Posthumanismo

por Nathalia Lucero

Consideraciones preliminares

El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo consecuencias inmediatas como, por ejemplo, la necesidad de reconstrucción, legislación, ordenamiento político, nuevos sistemas económicos, entre otros. No obstante, también dejó en evidencia la necesidad de un cambio en la percepción que los seres humanos tenían sobre sí mismos. Para las personas que vivieron la guerra, era evidente que el ideal de ser humano ilustrado que había llegado con la modernidad no cumplió su cometido, es decir, el ser humano que dirige sus acciones bajo los preceptos de la razón que ha sido educada a través de las lecturas de los grandes intelectuales de la historia y que, gracias a ello reprime su parte animal, no fue suficiente. Por lo mismo, la necesidad de un cambio se hizo patente y éste llegó de la mano de las nuevas máquinas y las mejoras tecnológicas que tuvieron en esa época un punto de inicio que sólo ha ido en crecimiento, algo que podemos corroborar en nuestros días.

La tecnología comenzó, de a poco, a facilitar la vida de las personas con un primer objetivo de optimizar el tiempo. La idea era que la gente pudiera aumentar la eficiencia en el trabajo, disfrutar con sus seres más cercanos y disponer de tiempo para el descanso: los tres elementos que conformaban la circularidad de la multifuncionalidad, esto quiere decir que, mientras se tenga éxito laboral, se podrá disponer de más tiempo con los seres más cercanos y, además, tener tiempo de ocio, lo que redunda en una mayor productividad, cerrando así el círculo del éxito constante, elemento que fija el norte de nuestros actos y decisiones, puesto que convertirse en una persona exitosa (bajo los aspectos recién mencionados) es uno de los objetivos primordiales del hombre moderno.

Todo lo nuevo proporcionado por la tecnología iba teniendo un buen nivel de aceptación y así se le abrió un espacio en nuestra cotidianeidad:

Pero, básicamente, las máquinas no poseían movimientos por sí mismas, no decidían, no eran autónomas. No podían lograr el sueño humano, sino sólo imitarlo. No eran un hombre, un autor de sí mismo, sino una caricatura de ese sueño reproductor masculinista. Pensar lo contrario era algo paranoico. Ahora, ya no estamos tan seguros. Las máquinas de este fin de siglo han convertido en algo ambiguo la diferencia entre lo natural y lo artificial, entre el cuerpo y la mente, entre el desarrollo personal y el planeado desde el exterior y otras muchas distinciones que solían aplicarse a los organismos y a las máquinas. Las nuestras están inquietantemente vivas y, nosotros, aterradoramente inertes.” (Haraway, 1984, 5).

Actualmente nos es muy normal tener — sólo por mencionar un ejemplo — un dispositivo móvil en donde no sólo nos comunicamos de manera instantánea cuando lo necesitamos, sino que nos proporciona orientación si estamos perdidos, nos permite tener acceso a información de cualquier índole a través de internet e incluso lo usamos de reloj despertador, siendo éste uno de los elementos tecnológicos que mejor refleja el carácter de la nueva época que surgió después de la guerra. Si hay que buscar una palabra que defina dicho carácter, esta es integral: mientras más conectado, más informado, más preparado académicamente; mientras mayor es la sintonía con su entorno mucho mejor es la valoración que recibe, pero de eso — y teniendo en consideración lo dicho por Haraway — ¿cuánto realmente depende efectivamente de nosotros y cuánto de la tecnología? ¿Qué tan reactivos, alertas o inertes estamos frente a las nuevas máquinas que nos facilitan la vida?

Por lo mismo, y siempre orientados en el sentido de lo integral, las tecnologías siguieron tomando espacio tornándose algo natural para nuestro entorno, es decir, la intervención no sólo abarca lo que compete a lo que estrictamente nos rodea, sino que ya está inserta en nosotros, interviniendo nuestros cuerpos, actuando directamente sobre la vida al buscar compensar lo que históricamente se ha considerado como falencias de la naturaleza humana. Es por esta razón que, como se podrá apreciar, el sentido del humanismo va cambiando levemente su dirección y, al mismo tiempo, dejando de ser humanismo: al ser humano ya no le basta ser mejor reprimiendo su animalidad, sino que, en adición a lo anterior, el parámetro de ‘lo mejor’ está dictado por la superación de todo tipo de falencias físicas y, de este modo, la búsqueda está fijada por la finalidad de alcanzar la inmortalidad humana. Esto es lo que actualmente se conoce como post-humanismo: cuando los ideales de los seres humanos trascienden, van más allá (post) de aquellos que por años rigieron los cánones de la humanidad, teniendo como finalidad alcanzar la mayor cantidad de consecuencias deseables para el progreso humano.

