Las dos vidas
de Maxi Kaplan

Hernán Iglesias Illa

(publicado originalmente en Los días que vivimos en peligro, Emecé, 2009)


Entre noviembre y diciembre de 2007, grabé quince horas de conversaciones con Maxi Kaplan. Nos juntábamos en un restaurant de la avenida Flushing, en Brooklyn, cerca de su casa, y hablábamos sobre su vida antes y después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. De esas conversaciones escribí un texto de veintipocas páginas, que Maxi leyó, corrigió y aprobó, con un entusiasmo menor al que me habría gustado, la última vez que nos vimos. Éste es un párrafo de la primera página. Maxi había bajado a la explanada del World Trade Center, a las ocho y media de la mañana, para fumar su primer cigarrillo en cuatro años:

Me acuerdo del sol, rebotando en las baldosas mojadas, encandilándome; de fumar con los ojos cerrados, con el culo contra uno de los canteros alrededor de la fuente, escuchando bajita la conversación de Dan y Brian, los dos coreanos-americanos que trabajaban conmigo en Tantrum Trade; me acuerdo del chorro de transpiración que me caía por la espalda hasta la cintura y frenaba, mojándome la camisa, contra el cinturón. Me acuerdo también de mi mal humor, disparado por derrotas tácticas –media hora parado en el subte, sin alivio ni aire acondicionado; el post-it de mi jefe en el escritorio: “La reunión es ya, 8:30, sorry, después te explico”; la amenaza conyugal con el desayuno: “Hoy te toca gimnasio, ¿no?”– pero anclado, el mal humor, en hastíos estratégicos: hacia mi mujer, Claudia, pájaro nervioso y desalmado; hacia mis jefes, pavotes y miserables, y hacia mí mismo, el boludo inmóvil que vivía quejándose en silencio. Así, en el bobo disfrute de mis últimos rincones de rebeldía –fumando en secreto, faltando a una reunión importante–, pasé, sintiéndome bien conmigo mismo por primera vez en meses, los últimos minutos antes de las 8:46 de la mañana.

Un año antes de nuestro primer encuentro, el rumor que tenía excitados a los argentinos de Manhattan era que por lo menos dos de ellos habían visto a Maxi Kaplan en la calle, barbudo, con una gorra de béisbol y aparentemente trabajando como albañil en la construcción de un edificio de la calle 52. Cuando le pregunté a Lucila Boschi, una abogada argentina que era una de las personas que decía haberlo visto, si estaba segura de que era Maxi, me contestó, por email: “Segurísima. Vino y me habló. Parecía contento. Yo no lo conocía mucho de antes, pero me acuerdo que siempre me había parecido un amargado. Y ahora parecía sereno. Como un pastor evangélico. Cuando volví al otro día con Josh, mi marido, ya no estaba”.

En aquellos días, yo venía bastante retrasado con la entrega de un libro sobre los banqueros argentinos de Wall Street y negociaba con mi editora, cada vez menos receptiva a mis explicaciones, una nueva prórroga de la fecha de entrega. Lo más sensato habría sido no distraerme con proyectos paralelos, pero la historia de Maxi, si era verdad que estaba vivo, era demasiado buena como para dejarla pasar. Lo googleé. Vi, además de las miles de noticias y homenajes publicados después de los ataques, fotos grupales de la ceremonia de graduación de su MBA en la Universidad de Cornell, una final perdida en un torneo de tenis en el club Deportes Racionales y un comentario suyo, de junio de 2001, en la página web de un hotel de Punta Cana: “Mediocre la atención, insípida la comida. Las habitaciones: amplias pero pegajosas, húmedas hasta la asfixia. Penosa la televisión, aceptable la playa”. Al lado de la firma del mensaje había una dirección de correo electrónico terminada en yahoo.com.ar. Le escribí, contándole sobre el libro y diciéndole que me gustaría hablar con él, sin ser muy específico con los motivos. No me contestó, y con el tiempo fui perdiendo interés: nadie volvió a verlo, o por lo menos nadie me contó de alguien que hubiera creído verlo, y, a medida que progresaba en el desarrollo del libro, apenas tenía tiempo o energía para nada que no fueran mis banqueros y economistas porteño-neoyorquinos.

