Argentina: lo que fue, lo que pudo ser, lo que es y lo que ¿alguna vez será?

Hernan Lopez
Aug 8, 2017 · 11 min read

En Algunas luces y sombras del sistema científico argentino comenzábamos a abordar los problemas del desarrollo de la ciencia y el conocimiento y, en particular, el grado de vinculación con el resto del aparato productivo que no solo produce bienes industriales, sino materias primas y servicios, todos necesarios para planificar cualquier programa de desarrollo.

Por más desalentador que suena, a priori una manera de verlo con más claridad es a través de algunos ejemplos frustrados y lo que podría haber sido en un escenario contrafáctico. A ver:

El auto a hidrógeno y etanol/agua

A mediados del año pasado la empresa Nissan, una de las tres automotrices japonesas más grandes, lanzó oficialmente su tecnología SOFC (Solid Oxide Fuel Cell). Nada menos que un auto eléctrico, con todos sus atributos pero que, en lugar de recargarse desde la grilla eléctrica, cuenta con un tanque tradicional de combustible y un reformador.

El combustible es una mezcla de etanol y agua -55% y 45% en forma respectiva- que un catalizador transforma en gas de síntesis, es decir, una combinación de hidrógeno y óxidos de carbono. Esta última alimenta a la pila SOFC y ésta, a su vez, genera la energía eléctrica que carga la batería y mueve el vehículo.

Es un desarrollo que, una vez más, coloca a Japón en la vanguardia y expone la capacidad de sus empresas y personal científico.

Pero muy poca gente conoce los avances que tiempo antes había hecho Argentina en la materia y que, por el escaso desarrollo de la sinergia público-privada y la ausencia de una estructura productiva orientada a la innovación, no cristalizó en adelantos tecnológicos de clase mundial. El mundo busca desesperadamente fuentes de energía alternativa no sólo a las fuentes fijas -electricidad y calor- sino móviles, decididamente más rezagadas.

Nuestro país hizo punta en este desarrollo cuando en 1991, por primera vez, aparecía un trabajo sobre la factibilidad termondinámica de obtener hidrógeno en base a una mezcla etanol/agua, con autoría de investigadores argentinos que trabajaban en el Laboratorio de Procesos Catalíticos (LPC) de la FIUBA. Mientras un año más tarde, esta vez en conjunto con pares de la Universidad de Campinas, los mismos profesionales informaban sobre un nuevo catalizador para gasificar etanol y producir hidrógeno.

Ambos trabajos surgieron a pedido de la compañía brasilera COPERSUCAR, interesada en la posibilidad de producir hidrógeno usando etanol como combustible y encontrarle una vuelta a los desafíos que ese elemento químico presenta a la hora de reconvertir la matriz energética: el problema con el hidrógeno no es únicamente su producción -no está disponible en yacimientos, hay que elaborarlo en base a una materia prima, sea biomasa, viento o sol- sino el almacenamiento y transporte, en definitiva su logística, que demanda una presión tres veces superior a un tanque de GNC y resulta desproporcionadamente más costosa que este último.

Es así como el equipo del LPC siguió trabajando en la materia hasta que la empresa química Abengoa, de origen español, adquirió un desarrollo de este laboratorio facilitado por la Fundación Innova-T, ONG creada por el CONICET para exportar ingeniería de concepto con sello argentino, prueba irrefutable del talento local en áreas como esta pero, asimismo, también evidencia de cierta resignación a no transformar esas ideas en tecnología local capaz de ser exportada a escala mundial.

¿En qué consistía? Básicamente un sistema económico para la producción de hidrógeno y la industria petroquímica a partir del alcohol vegetal, o sea los modernos biocombustibles, potenciales sustitutos de los hidrocarburos. Este sistema consistía en una unidad química de tres etapas pensado, precisamente, para suministrar hidrógeno producido in situ dentro del vehículo sin necesidad de elaborarlo en otro lugar y pasar por el incordio de almacenarlo y transportarlo. Para eso último -cabe aclarar- habría hecho falta desarrollar una infraestructura absolutamente nueva, incluyendo a las estaciones de servicio -las actuales habrían sido obsoletas-, encareciendo todavía más el proceso.

La primera etapa era el reformado del etanol a través de un catalizador especial, sumado a una segunda, nada menos que un purificador que pasara del etanol inicial a hidrógeno grado celda -el reformado produce un hidrógeno sucio en otros gases y, para no inutilizar una celda de combustible, es necesario un gas puro- y seguida luego por la celda de combustible propiamente dicha.