Neil Harbisson

Para ejemplificar mejor lo anterior, se expondrá brevemente el caso de Neil Harbisson; un hombre que a los 11 años fue diagnosticado con acromatopsia; una enfermedad en la que todo lo que ve aparece a sus ojos en blanco y negro. Decidido a poder percibir los colores, independiente de que sabía que no podría experimentarlos a través del sentido de la vista, desarrolló un aparato muy similar a una antena — el cual utiliza en su cabeza — que le proporciona la facultad de oír los colores. Lo que hizo Neil fue asociar colores a la escala de notas musicales, lo que le ha permitido llevar una vida más independiente, puesto que, aunque no seamos plenamente conscientes de ello, muchas de las decisiones que tomamos dependen de los colores; la más simple es si cruzamos o no la calle, dependiendo si el semáforo muestra verde o rojo. De este modo, para él, la tecnología pasó a formar parte de su identidad y por eso se le define a través de la palabra cyborg, lo que quiere decir que está compuesto de dispositivos tecnológicos y, a la vez, de parte de su naturaleza orgánica. Asimismo, también se puede apreciar que hay mejoras que se nos han transformado en habituales, por ejemplo, audífonos para oír, anteojos o lentes de contacto, prótesis que sustituyen alguna parte del cuerpo, entre otras, de manera que las personas puedan complementar su vida y desarrollarla buscando siempre los máximos niveles de eficiencia.

No obstante, surgen algunas interrogantes al reflexionar en torno al asunto: ¿Estamos los seres humanos preparados para hacer un buen uso de la tecnología? ¿Sabemos lo que es llevar a cabo un buen uso? Estas son algunas de las preguntas que se pueden plantear sólo como inicio de la reflexión. Se verá que, a través de lo expuesto en este escrito, surgirán otras dudas que es válido plantear y, de este modo, propiciar la generación de un debate que nos permita el intercambio de opiniones, puntos de vista y experiencias con el fin de ayudar a clarificar de qué se trata el tema en cuestión y los respectivos argumentos y objeciones.

¿Qué es el posthumanismo?

En las consideraciones preliminares se hizo mención al cambio de paradigma que trajo consigo el fin de la guerra como una respuesta a los movimientos totalizantes de principios del siglo XX. Lo que rige actualmente es una cultura con un carácter mucho más visual y, por sobre todo instantáneo, frente a la cultura letrada, la inversión de tiempo que requiere el trabajo con libros — y el trabajo intelectual en su conjunto — y el proceso educativo en general que, hasta ese entonces, era el paradigma primordial que ostentaba el protagonismo en aquella época. Duque, por su parte, afirma: “La deseable síntesis social no puede ser lograda en absoluto con los viejos medios de la escritura. Estamos entrando pues en una sociedad post-literaria, o sea: post-epistolar y, por ende, post-humanista.” (2006, 138). No es que se haya desplazado totalmente un paradigma por causa del otro, pero sí se debe reconocer que hay uno que prima por sobre el otro y en el caso de los días actuales, el primero tiene más fuerza que el segundo.

El humanismo había fracasado en su cometido de poner a resguardo de su propio salvajismo al ser humano, por lo que era necesario dar un paso más allá; evolucionar. De este modo, se busca que la vulnerabilidad humana — representada en su ‘ser salvaje’ — sea superada. La educación, entendida en los términos de la modernidad, no satisfizo las necesidades de una población en número creciente y, por lo demás, no todos tenían acceso a ella, por lo que había que expandir los horizontes. Así, la renovación del ser humano llegó de la mano de la revolución tecnológica, con máquinas inteligentes que nos prometen alcanzar mayor eficiencia; máquinas que no sólo son parte de nuestro entorno, sino que, como se dijo anteriormente y como confirma Haraway (1984): “Las máquinas modernas son la quintaesencia de los aparatos microelectrónicos: están en todas partes, pero son invisibles.” (pág. 6), pasando así a formar parte de nosotros mismos, llegando incluso a intervenir la ‘máquina oficial’ que poseemos: nuestro cuerpo.

Prótesis BeBionic3, permite realizar operaciones complejas y minuciosas.