Me preguntó mi mujer el otro día si yo, en aquel momento, realmente creía que Maxi estaba vivo. Sonreí y no supe qué contestarle, porque me daba vergüenza decirle que sí: aunque tenía pocos datos y me traicionaba mi deseo de escritor de que la historia fuera cierta, para poder contarla, yo enseguida había creído posible que un tipo oficialmente muerto aquel día bajo los fierros y el escombro del World Trade Center, un hombre al que se le habían dedicado funerales de Estado, infinitas lágrimas familiares y decenas de necrológicas en diarios y páginas de Internet, estuviera vivo.

Pasé el verano boreal de aquel año hundido en la escritura del libro, asomando el hocico para tomar algo de aire –en la pileta pública de Red Hook, los sábados a la mañana; frente a una parrillada con amigos y carne australiana en El Gauchito, algunos jueves a la noche– y volviendo después a las madrugadas sin aire acondicionado que mi cuerpo había elegido para escribir. En octubre, con el libro terminado, viajé a Buenos Aires al casamiento de mi hermana. Volví a Brooklyn dos semanas después y rápidamente me encontré con que era incapaz de hacer nada: quería ganar dinero y ocupar mis días de una manera no destructiva, pero apenas podía levantarme del sillón. Veía partidos de la Copa Sudamericana entre equipos chilenos y venezolanos y series de televisión que apenas me interesaban y nunca terminaba. Descargué legalmente un juego de Internet llamado Football Manager y me sometí a su irritante detallismo durante tres semanas en las que casi no hice otra cosa. Cuando pensé que ya no me iba a poder levantar, que mi vida se reduciría desde entonces al patetismo de esa placidez catatónica, mantenida por empleos vacíos pero poco demandantes y abandonado por una mujer que habría preferido otros androides (menos malhumorados y más higiénicos), entonces escuché la campanita del programa de correo y vi que había recibido un email de Maxi Kaplan. El asunto del mensaje decía “Hola” y el texto, sin formato de ningún tipo, preguntaba: “¿todavía querés hablar conmigo?”. Embotado como estaba en la dulzona comodidad de la adicción a los videojuegos y la vida en calzoncillos, tardé dos días en responderle. “Sí, claro”, dije finalmente.

Así cuenta Maxi sus horas posteriores a las 8:46 de la mañana del 11 de septiembre. Leo estas líneas ahora y las noto más secas de como recuerdo haberlas escuchado:

Cuando terminé el cigarrillo, miré hacia arriba y supe que no podía volver a la oficina. Me sentía exhausto, completamente agotado por la vida que estaba llevando. Crucé Church Street hasta un deli sobre la calle Vesey, donde a veces comprábamos unos sandwiches de pastrami bastante buenos. Fue adentro del deli donde primero sentimos una vibración extraña en las paredes y en el suelo y, justo después, un ruido tremendo, como el de un millón de autos chocando en la autopista. Corrimos a la calle y ya todo estaba otra vez en silencio: lo único que oíamos eran nuestros zapatos tamborileando en el asfalto y los “oh, my god” chiquititos que soltaban algunas de las mujeres. Después vimos las llamas y el humo en la Torre Norte y algunos empezaron a gritar. Yo no, yo no gritaba. Por un momento tuve la extraña sensación de que todo aquello, la explosión y el caos, el fuego y el silencio, estaba relacionado con mi reciente promesa de mandar a cagar a mi mujer y a mis jefes, y que mi epifanía mañanera de diez minutos antes estaba teniendo una continuación brutal en el mundo real, como si ambos fenómenos fueran parte del mismo plan. Estuve a punto de subir a la Torre Sur, para contarles a Dan y Brian todas las cosas raras que me estaban pasando.

A las 9:02, una llamarada cortó en dos la Torre Sur, que se abrió en el centro como un pedazo de manteca. No vimos el avión, que llegó desde el otro lado, y otra vez nos quedamos en silencio, ahora perforado desde lejos por las sirenas de las ambulancias y los autobombas. Me sentí súbitamente muy triste y avergonzado de mí mismo: por estar abajo –y no arriba, con Dan y Brian– y por seguir sintiendo, de una manera que todavía hoy me resulta imposible de explicar, que aquellos aviones me estaban enviando a mí, y a nadie más, una señal sobre qué hacer con mi vida. A mi lado, una pareja de italianos conversaba con un gringo de barba blanca. Estábamos parados en el cementerio chiquito de la iglesia de St. Trinity, algunos sobre el pasto y otros sobre las lápidas. “El mundo ya no será igual”, decía el tipo de barba. Yo pensaba: “Maxi Kaplan ya no será igual”.