El reformador y posterior purificador fueron desarrollados a escala piloto en ese claustro académico nacional, al tiempo que Abengoa puso la celda de combustible. Esto último comenzó en 2002 hasta que dos años más tarde las partes concretaron la venta, quedando la patente del conversor de etanol a hidrógeno para la empresa española y la propiedad intelectual del proceso en manos del LPC, previa negociación de Innova-T.

Al mismo tiempo, el desarrollo de estos nuevos catalizadores, que mejoraban sensiblemente el reformado de etanol, significó una vía para obtener gas de síntesis limpio no vinculado con los hidrocarburos y erigido, por lo tanto, en un método propio para modificar de cuajo el funcionamiento de la industria petroquímica: generando las condiciones para transformarla en alcoquímica y no únicamente proveer una fuente de energía sino también una forma barata y accesible de fabricar todo tipo de polímeros, a su vez base para literalmente centenares de productos industriales.

Con todo, la pila FOCS de Nissan podría haber sido desarrollada en este país y significado el puntapié inicial para tener una empresa multinacional de automotores nacional con presencia global, apuntalar la Investigación y Desarrollo en centros privados, complementar esos trabajos con el sector público y capitalizar recursos por diferentes vías, desde la manufacturación local de los vehículos para exportar a la región y vastos rincones del planeta a la repatriación de utilidades vía las operaciones de esa eventual empresa automotriz argentina en otros países o los ingresos derivados de la Propiedad Intelectual.

¿Qué pasó con el desarrollo del LPC? Una vez concretada la venta a Abengoa, la Secretaría de Ciencia y Técnica -la dependencia previa a la aparición del ahora Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva- y ENARSA financiaron un desarrollo idéntico pero utilizando catalizadores sintetizados en el propio LPC, por supuesto que no a escala industrial, hasta que la segunda retiró el apoyo en 2013 tras un cambio de autoridades.

La falta de consistencia y continuidad en las políticas científicas, las dificultades para pensar el largo plazo, la ausencia de infraestructura y logística e inestabilidad macroeconómica característica del país durante las últimas décadas y hasta la desorganización del nutrido entramado institucional en materia científica -que es relativamente robusto pero descoordinado- impidieron el avance de un proyecto ciertamente ambicioso y de potencial extraordinario.

Plantearlo como contrafáctico, en ese sentido, ayuda a comprender parte de las oportunidades perdidas por el país.

Y Argentina, de haber sido otra la historia, hoy tendría probablemente un protagonismo central en el sector automotriz internacional, no sólo en la fabricación de algunos componentes y el ensamblado final sino con diseños propios, manejo de patentes y mayor control sobre los procesos de producción, un anhelo de viejas generaciones. Además que esa primera innovación habría traccionado la aparición de otras nuevas, por ejemplo bioceldas de combustible que utilicen material biológico -renovable y más limpio- como catalizador, otra audaz propuesta con impronta albiceleste donde resalta la labor de la científica Victoria Flexer, joven doctora en Química del CONICET que encabezó equipos de trabajo en Australia, Bélgica y Francia.

Otro caso: el CAREM 25

Y si de contrafácticos hablamos, el sector nuclear es otro caso testigo importante por la experiencia del país en este ámbito, que viene de casi siete décadas en permanente ascenso aunque también aquí siempre debajo del potencial por razones ajenas a las capacidades científicas y más vinculadas, en cambio, a los problemas de financiamiento y falta de continuidad en el tiempo.

Si bien el mundo avanza hacia las energías renovables, y algunos países hasta piensan en desmantelar sus centrales nucleoeléctricas, no es cierto que esté en vías de extinción.

Tanto esto es así que el Departamento de Comercio norteamericano estima que el mercado internacional de equipamientos y servicios vinculados con el complejo nuclear ascenderá a un total de 740.000 millones de dólares durante los próximos 10 años, unos 74.000 millones por año. Algunas proyecciones van más lejos y hablan de por lo menos 250 centrales nucleoeléctricas que avanzarán en la próxima década, por un promedio de entre 5.000 y 10.000 millones de dólares cada una, o sea, el equivalente a 1.25 y 2.5 billones de dólares (millones de millones) en bienes y servicios o entre 125.000 y 250.000 millones anuales.