Teniendo esto en consideración, el posthumanismo se puede definir como el empuje de los límites de la naturaleza, llevándola más allá de sus propios términos biológicos y, si se puede permitir el término, llevándola más allá de sus posibilidades, experimentando con los alimentos — donde un ejemplo son los alimentos transgénicos — y los animales (clonación, nuevas especies, entre otros). No obstante, hasta aquí no han sido contempladas las modificaciones al ser humano y es que esto está incorporado en otro concepto, que es el de transhumanismo, el cual también debe ser entendido como una superación del humanismo inicialmente mencionado e, incluso, como una etapa previa al posthumanismo, lo que no implica el fin del ser humano, sino que sólo un desplazamiento, en donde ya no se le sitúa en el centro y donde el espíritu de la actualidad responde a una descripción como la que sigue:

Uno de los rasgos más importantes del impresionante progreso de la técnica en el siglo XX es el empeño constructivista: parece que la realidad no sólo puede ser desmontada y recompuesta (…), sino también construida e incluso suplantada por el artificio humano y su potencia instrumental. No se trata únicamente de explotar y dominar, sino de adueñarse de los resortes últimos de cuanto existe — incluida la vida — y utilizarlos, hasta el punto de que se habla ya de una nueva era planetaria, el antropoceno. Más allá del llamado postmodernismo o del pensamiento postmetafísico, hay que referirse casi a lo postnatural, en el claro supuesto de que no hay sustrato alguno que permanezca invulnerable. (Espinosa, 2010, 3).

Se hace hincapié en las últimas palabras de la cita de Espinosa y es que, si el asunto del posthumanismo se estudia con un poco más de detenimiento, más allá de las consideraciones positivas que se pueda tener sobre él y sobre las consecuencias deseables que implica, hay otros aspectos de la esfera humana que son tocados profundamente por estas transformaciones y que, dada su relevancia, es preciso tratar en este escrito.

Lo primero que se debe considerar es la relación del hombre y la naturaleza, la que Espinosa retrata de la siguiente manera:

El salto tecnológico puede transformar el mundo, pero también la subjetividad y los estilos de vida, de manera cualitativa. Para apreciarlo mejor es oportuno distinguir entre un modelo de desarrollo prometeico y otro fáustico: el primero se funda en la noción de progreso indefinido (material, científico, político, etc.), pero consciente a la par de que ‘hay límites con respecto a lo que se puede conocer, hacer y crear’ (por ejemplo, en torno a la vida), de manera que la tecnificación resulta beneficiosa sin pretender adueñarse de ciertas cosas; por el contrario, el segundo tipo subordina todo a la previsión y el control sin barreras, hasta dominar la naturaleza externa e interna al cuerpo humano, y adoptar así una función demiúrgica creadora de vida, capaz de ‘redefinir todas las fronteras y todas las leyes, subvirtiendo la antigua prioridad de lo orgánico sobre lo tecnológico.’ (2010, 11)
Ilustración de Martin Heidegger.

En adición, se debe considerar lo que Heidegger retrata en su texto La pregunta por la técnica (1994), en donde una de las tesis que sostiene es que la naturaleza y el ser humano han tenido una relación que varía según la situación histórica en la que se sitúe, es decir, la naturaleza no se manifiesta como tal, porque siempre hay una comprensión histórica de por medio que empaña su realidad. Así, la relación que los griegos mantenían con la naturaleza dista mucho de la relación moderna del hombre con ella puesto que, en la primera, es una relación más originaria en el sentido de que se la define en el texto como un dejar salir, un brotar, mientras que en la época moderna, desde la que Heidegger escribe, el hombre fuerza en la naturaleza ese brotar que en un principio era espontáneo.

Finalmente, la propuesta del autor es que se debe retornar a los griegos, a la concepción que ellos poseían de la relación con la naturaleza, puesto que, en su opinión, el trato del hombre moderno hacia la naturaleza está afectado de un modo negativo. Existen muchas otras consideraciones que hacer respecto a dicho texto, pero yendo a lo que es de nuestro interés, y teniendo en cuenta que la historia ha seguido su progreso, tanto así que ahora se habla de posthumanismo: ¿qué clase de relación se tiene con la naturaleza? Si se sigue con el planteamiento heideggeriano, se trataría de una relación de control y de explotación por lo que cabe preguntarse si es correcto el rol que ambos, es decir, ser humano y naturaleza, desempeñan y, por sobre todo, si es sano dicho rol o si desvirtúa el rol histórico que debería poseer cada uno. Es más, se puede afirmar que el ser humano ha llegado a tal nivel de posesión y control que le ha asignado a la naturaleza un rol (de dependencia) que no es el que originariamente debería desempeñar. Esto nos lleva a la pregunta por el criterio del hombre: ¿qué tanto criterio poseemos para relacionarnos con la naturaleza?

