Sobre el campo y el empleo, algunas reflexiones

La permanente discusión por la cuestión del empleo, su dinámica y las mutaciones que sufrirá en las próximas décadas ponen, por lo general, especial eje en el campo o -de modo más genérico- el conjunto del sistema agrícola, sector fuertemente asociado a la Argentina y no por razones descabelladas: es el mayor generador de divisas históricamente, posee un empuje emprendedor difícil de encontrar en otros ámbitos y, además, una buena parte del trabajo está ligado directa o indirectamente a este complejo que tanta prosperidad y desafíos presenta.

Los más críticos aseguran que apenas el 5% del empleo registrado depende de él, aunque eso no considera a los trabajadores informales que, en algunas cadenas agrícolas, es particularmente alto y pone sobre el tapete la necesidad imperiosa de mejorar esos niveles, sobre todo cuando hay margen de crecimiento en varias de ellas -fundamentalmente en el interior profundo del país- vía mejor capital físico y humano y que, complementado con una fiscalización adecuada, generaría condiciones notables para una posterior mejora de la formalidad e ingreso real de los empleados. La correlación entre trabajo en negro, bajos ingresos y baja productividad es ineludible, de forma que un cambio favorable en la productividad empezaría a desandar el camino, sin que baste por sí sola.

Ese 5% proviene del Sistema Integrado de Previsión Argentina (SIPA), que depende del Ministerio de Trabajo y presenta informes de periodicidad mensual y trimestral con números sobre la evolución del empleo formal en el país, incluyendo datos del trabajo en blanco desglosado por sectores -entre ellos, el conjunto de la actividad agropecuaria, fundamentalmente centrada en la producción primaria- con las debidas limitaciones que muestran, en estos casos, las estadísticas nacionales, en especial la poco fructífera división entre actividades primarias, industria manufacturera y servicios, quizá útil para entender otras cuestiones pero de poca ayuda cuando el objetivo es comprender cómo funciona la generación de valor agregado en el presente.

Pero incluso computando el empleo informal del sector primario y sumando a estos varios de los eslabonamientos vinculados a ese complejo de base, algunas investigaciones ponen el techo en no más del 11%. Tal es el caso del trabajo Cambios estructurales en las actividades agropecuarias: de lo primario a las cadenas globales de valor, publicado por la CEPAL con la firma de Guillermo Anlló, Roberto Bisang y Guillermo Salvatierra.

Este trabajo, que data de 2010 y utiliza información correspondiente a tres años antes, constituye un esfuerzo de mayor envergadura: intenta no centrarse en la producción de base y, por el contrario, ponderar otros eslabones como la suma de los servicios agrícolas, servicios del transporte de cargas, la fabricación de fertilizantes, la preparación y molienda de los insumos provistos por la agricultura, elaboración de alimentos para animales o consumo humano directo, matanza del ganado y procesamiento de su carne, elaboración de leches y productos lácteos deshidratados, curtido y elaboración de cueros, preparación de fibras textiles naturales y desmotado del algodón, producción de lana y pelos del ganado ovino, lavado de lana y una larga lista de actividades ligadas a las denominadas economías regionales, desde la uva de mesa y vinificación a la producción de frutas pomáceas y cítricos y otras frutas subtropicales, pasando también por la olivicultura y los complejos del tabaco, té y yerba mate, todas ellas -por supuesto- en conjunción con sus múltiples encadenamientos.

A partir de estas conclusiones, el estudio aborda la importancia de las cadenas agropecuarias en el Producto Bruto Geográfico de cada provincia y, en ese caso, no solo la cantidad de empleo total sino el grado de inclusión federal o equilibrio regional inherente a cada una: algunas cadenas son más intensivas en personal laboral que otras, pero absolutamente todas las regiones del país tienen en el sector agrícola a uno de sus mayores pivotes laborales y sin las limitaciones de escala que, para la industria manufacturera, sólo algunos conglomerados del país aseguran.

De ahí, los autores concluyen que “no hay dudas de que la consideración de las cadenas como unidad de análisis del sector agroalimentario permite una mirada más abarcativa sobre su relevancia en la economía nacional, su composición y los cambios que experimentó en la última década” y que además “se agrega valor hacia adelante, con la transformación física del recurso primario (manufacturación), sino también hacia atrás en la provisión de insumos y servicios, hacia los costados (por ejemplo, transporte) e, incluso, en el mismo eslabón”.