Un porcentaje importante de tal mercado estará ligado a pequeños y medianos reactores pensados para abastecer de energía no a grandes ciudades o conglomerados urbanos sino, en cambio, lugares más chicos y de menor densidad poblacional, cuando no complejos industriales y emprendimientos mineros alejados de las zonas más pobladas que, por sí mismos, no cuentan con la escala suficiente para el montaje de una megacentral pero sí para reactores de menor envergadura.

Los países a priori más interesados son los ubicados en Medio Oriente, en especial Arabia Saudita, que necesita cantidades crecientes de energía para desalinizar su agua subterránea -ya que en la superficie escasea- y en los últimos años viene destinando hasta un cuarto de su enorme producción petrolera a ese fin, situación que mina los excedentes exportables. Además sobresalen Qatar, Emiratos Árabes o Argelia en la región, como así también Indonesia -poblada por casi 240 millones de habitantes y condenada geográficamente a llevar energía hasta lugares distantes y aislados entre sí- o algunos desarrollados como el Renio Unido, por no empezar a hablar de Latinoamérica.

¿Por qué este mercado gigantesco reviste particular importancia para Argentina? Ahí entra a jugar el CAREM 25, Central Argentina de Elementos Modulares, una central de baja potencia (25 MW eléctricos) concebida con un diseño de última generación e ideal para países que demanden abastecimiento de energía en sitios remotos, por diferentes razones.

El CAREM es la primera central que cuenta con diseño totalmente nacional, un PWR (Pressured Water Resource), refrigerada con circuito primario de agua liviana y con características distintivas cuando comparada con otras de ese tipo en construcción a nivel mundial: cuenta con un sistema de seguridad pasivo, haciendo que para ejecutarse no sea necesaria la intervención humana ni sistemas de seguridad activos con alimentación y mantenimiento adicionales. No es el único concepto innovador: el CAREM propone una integración entre el circuito primario, los mecanismos de control y los generadores de vapor -componente clave del circuito secundario- para que sean contenidos en un único recipiente de presión, una olla a base de acero forjado de 11 metros y paredes con espesor de entre 13 y 20 centímetros.

Uno de los objetivos, además del diseño íntegramente argentino, es asegurar la mayor cantidad de componentes y piezas producidos también localmente, por empresas públicas y privadas.

La mayor parte del proyecto estará a cargo de INVAP, la prestigiosa empresa de base tecnológica nacida en Río Negro hace más de cuatro décadas, supervisada por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Pero entre los proveedores sobresale, también, otra nave insignia del aparato productivo argentino, IMPSA, a cargo de fabricar el antes citado recipiente de presión, capaz de soportar una presión equivalente a 122 atmósferas.

La historia de la compañía IMPSA, ciertamente, es ilustrativa de la enorme tracción generada por el sector nuclear en sentido amplio. Los orígenes de la firma remontan a 1907 cuando Enrique Pescarmona fundó los Talleres Metalúrgicos Enrique Epaminondas Pescarmona en la Provincia de Mendoza para especializarse en repuestos de hierro fundido, equipo para el sector vitivinícola y compuertas para canales de irrigación que propulsaran la producción de vid local.

Más adelante, la empresa cambió su nombre a Construcciones Metálicas Pescarmona (CMP) con el objetivo de sumar estructuras de metal y equipo electromecánico a su oferta de productos, todo hasta que, 20 años después, crean la actual IMPSA. Uno de los puntos bisagra en la historia de este gigante industrial argentino fue su participación en la construcción de la segunda central nuclear Embalse en 1976, emplazada en Córdoba y para la que aportó la fabricación y ensamble del acelerador, más otras partes pesadas de la planta.

Tal vez no sea casualidad que, en lo sucesivo, IMPSA haya progresado como lo hizo. Pasando de manufacturas de baja y mediana complejidad tecnológica a adoptar un concepto de desarrollo más agresivo, como proveedor de soluciones totales, fuertemente anclada en Investigación y Desarrollo: de empresa típicamente industrial pasaba a la categoría de compañía tecnológica, centrada en la generación de valor a través del conocimiento.

