Resumiendo un poco más la encrucijada

Si los países más desarrollados del mundo registraron un fuerte avance en la incorporación de conocimiento a sus estructuras productivas, antes centradas en la producción física de manufacturas y ahora más orientada a controlar el desarrollo científico y tecnológico, las patentes, los procesos de producción, el desarrollo de la marca y la comercialización, eso fue posible por las condiciones de las que partieron. Estas últimas incluían un capital humano mejor formado que la media mundial y fuertes empresas especializadas en los sectores más importantes de la industria manufacturera.

Es cierto que no todos los países desarrollados siguieron absolutamente ese camino: algunos, sobre todo de menor población, lograron encadenamientos virtuosos con los sectores intensivos en recursos naturales y aprovecharon su alta dotación per cápita para mantenerse integrados a las cadenas globales de valor por esa vía -además de utilizar esos recursos como base para fortalecer otros de fuertes conexiones con el resto del mundo-. Mientras otros países -pocos- sí fueron en la dirección de las potencias pero integrándose a las CGV con otro enfoque, primero especializándose en la exportación de manufacturas baratas para luego, con mejora de nivel educativo y aprendizaje previo, sumarse a los tramos más intensivos en conocimiento de esta producción que en el mundo moderno opera a escala global.

Los que estaban en una posición intermedia, como Argentina y en menor medida el resto de Latinoamérica, tuvieron condiciones diferentes. ¿Qué representa(ba) esa posición intermedia? Básicamente la incapacidad de competir en salarios altos y conocimiento con los países más avanzados o en salarios bajos con otros países en vías de desarrollo.

En corto, esa posición intermedia hizo difícil emular a las naciones antes citadas y obligó a pensar, en cambio, formas alternativas de desarrollo.

Algunas de estas cosas eran particularmente patentes en el caso de Argentina, acaso el ejemplo más paradigmático de ese carácter único y distinto a los demás en materia de desarrollo potencial. Tanto las cadenas cortas como el alto nivel de integración local en las fábricas argentinas dificultaban, entre otras cosas, una rápida incorporación de capital físico y el surgimiento de proveedores especializados, conspirando asimismo contra la eficiencia y, en general, la productividad.

Y esta última realidad era así -volviendo al punto inicial- por la escala intermedia del mercado interno y la dificultad de compensar esa limitante vía complementariedades productivas con los países vecinos como Brasil, por entonces menos dinámicos -Canadá tenía a Estados Unidos, Suiza o Austria a Alemania, etc.-.

Recién hacia comienzos de los 70 Brasil tenía una dimensión suficiente para empezar a pensar con mentalidad de índole regional, lo mismo para los otros 8 países de Sudamérica y obviamente América Central, sobre todo México.

Es cierto que el avance de la globalización trajo, no sin problemas, la irrupción de bloques económicos como el Mercosur y -más cerca en el tiempo- la Alianza del Pacífico. Pero ni uno ni otro estuvieron a la altura de lo que necesitaban los miembros de la región viendo los resultados, tanto una baja sostenida de la pobreza y la desigualdad, mayor productividad y formalidad laboral como un tipo de matriz productiva más diversificada.

La evolución estuvo por debajo de lo deseado. Es cierto, eso no obedeció únicamente a los fracasos relativos de estos acuerdos regionales, sino que hubo más factores, y tampoco es que fueron todas pálidas.

La cuestión es que, desde comienzos de los 70, Latinoamérica en su conjunto no aprovechó las modificaciones del tablero internacional para capitalizar sus oportunidades e integrarse más exitosamente a la incipiente etapa de nueva globalización -a una escala impensada a fines del siglo XIX y comienzos del XX-, perjudicando el viraje a esa deseada sociedad del conocimiento.

Como Argentina y el resto de Latam no lograron eso, la salida de seguir a los países más desarrollados en la generación de conocimiento y tecnología ya no es una opción o por lo menos no alcanza. Estamos demasiado atrás como para ir por ese sendero. Si en los países más grandes casi tres cuartas partes del gasto empresarial en I+D y patentes logradas provienen de empresas industriales es porque llegaron a ese estadio luego de haber completado su desarrollo en el sector manufacturero, cosa que no hizo esta región.

Latinoamérica solo tiene condiciones para conseguir algunas de esas cosas. Pero la necesidad de incorporar más conocimiento a su producción obliga a pensar recetas complementarias, con otros sectores como estandartes y nuevas maneras de aportar a la innovación que trasciendan el universo de la I+D y arranquen inicialmente con menos ambiciones.