La trompa del segundo avión se hundió en la Torre Sur por el piso 79, un piso por debajo de Tantrum Trade. Un mes después de la tragedia llamé a las nuevas oficinas de la empresa, en Nueva Jersey, haciéndome pasar por un cliente, y pregunté si había sobrevivido alguien. Me dijeron que Jon, uno de los socios, se había quedado en su casa esa mañana con fiebre, y que Callie, la recepcionista, estaba de vacaciones. Pregunté si habían identificado los cuerpos de Dan y de Brian. Me dijeron que no, que sólo se habían encontrado dos de los once cuerpos desaparecidos. (Ninguno de los dos, por supuesto, era el mío.)

A las 9:08 me sonó el celular. Lo saqué del bolsillo del saco y vi que era mi mujer. Miré su foto, pixelada y fuera de poco, y el “Clau ofis” con el que ella había grabado su número nuevo. Lo cerré y lo guardé. Sentí el aparato vibrar contra mi pecho, treinta segundos más tarde. Escuché el mensaje: “Gordo, ¿dónde estás? ¿estás bien? ¡Por favor decime que estás bien! Llamame, plis, llamame ya mismo, por favor. Dios mío”. Un poco después vinieron unos policías y nos corrieron primero hacia Broadway y después otras tres cuadras para el norte, casi hasta el City Hall. Una parte de mí estaba agitadísima, por la enormidad del ataque y por las posibilidades, aparentemente infinitas, que se me abrían delante. La otra parte, entumecida por el shock y los residuos de la vida de autómata que había llevado durante tantos años, no sentía nada.

Vi el Brooklyn Bridge y caminé hacia él, comiendo la segunda mitad del sandwich de pastrami. Nunca antes lo había cruzado caminando. En la senda peatonal del medio, parejas y grupos de amigos lloraban y se agarraban de las manos. Un grupito de adolescentes chinos escupía a los patrulleros y las ambulancias que nos pasaban por abajo. No vi el derrumbre de la primera torre, la Sur, la mía, porque me agarró de espaldas, bajando el puente del otro lado. En ese momento me volvió a sonar el celular. Vi que era Claudia, por tercera vez, y no atendí. También vi que tenía llamadas de mi padre, de un amigo de Buenos Aires y de un cliente nuestro argentino en Panamá. En un gesto innecesario y cinematográfico, que por unos segundos me hizo sentir bien, tiré el teléfono al río.

Caminé por la ribera sur de Brooklyn, entre los galpones vacíos del puerto y las casas antiguas, ahora restauradas, de Cobble Hill y Carroll Gardens. En una tienda chiquita de la calle Columbia dejé mis zapatos de oficina, que me estaban haciendo doler los pies, y compré por 20 dólares un par de zapatillas blancas de básquet. Crucé la autopista y llegué al final de Red Hook, a una punta de rocas y pasto sobre el agua, frente a un supermercado, donde varias personas en silencio miraban el humo que todavía salía del lugar donde habían estado las torres. Me senté en el pasto, abrazado a mis rodillas, sin hablar con nadie. Era un atardecer hermoso. Empecé a llorar y no pude parar. Se hizo de noche y yo seguía llorando. Vinieron unas mujeres con velas y pancartas; cantaron canciones tristes y después repartieron manzanas y agua mineral a los pocos que quedábamos. Comí, bebí y me quedé dormido. Cuando desperté, no sabía en qué me había convertido, pero sabía que ya no era Maxi Kaplan.