Prueba de ello son el laboratorio hidráulico construido en suelo mendocino dentro del Centro de Investigación Tecnológica (CIT), que devino en el diseño, fabricación, transporte y montaje de equipamiento electromecánico para varios megaproyectos, como la central hidroeléctrica Tocoma, en Venezuela, donde inicialmente la idea era proveer 10 unidades generadoras Kaplan de 235 MW, las más potentes y eficientes del mundo. Un proyecto que quedó a mitad de camino por la crisis del país caribeño, que devino en su paralización y el no pago de lo avanzado.

Los aerogeneradores eólicos y construcción de parques eólicos para inyectar energía eléctrica a la red es otra especialidad de la casa, con algunos diseños definitivamente inventivos también pensados para exportación. Como los contratos celebrados con Brasil en 2008 para la construcción de 5 parques eólicos, no finalizados también por problemas económicos.

Si algunos de estos emprendimientos no llegaron a más fue por la dificultad de acceder a financiamiento, una limitación a la hora de competir en licitaciones internacionales, y la inestabilidad de los mencionados socios comerciales, quizá los únicos países a los cuales Argentina podía exportar este tipo de tecnología masivamente, salvo excepciones. Firmar acuerdos comerciales especiales con otras regiones habría permitido mayor llegada a los mercados globales, sin que ello significara romper relaciones con Venezuela o Brasil en absoluto.

IMPSA, desde ese punto de vista, es un ejemplo de lo que pudo Argentina. Y hay otros como, sin ir más lejos, la propia INVAP.

Esto explica el carácter estratégico del sector nuclear, no solo por su capacidad de proveer energía segura sino también debido a lo que genera. La palabra clave ahí vuelve a ser la “transversalidad”: el complejo nuclear genera puntos de contacto, encadenamientos “transversales”, con casi todas las ramas de la industria manufacturera como -por ejemplo- la metalúrgica y metalmecánica de aleaciones especiales, química o electrónica, demandando partes de metales especiales, productos plásticos y cerámicos de alta resistencia, sistemas de computación específicos, bombas hidráulicas de elevado desempeño, sensores y sistemas de seguridad, etc. Es, en definitiva, puntapié para el desarrollo de proveedores especiales -tanto PYMES como grandes empresas- o la conversión de empresas existentes en auténticas usinas de desarrollo tecnológico -incluyendo a IMPSA o INVAP-.

Y ese aprendizaje que supone su incursión en el sector nuclear, con la calidad que demanda, abre el espectro a futuros encadenamientos. De ahí la transversalidad: por ejemplo, una empresa electrónica puede empezar a operar vendiéndole partes o componentes a centrales nucleares y luego transformarse en proveedora de otros sectores, como el automotriz, aeronáutico, satelital o el vinculado con la maquinaria agrícola.

Ese espíritu impulsaba el tecnólogo argentino Jorge Sábato, mirando a futuro. El tema es que poco de eso avanzó a los niveles inicialmente esperados, entre otras cosas por las mismas causas que no fue posible el primer vehículo a base de hidrógeno proveniente de una mezcla etanol/agua, esto es, la dificultad para planificar a largo plazo y darle dinamismo a las innovaciones creadas en nuestro país.

El CAREM 25, por caso, fue planeado por primera vez en 1981, presentado en 1984 y recién 30 años más tarde entró en construcción su primer prototipo que ahora avanza lentamente. Para mediados de los años 80 este reactor de baja potencia era único en el mundo y, de haber sido terminado durante esos años, hoy Argentina sería el mayor protagonista en la provisión de estas centrales llave en mano, como logró con los reactores de radiofármacos y experimentales.

La falta de dinamismo no fue gratuita. En el medio, surgieron una cantidad de competidores en una decena de países, siendo Corea del Sur y Estados Unidos los dos rivales más serios con los reactores SMART y el NuScale, virtuales copias del CAREM 25 que, de todos modos, es el único cuyo prototipo llegó a la etapa de construcción. Ocurre que es mucho el tiempo que Argentina dejó pasar.

¿Algún corolario?

La conclusión, en todos los casos, es prácticamente la misma: la innovación tecnológica no está suficientemente conectada con el resto del sector productivo en Argentina.

Para ponerlo en corto, en Argentina hay aportes de consideración en ciencia básica -aunque haga falta más y haya condiciones para más- pero cuesta pasar a la prueba piloto y de la prueba piloto a la etapa de escala industrial. El país necesita más microemprendimientos, más PYMES, más empresas grandes y también más multinacionales de origen local.

No nos sobra nada, ¡necesitamos de todos!