectividad.

Hoy en día, la mayoría de la información noticiosa que adquieren los ciudadanos nace de los medios de comunicación, quienes narran cada hecho político lo manifiestan a través de distintas maneras, como el periódico, la televisión, la radio o los noticiarios de internet. Es necesario seguir alguno de estos medios diariamente para mantenerse informado.

Pero realizar esto probablemente no es suficiente para el período electoral, ya que comienza a ser necesario que los ciudadanos se informen de los candidatos correspondientes a su localidad, lo que llevará a un mayor gasto de tiempo. Para enterarse de las características políticas de una localidad como los nombre de los candidatos, distrito, circunscripción, propuestas, historial de los personajes o de las gestiones anteriores, puede demandar mucho tiempo y dedicación. Todo esto se encuentra en sitios web diferentes, en el que cada uno está escrito con tecnicismos, que naturalmente no facilitan el objetivo de los usuarios, lo que lleva finalmente a que estos desistan de la tarea debido al alto grado de complejidad para encontrar aspectos básicos para realizar el sufragio.

Resulta evidente que hoy en día existe la urgencia de mejorar aquellas herramientas de información, tales como los medios de comunicación electrónicos, los cuales deben estar al nivel de ciudadanos de este siglo. Afortunadamente, para resolver los problemas anteriormente descritos, contamos con tecnologías que disminuyen los costos información y, a su vez, aminoran los efectos de la desafección política. Es sobre esta idea que se desarrolla el argumento de los capítulos siguientes

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