Vender la cama

Tocaron la ventana que da a la calle. Eran casi las dos de la mañana. Era Compay.

— Juanito, ¿Estás dormido mi niño?

— ¿Qué chingados quieres Compay?

— Te vendo mi cama. ¿No te hace falta una?

— Tas bien pendejo, ¿Y en qué vas a dormir? — Juan le grita, aún desde adentro.

— No la ocupo, tengo como cuatro días que no duermo.

A Compay ya se le nota en los huesos que le gusta fumar cristal. Se le nota en el regreso de la adolescencia en los gigantescos granos rojos que le salen en el rostro. El humo del químico es mierda para la piel. Para el cabello. Para la pinchi vida. A Compay le quitó el sueño en estos días. Hace unos meses le quitó a su esposa. Antes de eso el trabajo y ahora se fuma todo lo que puede sacar a vender de su casa. La mitad de los vecinos son testigos del saqueo, la otra mitad son compradores oportunos en las madrugadas de Compay. Primero se deshizo de los artefactos de la cocina. Porque el hombre no sabe ni cocinarse unos huevos. Saco cucharones, la vajilla de navidad, ollas de peltre, comales, microondas y una máquina Osterizer verde hermosa, con la que su esposa hacia malteadas y licuados. Luego fue el cilindro de gas. Un ropero, ropa nueva que ya nadie usaba, zapatillas olvidadas, discos, un taladro, una televisión de bulbos con la esperanza de que valiera como antigüedad. Todo lo que Compay saca de su casa se queda en dos cuadras a la redonda de su barrio. Las vecinas por la mañana dicen pobre hombre, se enganchó del vicio. Pobre hombre, lo dejó la mujer. Pobre Compay, ni sabe cocinarse. Pobre, ni ha de traer para comprar un taco. Las vecinas por la madrugada salen a buscar la oferta, es un juego de suerte, a la casa que primero llegue Compay es quién se queda con la nueva venta del hombre.

— Pásale, voy a hacer un gallo y café.

— ¿Neta no quieres la cama? Aunque sea quédate con la base. Pero si quieres de una vez te la doy con el colchón.

— Cálmate, traes todas las ansias. ¿Desde cuándo no le pones?

— En la mañanita, me levanté sobre unas gotitas que le habían quedado al foco. Pero no eran nada y no me han pagado lo que me deben y ando bien ruino y no he podido talonear nada, ni hambre me ha dado mi niño.

— Con este te vas a calmar un rato, hombre. — Juan está terminando de empapelar el gallo de mariguana.

— A ver pues. ¿Qué no dijiste que ibas a hacer café?

Juan y Compay son amigos desde que eran niños. Sus casas en el barrio están frente a frente. Siempre han sido una pandilla de dos. Aliados para brincarse la barda de la secundaria. Luego el mejor uno y dos, para brincarse la barda en los bailes. Siempre una dosis de mariguana en el bolsillo y monedas para las cervezas de banqueta. Ahí se burlaban del mundo y eran enemigos enamorados, porque así es la amistad de los hombres. Vivieron siempre vidas paralelas, mal trabajar, mal casarse, mal vivir. Siempre como un espejo desde la casa del frente. La esposa de Juan es enfermera y trabaja de madrugada. Pero la esposa de Compay se fue.

Compay está viviendo adentro del foco que se fuma. Todo en su vida es un humo negro en una lámpara negra que le come las entrañas y la razón. Juan desde su ventana lo observa día tras día. Como camina de un lado a otro asustado y se cubre la cabeza como si arrojaran una bomba a sus pies. Juan lo ha visto perder el hambre, el sueño, las cosas de cocina y la cordura hoy, se mueve en la cuerda floja. Compay probó el cristal mientras trabajaba en la obra. Los otros albañiles le dijeron que era un levantón, que le daba pila y que trabajaría más a gusto. Compay no se imaginó aquella mañana que después de quince años jalándole al foco, andaría vendiendo la cama en la que debería dormir.

— Ya está el café, voy a calentar unas tortillas con mantequilla.

— Que rico Juanito, que amable carnal.

— ¿Te acuerdas cuándo estábamos en la secundaria Compay?

— Neta, ¿No vas a comprarme la cama?