Nos encontramos por primera vez un jueves de noviembre en Diente D’Oro, un restaurante destartalado y barato donde lo único que come la gente es pollo frito, arroz con frijoles y cerveza. El restaurante está en un tramo desolado de la avenida Flushing, cerca del límite entre Brooklyn y Queens, rodeado de fábricas clausuradas y galpones grises sin ventanas. Llegué al lugar temblando de frío, con la cara castigada por el viento que subía desde el canal y sin saber qué esperar de la entrevista. Cuando entré, distinguí a Maxi enseguida. Estaba sentado solo, con los codos sobre un mantel de plástico rojo y amarillo, partiendo un pedazo de pan y mirando hacia un televisor colgado del techo desde donde hablaba la conductora del noticiero local de NY1 Noticias. Había visto fotos suyas en el archivo de Clarín y en la página web que le había armado su familia, donde se veía a un pibe de rulos cobrizos, ojos nublados y un aire entre inofensivo y tristón, fofo en los contornos de la cara y la cintura y vestido casi siempre con camisas a cuadros y zapatos náuticos. El Maxi Kaplan que conocí en aquellas semanas tenía más panza, quizás por la cerveza, pero también más fortaleza en los hombros y los brazos. Se había dejado una barba espesa entre rubia y pelirroja, tenía el pelo corto y asimétrico, como cortado con una tijera sin filo, y las manos endurecidas y rasposas por los años de trabajo en la calle.

Durante un rato, Maxi no dijo nada. Me miraba y sonreía. Pidió una cerveza para mí y siguió mirándome, tocándose a veces la barba. Saqué del bolsillo de la campera un anotador, una lapicera y el grabador. “Pará”, me dijo. “Hoy no grabemos nada. Hoy hablemos de cosas importantes”. Lo más importante que tenía Maxi para contarme aquel día era nada menos que el sentido de la vida, que aparentemente no estaba en la búsqueda del comfort y el dinero sino en el contacto directo, sin “capas” de por medio, con “las cosas”. El misterio le había sido revelado a lo largo de los últimos años, durante sus sucesivas encarnaciones como jardinero, albañil y mecánico de lanchas en Brooklyn. Maxi Kaplan, que había crecido libre de rugosidades en un departamento de la calle Soldado de la Independencia, en Belgrano, y había pasado los primeros 30 años de su vida cómodo y aletargado, había decidido, después de los atentados y de su decisión de seguir viviendo, que la verdad estaba en la incomodidad, el trabajo manual y la frontera del dolor. “Si duele, es real”, me dijo aquel día. “¿Si duele qué?”, le pregunté. “Si el frío te corta las manos cuando estás trabajando con un motor, o te duele la espalda después de un fin de semana colocando pisos, eso es real. Un plan de marketing en una presentación de Powerpoint no es real”. Le pregunté: “Supongo entonces que lo que yo hago, el periodismo, no es real”. “Más bien que no. Entre vos y la realidad hay mil capas de mugre”, contestó.

El 12 de septiembre de 2001, Maxi Kaplan se despertó dolorido y con hambre en las rocas de la costanera de Red Hook. A su alrededor había velas derretidas, restos de pancartas y comida y botellas vacías de agua mineral. Se levantó, se sacudió el polvo de los pantalones del traje y abrió la billetera: le quedaban 82 dólares. En una esquina quieta, a dos cuadras de distancia, quemó documentos: registros de conducir de Buenos Aires y Nueva York, tarjetas del seguro de salud, del gimnasio, de Tantrum Trade y las tarjetas de crédito, que ya no podía usar. También quemó la corbata. Así lo cuenta él en las páginas que escribimos juntos:

No sabía a dónde ir ni qué hacer. Caminé durante horas, transpirando mucho y pensando poco, por las calles internas de Brooklyn, que no conocía, esquivando los patrulleros y los controles policiales. A las cuatro de la tarde llegué a una calle comercial cuyo nombre no recuerdo y donde vi, como en las películas, una pawn shop de neón rojo y negro: ahí vendí por 70 dólares el reloj que me había ganado en la última lotería de Navidad de la oficina. Al lado había una gran tienda de ropa barata: compré un pantalón de jogging, tres remeras blancas, dos calzoncillos y un bolso chiquito. Almorcé en un Wendy’s leyendo el New York Times, satisfecho por estos pequeños éxitos iniciales de mi aventura.

