En cama

Hernanii
Hernanii
Nov 17, 2014 · 6 min read

(traducción: @HernaniiBA)

Tres, cuatro, a veces hasta cinco veces por mes me paso el día en cama con dolores de cabeza, insensible al mundo a mi alrededor. Casi todos los días de todos los meses, entre estos ataques, siento una súbita irritación irracional y el flujo de sangre hacia las arterias cerebrales que me anuncian que la migraña está en camino, y tomo ciertas drogas para impedir su llegada. Si no tomara estas drogas, sólo sería capaz de funcionar un día de cada cuatro. El error fisiológico llamado jaqueca es, en síntesis, algo central en mi vida. Cuando tenía 15 o 16, incluso 25 años, pensaba que podía librarme de este error simplemente negándolo, carácter por encima de la química. “¿Sufre migrañas? ¿A veces, con frecuencia, nunca?”, demandaban los formularios de aplicación. “Elija uno”. Atenta a la trampa, deseando lo que fuera que la circunnavegación exitosa de ese formulario particular pudiera traer (un trabajo, una beca, el respeto de la Humanidad y la gracia de Dios), yo elegía una. “A veces”, mentía. El hecho de que pasara uno o dos días por semana casi inconsciente por el dolor parecía un secreto humillante, evidencia no sólo de una inferioridad química sino también de mi mala actitud, mis humores desagradables, mis ideas incorrectas.

Porque yo no tenía un tumor cerebral, o problemas de la vista, o presión alta, no tenía nada malo: sólo sufría de migrañas, y las migrañas eran, como sabe todo aquel que no las sufre, imaginarias. Combatí entonces contra las migrañas, ignoré las advertencias que enviaban, fui a la universidad y después a trabajar a pesar de ellas, asistí a charlas sobre inglés medieval y presentaciones a anunciantes con lágrimas involuntarias rodando por el costado derecho de mi cara, vomité en baños, llegué casa tropezando por instinto, vacié cubeteras de hielo sobre mi cama y traté de congelar el dolor en mi sien derecha, deseé que un neurocirujano pudiera venir a hacerme una lobotomía a domicilio, insulté a mi imaginación. Esto fue mucho antes de que empezara a pensar seriamente en aceptar a las migrañas por lo que eran: algo con lo que iba a vivir, así como otros viven con diabetes.

Las migrañas son algo más que el capricho de una imaginación neurótica. Son una multiplicidad de síntomas, esencialmente hereditarios, el más frecuente de los cuales (pero en absoluto el más desagradable) es una jaqueca vascular de una severidad cegadora, sufrida por un sorprendente número de mujeres, un buen número de hombres (Thomas Jefferson sufría migrañas, y también Ulysses S. Grant, el día que aceptó la rendición del General Lee) y también por unos pocos niños desafortunados, a veces de sólo dos años de edad. (Yo tuve la primera cuando tenía ocho años. Me llegó durante un ejercicio contra incendios en la Escuela Columbia de Colorado Springs, Colorado. Me llevaron primero a casa y después a la sala de guardia de Peterson Field, donde mi padre estaba destinado. El médico de la Fuerza Aérea me prescribió un enema.) Casi cualquier cosa puede disparar un ataque específico de migrañas: stress, alergia, un cambio abrupto en la presión atmosférica, un contratiempo con una multa de tránsito. Una luz intermitente. Un ejercicio contra incendios. Uno hereda, por supuesto, sólo la predisposición. En otras palabras, ayer estuve todo el día en cama con dolor de cabeza no sólo por mi mala actitud, malos humores e ideas incorrectas, sino también porque mis dos abuelas tenían migrañas, mi padre tiene migrañas y mi madre tiene migrañas.

Nadie sabe bien qué es lo heredado. La química de la migraña, sin embargo, parece tener alguna conexión con la hormona llamada serotonina, presente naturalmente en el cerebro. La cantidad de serotonina en el cerebro baja abruptamente ante la llegada de un dolor de cabeza, y una droga contra las migrañas, metisergida, parece tener algún efecto sobre la serotonina. La metisergida es un derivado del ácido lisérgico (de hecho el laboratorio Sandoz sintetizó el LSD mientras buscaba una cura contra las migrañas), y su uso está rodeado de tantas contraindicaciones y efectos colaterales que la mayoría de los médicos sólo la recetan en casos realmente graves. La metisergida, cuando es recetada, se la toma diariamente, como un preventivo; otro preventivo que le funciona a alguna ente es el viejo tartrato de ergotamina, que ayuda a contraer los vasos capilares durante el “aura”, el período que casi siempre precede a la jaqueca real.