En adición a lo anterior, el posthumanismo abre el debate sobre la historia, tema que puede ser abordado, por ejemplo, desde el punto de vista de la filosofía de la historia de Hegel. Para dicho autor, bajo cada acontecimiento histórico existe una racionalidad que marca el camino, distinguiendo entre lo que es necesario y lo que es contingente. Por necesario deben entenderse aquellos acontecimientos históricos en los que se dieron todas las condiciones para que ocurrieran y, por lo tanto, sucedieron. Un ejemplo de ello — que es el mismo que Hegel proporciona — es que Julio César haya cruzado el río Rubicón, hecho que efectivamente sucedió. Por otro lado, contingente hace referencia a aquellos hechos que tenían alguna posibilidad de acontecer, pero que finalmente no sucedieron. Siguiendo con el ejemplo de Julio César, un acontecimiento contingente es que, una vez que se detuvo a la orilla del río, atormentado por las dudas, hubiera decidido no cruzar y, por lo tanto, no provocar una guerra civil, la segunda de la República de Roma. Lo que de esto se debe rescatar es si el posthumanismo y lo que él implica ¿es parte de la racionalidad del transcurso de la historia o será que el hombre, en su afán de dominación y poder, ha logrado doblegar la mano de la historia y redirigirla según su conveniencia inmediata, sin pensar en un télos, una finalidad, como sí lo haría la historia según Hegel? ¿Será que el posthumanismo es un nuevo despliegue de la verdad en el camino que nos acerca al saber absoluto? ¿A qué clase de saber nos acercamos?

En tercer lugar, téngase en consideración lo siguiente:

Los beneficios pueden ser muy grandes, pero en un mundo globalizado a todos los efectos no pueden olvidarse los riesgos ni las múltiples interacciones extensionales e intencionales, de muy difícil gobierno. A nadie se le oculta, baste un ejemplo, que la modificación genética de organismos conlleva efectos impredecibles por definición (…) tanto respecto a los equilibrios ecológicos en general como a la salud en particular. Sin embargo, la vida es presentada como algo del todo manejable y se convierte en una mera categoría técnica, sin que ya importe apenas la esforzada construcción de la identidad personal. (Espinosa, 2010, 7).

Espinosa rescata el problema de la modificación genética antes mencionado junto a los posibles trastornos que afectarían el equilibrio ecológico, pero agrega un elemento crucial: la construcción de la identidad personal. Frente a esto, lo que debe tenerse en mente es la formación de nuestra identidad en relación a las máquinas y, en base a lo anterior, plantearse la pregunta por nuestra condición humana y, así, a un problema de índole antropológico: ¿será posible que en algún momento las máquinas puedan ‘robarnos’ la condición de humanidad que consideramos que nos es exclusiva? ¿dónde, o en qué, radica nuestra humanidad? ¿Estamos sólo reducidos a conexiones neuronales? ¿Tenemos un alma? ¿o somos un compuesto indisoluble de alma y cuerpo?.

Reflexiones Finales

Teniendo en cuenta las definiciones y la contextualización previa, es válido tener objeciones, reparos, dudas y necesidad de aclaración respecto a un tema que juega con la ambigüedad de su cercanía, puesto que el uso de la tecnología es parte de nuestras vidas, pero que a la vez nos parece tan lejano: aún no hay máquinas que puedan presentar emotividad, sentimientos o tomar decisiones en base a sus experiencias vividas, como sí lo hacemos los seres humanos, por nombrar un ejemplo. Por lo mismo, se presentarán algunas interrogantes que pueden guiar la reflexión del lector (sic. receptor) a aclarar, obtener una conclusión o a elevar aún más el nivel de la discusión.

En primer lugar, si las mejoras apuntan a conseguir el ‘mejor mundo posible’ a través de la consecución de los máximos niveles de eficiencia que nos podamos permitir; ¿es válido apuntar la búsqueda hacia el término de la finitud humana? No sería mejor probar a tratar de mejorar en otros aspectos, por ejemplo, aumentar el coraje para ejercer la libertad, o para poder solucionar problemas de inseguridad, entre otros? Al respecto, Espinosa pronuncia lo siguiente: “Es más que deseable reducir cuanto se pueda el sufrimiento de todos los seres vivos, pero con cuidado de no anestesiar y/o mutilar — en el caso humano — el conjunto trabado de las emociones, sus interacciones y contrapesos, su juego subconsciente y a veces creativo, imponderable. (2010, 15).