Más tarde, me acomodé en un hueco al costado de un edificio de oficinas en la avenida Flatbush. Intenté dormir sobre un colchón de cajas de cartón, pero el ruido de los autos y los pasos de los peatones me despertaban todo el tiempo. Descubrí un nuevo enemigo, el aburrimiento, que enseguida se hizo insoportable. Me levanté y, sabiendo que era una mala idea, entré a un cibercafé. Vi mi nombre en la lista de los cinco argentinos que habían muerto en los atentados: “Gabriela Weisman, Maximiliano Kaplan, Mario Santoro, Pedro Grehan, Sergio Villanueva”. Vi en La Nación una foto mía, que no recordaba, donde estoy despeinado y vestido de traje, posiblemente en un casamiento. Chequeé mis dos direcciones de email: me acuerdo que me deprimió un poco la poca cantidad de mensajes recibidos. Después fui al cine. Vi American Pie 2, riéndome y olvidándome de todo, con una bolsa grande de pochoclo y un barril de Sprite en cada mano.

Pasé el segundo día bastante arrepentido de lo que había hecho. Estuve a punto de llamar a Claudia y decirle que estaba en shock, que no me acordaba nada de mis 48 horas anteriores, que por favor viniera a buscarme. Paseé por Williamsburg, dejándome ver, arriesgándome a (y casi rogando) que alguien me reconociera. Almorcé borscht y pierogis en el boliche polaco de Bedford y la Nueve, donde estuve casi dos horas mirando por la ventana y tratando de establecer una conexión telepática con la moza. No había caso. La ciudad estaba tan consternada como yo, sin la energía ni las ganas necesarias para detectar la anomalía de mi presencia.

Me acordé que alguien me había dicho una vez que en la avenida Roosevelt, en Queens, era fácil comprar tarjetas del Seguro Social con números falsos. Hacia allá fui, siempre caminando, con el traje hecho un bollo en el bolsito y haciendo debutar mi nuevo uniforme de pantalón de gimnasia y remera blanca. Entré en un local pequeño que afuera vendía camisetas de Ecuador, México y Colombia y adentro tenía sólo un escritorio pelado y una heladera con bebidas. Pregunté si hacían social security cards o licencias de conducir y me dijeron que sí. Un hombre grandote de sombrero desapareció hacia un cuartito en el fondo y volvió con un formulario y una lapicera. Me preguntó cómo me llamaba. Dudé unos segundos. “Ángel”, respondí. “Ángel qué”. “Ángel Rodríguez”, dije, esta vez con convicción, y algo crujió dentro de mí, como si fuera de vidrio y me hubieran pegado un mazazo en la espalda.

En Queens encontré mis documentos y también una familia extendida de personas que estaban casi en la misma situación que yo. Alquilé una cama en un departamento de Jackson Heights, donde al principio vivía con siete inmigrantes colombianos y tres hondureños. Empecé a ir con algunos de ellos a la esquina de Queens Boulevard donde todas las mañanas los pasaban a buscar las pick-ups de los capataces. A los pocos días empecé a trabajar, primero como jardinero, cortando el pasto en casonas de Long Island y Westchester, y después como albañil, un laburo mejor pago pero que me obligaba a veces a correr el riesgo de ir a Manhattan. El primer año no fui a Manhattan ni una vez. Mis compañeros a veces iban los domingos al Central Park o a pasear por la Quinta Avenida, pero yo prefería quedarme en Queens, donde el riesgo de que alguien me reconociera era mínimo. Me dejé la barba y usaba casi siempre una gorra de béisbol hundida hasta las orejas: quería que hubiera lo menos posible de Maxi en Ángel.

Pasada la agitación emocional de los primeros días, me adapté rápido a mi nueva vida cotidiana y a mi nuevo yo, Ángel, a quien, para despistar, hice uruguayo y católico. Trabajaba duro, a veces hasta 14 horas por día, casi todos los días, y llegaba destrozado al departamento, donde casi lo único que hacía era dormir. Después de unos meses, los dolores terminaron y sentí como si mi cuerpo se hubiera despertado después de una siesta de veinte años: sentí que había estado viviendo dentro de una carcasa vacía y que ahora, finalmente, volvía a tener a mi disposición una máquina verdadera. En los partidos de fútbol que jugábamos los sábados de verano en los parques de Flushing Meadows, me sorprendía verme a mí mismo no sólo corriendo y saltando como cuando era adolescente, sino también imponiéndome en las pelotas divididas y ejerciendo sobre mis rivales una autoridad física que nunca había tenido.