Una vez que el ataque está en camino, sin embargo, ninguna droga puede tocarlo. Las migrañas le dan a alguna gente alucinaciones leves, a otras las ciega momentáneamente, se presenta no sólo como un dolor de cabeza sino también como un problema gastrointestinal, o una dolorosa sensibilidad a cualquier estímulo sensorial, una fatiga devastadora y abrupta, una afasia parecida a tener un ACV, y una incapacidad brutal para hacer las conexiones más sencillas. Cuando estoy en el aura de una jaqueca (para algunas personas el aura dura 15 minutos, para otras varias horas), paso los semáforos en rojo, pierdo las llaves de casa, vuelco lo que tengo en la mano, pierdo la capacidad de enfocar los ojos o decir frases coherentes, y en general doy la impresión de estar drogada o borracha. La verdadera migraña, cuando llega, viene con escalofríos, sudor, náuseas y una debilidad que parece poner a prueba los límites de la resistencia. Que nadie se muera de migrañas parece, a alguien que está sufriendo un ataque, una bendición ambigua.

Mi marido también sufre dolores de cabeza, lo que es desafortunado para él pero afortunado para mí: quizás no haya nada que aumente más la duración de un ataque que el ojo acusador de alguien que nunca ha sufrido un dolor de cabeza. “¿Por qué no te tomás una aspirina?”, pregunta el sano desde la puerta. O: “Yo también debería tener dolor de cabeza y pasarme un día hermoso como éste acá adentro con las persianas bajas”. Los que sufrimos de migrañas sufrimos no sólo los ataques en sí mismos sino también de esta idea común de que estamos negándonos perversamente a curarnos con dos aspirinas, que nos enfermamos a propósito, que nos hacemos esto “nosotros mismos”.

Y en el sentido más inmediato, el sentido de por qué nos duele la cabeza este martes pero no el jueves pasado, por supuesto que a menudo lo hacemos. Existe ciertamente lo que los médicos llaman “personalidad de migrañas”, y esa personalidad tiende a ser ambiciosa, introspectiva, intolerante al error, bastante estructurada, perfeccionista. “No parecés tener una personalidad de migrañas”, me dijo un médico una vez. “Tenés el pelo revuelto, pero sospecho que sos una ama de casa obsesiva”. En realidad mi casa está mantenida con más negligencia que mi pelo, pero el médico igual tenía razón: el perfeccionismo también puede tomar la forma de pasar una semana escribiendo y reescribiendo sin escribir un sólo párrafo. Pero no todos los perfeccionistas sufren de migrañas, ni todos los que sufren dolores de cabeza tienen personalidad de migrañas. No escapamos a la herencia. He tratado de todas las maneras disponibles de escapar a mi propia herencia de migrañas (en un momento aprendí a inyectarme dos dosis de histamínicos con una aguja hipodérmica, a pesar de que la aguja me asustaba tanto que tenía que cerrar los ojos para hacerlo), pero igual tenía dolores de cabeza.

Ahora he aprendido a vivir con ellos, aprendí a saber cuándo esperarlos, cómo engañarlos, y cómo tratarlos, cuando llegan, más como un amigo que como un visitante. Hemos alcanzado una especie de entendimiento, mis migrañas y yo. Nunca las tengo cuando estoy realmente en problemas. Decime que se me incendió la casa, que mi marido ma abandonó, que hay un tiroteo en la calle y pánico en los bancos, y yo no voy a responder con una jaqueca. Vienen en cambio cuando estoy peleando no una guerra abierta sino de guerrillas con mi propia vida, en semanas de pequeñas confusiones domésticas, ropa perdida, empleadas insatisfechas, citas canceladas, en días en que el teléfono suena demasiado y no puedo trabajar y el viento se está levantando. En días así mi amigo llega sin avisar.

Y una vez que llega, ahora que lo conozco bien, ya no lucho contra él. Me acuesto y lo dejo que ocurra. Al principio cada pequeña aprensión es magnificada, cada ansiedad un terror latente. Después viene el dolor, y sólo me concentro en eso. Ahí mismo está la utilidad de la migraña, en esa yoga obligatoria, esa concentración en el dolor. Porque cuando el dolor se va, diez o doce horas más tarde, todo se va con él, todos los resentimientos ocultos, todas las vanas ansiedades. La migraña ha actuado como un cortocircuito, y los fusibles han emergido intactos. Hay una agradable euforia convaleciente. Abro las ventanas y siento el aire, como y bebo con gratitud, duermo bien. Noto el aire particular de una flor en un vaso al pie de la escalera. Me siento afortunada.

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    Hernán Iglesias Illa. Freelance writer. @HernaniiBA — hernanii.net

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