En adición, las mejoras que vienen de la mano de la tecnología para los seres humanos y su entorno en general extienden la vida, lo que nos asegura cantidad, sin embargo, ¿eso nos garantiza calidad de vida? Al buscar optimizar todo ámbito en que los seres humanos nos desenvolvemos ¿no estaremos olvidando aspectos que son relevantes para el normal desarrollo de la vida de las personas y que no aceptan modificación? Por mencionar un caso: ¿las relaciones entre humanos se mantendrán, se verán afectadas por estos avances o será posible prescindir de ellas?.

Luego, como se ha producido un cambio de paradigma que va desde el humanismo al posthumanismo, ¿habrá que replantearse el concepto de dignidad humana? Lo que nos lleva nuevamente a la pregunta por la condición humana: ¿qué somos?.

Por lo demás, a medida que la reproducción o que otros factores alteren los genes humanos (por ejemplo, adaptación): ¿será necesario el posthumanismo y sus mejoras?.

Por último, pero por eso no menos importante, ¿será que tenemos, como humanidad, un criterio formado para aplicar (y aplicarnos) mejoras tecnológicas? Se debe recordar que, para quienes propiciaron estos cambios, el ideal de la formación de las personas a través de la educación había fracasado, lo que quedó demostrado con las dos guerras mundiales, por lo que, si la educación no fue suficiente en ese momento: ¿lo será actualmente? ¿Bajo qué criterios nos consideraríamos bien formados, bien educados? En aquel entonces, el criterio era regirse bajo los preceptos de la razón, principio que heredamos de autores como Kant y Hegel. No obstante, ¿tenemos claro cuáles son aquellos preceptos?.

Que lo aquí planteado sea una guía, un instrumento que permita ampliar el debate sobre la tecnología y su avance, puesto que cada día colonizan nuestras vidas con mayor facilidad. El tema del posthumanismo, lo que significa, ya dejó de ser algo propio de los libros de ciencia ficción, como los escritos por Isaac Asimov. Nos basta con encender la televisión para ver la creación de un nuevo robot, de un automóvil que requiere menos habilidades de manejo dada su ‘autonomía’ o de la aparición de cyborg, como Neil Harbisson, por lo que no podemos mantenernos al margen de este debate y de la información disponible para participar en él.

Referencias Bibliográficas

Chavarría, G. (2013). El posthumanismo y el transhumanismo: transformaciones del concepto de ser humano en la era tecnológica. Revisado en: http://kerwa.ucr.ac.cr/bitstream/handle/10669/846/%20Informe%20Final.pdf?sequence=1

Duque, F. (2002). En torno al humanismo; Heidegger, Gadamer, Sloterdijk. Editorial Tecnos, Madrid.

Espinosa, L. (2010). El desafío del posthumanismo (en relación a las nuevas tecnologías). Revisado en: http://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/116244/1/DFLFC_EspinosaRubio_DesafioPosthumanismo.pdf

García Selgas, F. (2010). Posthumanismo, sociedad y ser humano. Athenea Digital, núm. 19: 1–5, noviembre 2010.

Haraway, D. (1984). Manifiesto Cyborg: el sueño irónico de un lenguaje común para las mujeres en el circuito integrado. Traducción de Manuel Talens con pequeños cambios de David Ugarte. Revisado en: http://xenero.webs.uvigo.es/profesorado/beatriz_suarez/ciborg.pdf

Heidegger, M. (1994). Conferencias y artículos. (pp. 9–37). Barcelona, Ediciones Del Serbal. Traducción de Eustaquio Barjau.

Hegel, G. (1982). Ciencia de la Lógica, traducción de Augusta y Rodolfo Mondolfo. Ediciones Solar, págs. 244–245. (Formato PDF).

Hottois, G. (2013). Humanismo, transhumanismo, posthumanismo. Universidad El Bosque, Revista Colombiana de Bioética, Vol. 8 N° 2, Julio-Diciembre de 2013.

Vásquez Rocca, A. Sloterdijk; en el mismo barco, ensayo sobre la hiperpolítica, en: Peter Sloterdijk; esferas, helada cósmica y políticas de climatización, colección Novatores, N° 28, Editorial de la Institución Alfons el Magnànim (IAM), Valencia, España, 2008.

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