Durante casi un año no me masturbé ni tuve sexo con nadie. No lo necesitaba, y lo tomaba como una forma de purificarme de la timidez y los traumas de mi enclenque sexualidad anterior. Una noche, en un club de salsa, conocí a una enfermera ecuatoriana y nos fuimos juntos. Por momentos me pareció como si fuera otro tipo el que se estaba acostando con ella. Me sequé: acabé como si cada célula se estuviera estrujando a sí misma en el esfuerzo conjunto por eyacular. Con el tiempo, aquella rutina sencilla de trabajo duro, vida comunitaria y sexo ocasional me fue purgando, vaciándome del caldo oscuro y espeso que había sido mi vida anterior y llenándome de un agua nueva, clara y fresca. Descubrí una nueva nitidez: el mundo había dejado de ser una nube borrosa y se había convertido en algo cercano, intenso y luminoso. Mi vida nueva era músculo; la anterior había sido líquido y grasa. La anterior era inercia; la nueva, propósito. Casi nunca me acordaba de la existencia de Claudia o de mi padre y había días enteros en los que ni siquiera me acordaba de que yo mismo alguna vez había sido otro.

Propósito, nitidez, músculo. Vuelvo a leer estas palabras, casi un año después de haberlas escuchado, y todavía no sé si Maxi estaba diciendo cosas verdaderamente profundas o si solamente estaba recitando las dos o tres ideas que había encontrado para justificarse a sí mismo. Cambia cada día: a veces creo que quizás hay una sabiduría escondida en sus palabras; y otras veces, como ahora, sus palabras me parecen más cercanas a las de un charlatán pseudorreligioso de esos a los que habitualmente no dedico ni cinco minutos.

Nuestro segundo encuentro fue un lunes, en el mismo lugar y a la misma hora. Por las veredas ventosas y vacías de Flushing volaban bolsas de plástico y páginas de diarios viejos. Entré al Diente D’Oro y Maxi me saludó con un abrazo. Tenía puesta una campera de cuero negra y jeans celestes. Le pregunté, después de saludarnos y pedir la comida, por qué me había contactado. “Porque me parecés un buen tipo. Inseguro y posiblemente cobarde bajo presión, pero en condiciones normales tendés a ser un buen tipo”, dijo. Maxi después se inclinó hacia adelante y, hablándome desde muy cerca, susurró: “Quiero contarte mi historia y que la publiques en alguna revista o en Internet”. A mí me costaba entender su serenidad. “Se supone que vos estás muerto”, dije. “¿Por qué vas a hacer algo así? ¡Te van a meter preso!” Se puso un dedo en los labios y me dio a entender que tenía un plan.

Me contó que los rumores sobre su supervivencia se habían intensificado y que dos semanas antes había visto pasar muy despacio, por la puerta de su casa, un Lincoln negro desde el que una mujer sacaba fotos. Y que poco después, saliendo del taller de lanchas y cruceros donde trabajaba, en Greenpoint, un domingo al mediodía, literalmente se chocó en la calle con una amiga de su ex mujer, una chilena casada con un médico argentino, que venía distraída bajando por los adoquines, con cuatro bolsas de compras en las manos y probablemente yendo hacia la fábrica de muebles media cuadra más abajo. En la vieja dirección de correo de Yahoo, que todavía chequeaba de vez en cuando, se encontró un día con un mensaje de un ex compañero de la facultad: “Hijo de puta, ¿estás vivo? Si estás vivo me alegro, pero primero voy a tener que cagarte mucho a trompadas”.

