La cultura del siglo XXI

Render de proyecto de Google que mezcla tecnología con naturaleza.

Estamos en tiempo intensos. Cada día vemos el surgimiento de una nueva tecnología que encuentra soluciones a nuestros problemas y de paso cambia nuestras costumbres más arraigadas. Es prácticamente imposible pensar en algún aspecto de nuestras vidas en las que no esté inmiscuida la tecnología. Si bien a lo largo de la historia humana hemos sido dependientes de los avances tecnológicos, es posible argumentar que, tras la invención de internet y la masificación de los computadores personales — hoy llamados smartphones — , las posibilidades se expanden a niveles sin precedentes. Las tecnologías de la información y comunicación han cambiado el mundo. Y esto parece ser tan sólo el inicio.

Del mismo modo la cultura experimenta fuertes cambios. La globalización ha permitido no sólo el intercambio de productos e ideas, sino que de prácticas y códigos comunes que permean a través de todo el globo. Google, Facebook, Instagram y Twitter son utilizados masivamente en practicamente todos los países del orbe, permitiendo de esta forma que un gran número de personas comienzen a tener códigos en común. De esta forma, una nueva cultura común surge en todo el mundo. La cultura ha sido cambiada producto de las tecnologías.

En ocasiones se considera que tal fenómeno — la globalización — ha producido la pérdida de identidades tradicionales; la erosión de una cultura nativa y milenaria, en favor de una cultura global y uniforme. Y muchos suelen reaccionar críticamente hacia ese cambio. Sin embargo, debemos considerar que la expansión del comercio y el intercambio de ideas también promueve una mayor diversidad. Los países— como unidad territorial — han sido efectivamente uniformados, bajo una cultura del consumo y el comercio, fenómeno que es peyorativamente denunciado como la McDonalización del mundo. Los paises comparten hoy en dia no sólo hábitos de consumo, sino que legislación, arreglos institucionales e ideales. No obstante, a nivel de individuos o persona, nunca en la historia estos habían estado expuestos al menu de ofertas provenientes del ingenio de cada rincón del planeta. Desde alta tecnología, pasando por artesanías autóctonas, hasta música compartida gratuitamente por internet, el mundo es hoy un espacio en donde las opciones de vida son múltiples y diversas. Las naciones se uniforman, los individuos se diversifican. Estamos rodeados de los productos de la creatividad humana. Tal ha sido, a grandes rasgos, un elemento distintivo de este cambio cultural.

La gran pregunta radica en identificar los elementos más importantes de este cambio cultural. Los elementos fundamentales de la cultura del siglo XXI. Como fundación nos aventuramos a responder tal pregunta, conceptualizando de manera general lo que a nuestro juicio son — o deberían ser — los pilares fundamentales de esta era.

Tecnología

En primer lugar, la tecnología ha de ser considerada como pilar fundamental. El motivo de esto es la transversalidad con que opera . Pensemos en cualquier práctica del quehacer humano. Virtualmente no hay actividad en que, de algún modo, la tecnología no pueda estar presente para mejorar la experiencia. Indistinto de un deporte extremo, meditación, artes, agricultura o ingeniería, cuando la tecnología está presente, amplifica el abanico de posibilidades de la experiencia. Específicamente, la computación expande el potencial de cada actividad en correspondencia a las necesidades que exige. No por nada, la programación ha sido considerada en países como Estados Unidos, como una materia de alta prioridad y en consecuencia, ha ser enseñada obligatoriamente en las escuelas. La Casa Blanca promueve Computer Science For All, a modo de convertir las materias de tecnología en parte integral del curriculum de las nuevas generaciones.

La tecnología no sólo tiene el potencial de preparar a las nuevas generaciones a las formas del mundo moderno. También tiene el potencial de integrar a personas a un trabajo colaborativo, en donde características como el estrato socio-económico, raza o género entre otros, dejan de ser relevantes para el proyectos. Dada la racionalidad de la materia, los espacios de desaveniencias no están dadas por interpretaciones subjetivas de las personas, sino que por el testeo de distintas hipótesis que se aventuran a dar solución a problemas. En otras palabras, los problemas que presentan los proyectos tecnológicos son solucionables en la medida que múltiples personas conversen, testeen sus ideas y encuentren la mejor solución. Y tal dinámica requiere de la colaboración entre individuos. Lo que importa es su intelecto y las ganas de construir algo magnífico.

Taller de robótica para niños. Colaboración honesta en pos de un proyecto común.

Tal cultura de racionalidad permite además capturar los beneficios de la tecnologia y transferirlos a un mayor número de personas. Pensemos por ejemplo en el fenómeno de los smartphones y las apps. Hace 10 años, nadie tenía un smartphone. Hoy en día, su uso es transversal y en constante expansión. Esto implica mayor acceso a educación y a información de calidad.

