El agro en la era de los encadenamientos transversales

A pesar que la cantidad de empleo generada por el campo -directa e indirectamente- es materia de discusión permanente, tal vez sea de poca utilidad considerando las perspectivas a futuro de un sector que, probablemente, genere encadenamientos hasta ahora impensados a primera vista. El complejo agrícola provee insumos para la elaboración de alimentos cuesta arriba y tracciona una importante cantidad de maquinaria, equipos, herramientas y otros productos cuesta abajo.

Esos son los encadenamientos para adelante y para atrás, respectivamente. La prueba más palpable de que el sector trasciende lo ocurrido adentro de la tranquera y, por el contrario, va claramente más allá. Algo veíamos acá: https://medium.com/@Hernan32/sobre-el-campo-y-el-empleo-algunas-reflexiones-28d46dac2cfa

La diversidad de estimaciones sobre el empleo total, en ese sentido, difieren en la magnitud de su efecto multiplicador. O sea, del empleo indirecto.

Puede que algunas de esas diferencias queden pequeñas, y desfasadas temporalmente, si avanzan determinadas disrupciones científicas por ahora no viables económicamente pero prometedoras en el mediano y largo plazo. El campo estaría a una revolución tecnológica de transformarse en proveedor de insumos no sólo del mundo de los alimentos, fibras o tabaco, sino, además, de casi toda la industria manufacturera en su conjunto.

El incansable progreso de la biotecnología, vale insistir, permite generar conexiones inusuales con las distintas ramas de la industria.

Y es que la biomasa en sentido amplio, a semejanza del petróleo, cuenta con una composición química compleja basada en cadenas carbonadas, es decir, es necesario separarla en moléculas intermediarias para su utilización como materias primas o bienes intermedios en amplios complejos industriales, fundamentalmente el químico. Eso significa que estas moléculas son subsecuentemente utilizadas para obtener subproductos de los más variados.

Debido a estas similitudes, ciertamente, casi todos los componentes químicos obtenidos de los recursos fósiles están también presentes en la biomasa de origen reciente; de ahí la consigna tendiente a reemplazar el carbono viejo por carbono nuevo. La biomasa vegetal está compuesta por carbohidratos como la celulosa, almidón y sacarosa, como así también lignina, proteínas y aceites, sin nada por envidiarle a los hidrocarburos a excepción -por ahora y solo por ahora- del precio.

Algunas de las ramificaciones ya están más cerca de ser una realidad que una promesa: el uso de cultivos agrícolas como el maíz, sorgo, caña de azúcar y todo tipo de oleaginosas -sobre todo soja- como fuente de energía asistió, en la última década, a su consolidación en países como Estados Unidos -líder en la producción de bioetanol a base de maíz, destinando hasta un tercio de su cosecha anual a ese fin-, Brasil -otro líder aunque en su caso, a diferencia de la primera potencial mundial, sobresale la caña de azúcar como materia prima- o Alemania -también centrada en el maíz pero destinado, principalmente, a la producción de biogás-. Argentina no está afuera de esa ola, por más que el techo potencial esté todavía lejos. Bastará con recordar que el 12% de la nafta y el gasoil consumido en el país provienen del bioetanol y el biodiésel, en cuyo rubro resalta como el primer o segundo exportador mundial según el año.

Lo cierto es que la energía no agota el proceso, sino que la transversalidad de esta movida resulta todavía más profunda.

Los compuestos químicos antes citados sirven como bloques constructivos que, además del etanol o el biogás, habilitan la obtención de glicerol láctico, ácido propiónico, masónico, serina, ácido succínico, málico, fumárico, aspártico, ácido levulínico, glutámico, itacónico, xilicol, cítricos, furfural, sorbitol, glucónico, lisina, aromáticos y polímeros. Claves, asimismo, para otros subproductos secundarios integrados posteriormente a una cantidad de bienes industriales: desde anticongelantes a solventes, pasando por quelantes, aminas, plásticos, poliuretanos, entre otros.

Y es así como con esa lista no exhaustiva de subproductos aparecen oportunidades para el agro en el mundo de los fármacos, cosméticos e higiene (detergentes, maquillaje, medicamentos) y prácticamente toda manufactura hecha a partir de plásticos, así como también la construcción (cemento, resinas, adhesivos), equipos de telecomunicaciones y toda clase electrodomésticos (cristal líquido o cobertura de fibra óptica, entre varios más) e insumos no tradicionales para la industria de los alimentos y bebidas o el sector textil (preservantes, colorantes, tinturas o empaques), por nombrar solo algunos.

También avanza la posibilidad de producir fibras de carbono usando glicerina derivada de las oleaginosas, primordialmente la soja, como plastificante. Un dato no menor considerando que las fibras de carbono son materiales más livianos y, a la vez, varias veces más resistentes que las diferentes aleaciones de acero, basadas en el mineral del hierro y otros minerales metálicos de acuerdo a los requerimientos del objeto a fabricar. Esto último sorprende porque del campo saldría un sustituto potencial, aunque la investigación científica apenas esté avanzando, para el acero; enlazaría a toda la actividad agrícola con el sector metalúrgico y metalmecánico.

Además sobresale el caso de la lignina, entre cuyos potenciales mercados figura la producción de placas de circuitos impresos. O más recientemente la nanocelulosa, material especial por sus propiedades mecánicas como flexibilidad, transparencia, ligereza e incluso mayor resistencia que el aluminio o el cobre, volviéndola clave por su conductividad eléctrica y la posibilidad de crear pantallas flexibles en distintos dispositivos. Irrumpiría, ahí, un punto de contacto con la electrónica.

Si algunas de estas cosas suenan anticlimáticas, más descontextualizado parecerá el auge de la carne sintética o carne cultivada -o in Vitro- producto de avances en medicina regenerativa e ingeniería de tejidos: su producción es generada vía células madre obtenidas de suero fetal bovino, usando biorreactores especialmente diseñados para ese fin. No está claro que el futuro de los alimentos pase por esta invención, entre otras cosas por los altos costos y las dificultades para adaptar este tipo de carne a los gustos del consumidor, pero ya existen empresas de base tecnológica trabajando en él y aparece como posible solución a la escasez de recursos.

¿Quién sabe? Quizá el futuro del sector agrícola esté menos ligado a los alimentos y más, por el contrario, a las ramas más pesadas de la industria manufacturera. Habrá que estar atentos, apostar a la investigación, desarrollo e innovación para no quedar afuera de estos nichos e imponer nuevos productos. Todo esto Argentina lo puede y más aun.