En definitiva, la explicación es que habitualmente estos trabajos consideran solo la parte primaria de la producción, lo cual explicaría el 5% antes apuntado y basado en las estadísticas del SIPA, y otras investigaciones tratan de agregar (solo) algunos eslabonamientos que, en sí mismos, son esenciales pero probablemente no alcancen para capturar todo el universo “campo” en general. En ese sentido, el reporte de la CEPAL aportó una bocanada de aire fresco a la cuestión del empleo y la generación de valor a grandes rasgos, aunque algunos eslabones posteriores serían también susceptibles de ser incorporados, en especial los servicios que siguen a la industrialización de los alimentos elaborados, como el transporte, almacenamiento, comercio mayorista y distribución a los centros minoristas, incluyendo supermercados y locales de gastronomía, por citar algunos casos sobresalientes.

Conclusiones

El debate anterior vuelve imperiosa la necesidad de plantear el concepto “campo” como sistema integral y no únicamente como una fase en un sistema de producción más amplio. Catalogarlo como sistema, ciertamente, implicaría un enfoque alternativo: aceptando que la línea divisoria entre producción primaria, industria manufacturera y servicios es cada vez más difusa, tal vez convenga, en cambio, hablar de complejos productivos o cadenas productivas donde cada eslabón juega un rol central.

Esto último es fundamental en más de un sentido. Lo primero que pensamos es en los encadenamientos para adelante, es decir, el proceso que lleva de los productos básicos -cereales, oleaginosas, frutas, hortalizas y legumbres, etc.- a otros de mayor elaboración. Por ejemplo, el maíz u otros granos forrajeros como insumos clave del alimento balanceado que consumirá el ganado bovino, porcino o aviar -o los peces utilizados por la acuicultura moderna- que, a su vez, generará carnes o leche y estos últimos devendrán en alimentos de industrialización más avanzada (entre ellos todo el conjunto de los lácteos, como crema, manteca, queso, etc.).

Asimismo, cada uno de esos nodos estará mediado por el transporte de cargas y almacenamiento que llevará esos productos de un lugar a otro, eventualmente aparecerán los comercios mayoristas y los negocios minoristas antes de que sean comprados por el consumidor. Eso por no mencionar a las empresas especializadas en biotecnología que proveen soluciones tecnológicas a la producción primaria o las compañías dedicadas a fabricar bienes de capital de la industria alimenticia -por debajo de su potencial, acaso una cuenta pendiente histórica del país-, más lo esfuerzos de las propias firmas, en especial las vinculadas con el rubro Alimentos y Bebidas, en cuestiones como diseño, marca, comercialización y todo lo necesario para convencer a los potenciales compradores.

Debajo de la producción primaria, en la misma medida, sobresalen otro tipo de encadenamientos. La siembra y cosecha de los cereales antes citados -lo mismo para las oleaginosas y el resto de los productos primarios- serían inviables no solo sin los trabajadores sino, por supuesto, sin el conjunto de la maquinaria, equipamientos e insumos necesarios como cosechadoras, sembradoras, pulverizadoras, fertilizantes, semillas, silobolsas y demás productos. Todos los cuales, combinados, hicieron posible que la cantidad de granos producidos pasara de entre 25 y 30 millones de toneladas hacia fines de los 80 a alcanzar más de 100 millones en 2008 y -proyectan para la campaña 2016/2017- no menos de 130 millones en la actualidad. Las coordenadas externas fueron favorables en estas tres décadas, por eso es más realista tomar las cantidades físicas antes que el valor de esas cantidades producidas -de considerar esta última variable, el crecimiento sería todavía mayor comparado con 1989, sobra decir-.

Los rubros que rodean a este complejo agrícola son múltiples. Campo, industria y servicios, unidos por un solo proceso.

Hasta aquí, no hay nada que realmente sorprenda. Estas cuestiones son claras para cualquiera que comprenda el funcionamiento de este sector.

Lo que está menos claro, o apenas aparece en el horizonte, son los desafíos y oportunidades del agro mirando a futuro. Porque el avance incansable de la biotecnología abre el espectro no solo para pensar en encadenamientos para atrás y adelante sino, por el contrario, hacia los costados. Encadenamientos, en definitiva, de índole transversal que generarían vinculaciones con sectores de la industria hasta ahora impensados.

Ya habrá tiempo de profundizar eso último.

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