Humanidades

Pero la racionalidad no lo es todo. Si bien nuestra capacidad de razonar y descubrir patrones en la naturaleza ha sido considerada como cualidad única en los humanos y un ideal a cultivar, no podemos negar nuestro lado instintivo, aquel que relacionamos con las emociones. Son múltiples los estudios que señalan que los seres humanos, a pesar de calcular racionalmente las consecuencias de nuestras acciones, somos aún animales fundamentalmente puestos en marcha por nuestras emociones.

Y en ese sentido, las humanidades representan la otra cara de la moneda. En donde la tecnología personifica nuestra racionalidad, las humanidades nos permiten recobrar un aspecto natural y emocional.

Desde la era de la Ilustración, el progreso veloz de la razón, tomó por sorpresa — y con gran insatisfacción — a importantes intelectuales de la época. Nietzsche y Heidegger se vienen inmediatamente a la cabeza al momento de recordar la súplica por reflectividad en un mundo cada vez más mecánico y racional. Ambos observaron con disgusto el cambio radical que experimentó la vida de campo y los momentos de ocio producto de la llegada de nuevas formas de producción. El mundo, para ellos, se volvía una gran máquina irreflexiva, avocada en cuerpo y alma al trabajo y la consecución de objetivos. Ya no había tiempo para pensar o meditar, sólo tiempo para adaptarse de mejor forma a esta gran máquina de racionalidad. Tal crítica ha sido revivida constantemente en el imaginario político. La idea de que la tecnocracia predomina en nuestro mundo y que la política, la antigua política reflexiva, ya no existe.

Cuadro de William Wyld (1985). Desde la localidad de Kersal Moor, observa la naciente industrialización de Manchester. Representa el contraste entre el mundo natural y el mundo industrial racional. Un tema recurrente incluso en nuestra era.

Las humanidades se presentan de esta forma como un antídoto al mundo vertiginoso y excesivamente racional. Ellas nos permiten salirnos de las conductas mecánicas y observar a distancia aquello que hacemos. Reflexionar, en otras palabras, pensar en pensar y preguntarnos el sentido de las cosas que hacemos día a día.

Jóvenes contemplando una obra de arte abstracto.

Del mismo modo, las humanidades nos permiten reconciliarnos con prácticas antiguas, inútiles en términos productivos pero inmensamente útiles para nuestra satisfacción con el mundo en que vivimos. Las humanidades nos reencantan con un mundo de expresiones y subjetividades, con un conocimiento más primitivo que el racional, pero más sabroso para nuestro lado emocional. Filosofar, expresar libremente nuestras ideas, disfrutar de una novela o de la simple belleza del lenguaje. Nos permite alcanzar un relajo ante un mundo de mecanicismo. Hacer las cosas sin realmente tener “razones” por el cual hacerlo. En fin, ser más humanos.

Al siguiente nivel

Habiendo identificado estos pilares fundamentales de la cultura del siglo XXI, la tecnología y las humanidades, surge la pregunta sobre qué hacer en relación al fenómeno.

Un buen punto de partida es reconocer la inminencia del suceso. El mundo no dejará de producir tecnologías, ni tampoco cesará nuestra necesidad por conectarnos con nuestro lado más humano. La razón y la emoción deben encontrar una síntesis en esta cultura del siglo XXI.

Podemos de alguna forma “medir” el grado en que distintos países adoptan esta cultura. Al observar los grados de entendimiento en materias ligadas a las ciencias exactas — predominancia de la racionalidad — podremos ver qué tan avanzados estamos en esta área, que el mundo anglosajón llama STEM (Science, Technology, Engineering y Mathematics). América Latina está en deuda en esta área.

Del mismo modo debemos incentivar la admiración por las humanidades, cultivar personas más reflexivas y con amor hacia el conocimiento.

Mucho hemos hablado de la desigualdad en el mundo y en especial en nuestra región. La tecnología actual nos da, por primera vez en nuestra historia, una herramienta útil y relativamente simple para acabar con la desigualdad. Una disciplina en la cual poco importa la procedencia del individuo, sino que su intelecto, curiosidad y trabajo en equipo.

Los latinoamericanos no podemos dejar pasar esta oportunidad. Nuestro llamado es a incorporarnos cuanto antes a esta cultura. Si verdaderamente nos interesa acabar con la pobreza y la desigualdad, hemos de promover esta cultura del siglo XXI, crear conciencia sobre sus bondades y esforzarnos por llegar a cada rincón en donde se encuentre una mente jóven — en alma, no en edad — dispuesta a aprender los modos de esta nueva era.