Los rumores se hicieron oficiales a fines de octubre de 2007. Sonó el timbre de su casa, un sábado por la mañana, mientras Maxi y su novia, Natalia, terminaban de desayunar. Abrieron y vieron a un hombre de traje, pelado y alto, con un sobre en la mano. El hombre se presentó como el abogado de Claudia y le dio el sobre: “Esta es nuestra oferta. Deberías aceptarla”, dijo el hombre en inglés. Adentro del sobre, una propuesta de cuatro líneas: Claudia estaba dispuesta a darle 50.000 dólares en efectivo si Maxi prometía dejar el país y “desaparecer completamente” en los próximos dos meses. Caso contrario, lo denunciaría por haber fingido su muerte (un delito que en Estados Unidos tiene una pena mínima de cinco años de cárcel) “en una fecha tan simbólica como el 9/11”, según la carta. “No entiendo”, dije. Maxi hizo un gesto como si la explicación fuera fácil: “Ella cobró casi 2 millones de dólares de un fondo de Bush para las familias de las víctimas y otros 800.000 dólares de un seguro de vida. Le interesa mucho que yo siga muerto”, dijo. “¿Y qué vas a hacer?”, le pregunté. “Voy a agarrar la guita”, contestó. “Nadie quiere resucitar a Maxi”.

Yo había conocido a Claudia De Simoni, la ex mujer de Maxi, en septiembre de 2006, en un cóctel de empanadas y vino organizado por el consulado argentino en Nueva York. Ese día me cayó bastante mal, con sus risotadas, su brazo izquierdo siempre colgado del cónsul y el derecho de su nuevo novio, un neurocirujano –argentino, judío y de Belgrano, como Maxi– del hospital Beth Israel. No había en ella ninguna ternura: era atractiva pero fría, inteligente pero insegura; su emoción favorita para generar en los demás no parecía ser el cariño sino la envidia. En los dos minutos que coincidimos en el mismo grupo de conversación, hizo un chiste sobre la aceleración de mi calvicie. Volvimos a encontrarnos dos veces, una en un cumpleaños y otra en el Council of the Americas, pero no volvimos a hablar. Nunca se fue de Nueva York: entre el fallecimiento de su marido y la oficialización de su romance con el cirujano, con quien ahora comparte un duplex en el Upper East Side, pasaron un año y tres meses.

Maxi había conocido a Claudia en la Universidad de Buenos Aires, donde estudiaron juntos Administración de Empresas hasta que Maxi se pasó, dentro de la misma facultad, a la carrera de Economía. Él tenía el cerebro y ella, la ambición, según me contó un ex compañero de ambos con quien jugué varias veces al fútbol el año pasado. Se casaron en 1997, después de recibirse, en una fiesta que pagó el padre de Claudia, dueño de una fábrica de transformadores. El padre de Claudia también pagó parte de los másters de negocios de ambos en la Universidad de Cornell, donde pasaron, según recordaba Maxi, dos inviernos durísimos y bastante aburridos, aunque razonablemente felices. Los problemas entre ambos empezaron después, cuando salieron al mercado laboral: Maxi aceptó la oferta de Tantrum Trade, una empresa poco glamorosa en la poco glamorosa industria de la gestión de containers y transporte de cargas; Claudia sólo buscó trabajo en Wall Street y fue para ella una gran decepción recibir pocas ofertas y para posiciones poco creativas y no muy bien pagas. No era un buen momento para entrar al mundo de las finanzas, todavía frágil tras una ristra de crisis recientes, pero Claudia seguramente se había soñado a sí misma en un banco más importante que el alemán WestLB y en una tarea menos humillante que la de cuidar el dinero de viudas colombianas y herederos venezolanos.

Hubo semanas en las que con Maxi nos vimos cuatro o cinco veces. Casi siempre en el Diente D’Oro, donde el encargado y el mozo, dominicanos los dos, ya habían empezado a saludarme. Una vez lo pasé a buscar por su departamento, en un viejo edificio de madera celeste a cinco cuadras del restaurant, y otra nos encontramos cerca del mío, en Carroll Gardens, una tarde en la que él había ido a buscar un motor a un depósito de Red Hook. El guión de cada encuentro era siempre parecido: él primero hablaba de su vida y sus ideas, a veces dictándome palabra por palabra lo que quería ver después escrito en el papel, y después se relajaba, cansado o aburrido, y empezábamos a hablar de cualquier otra cosa. Maxi llegaba a nuestras reuniones disfrazado de Ángel, convencido de su nueva identidad, pero no le duraba mucho. Después de un par de horas aparecía el viejo Maxi, con quien conversaba de fútbol –éramos los dos hinchas de River– o de música –a Maxi le gustaba Calamaro; a Ángel, Carlos Vives– y quien, admito, me caía bastante mejor. Así hablaba él de sí mismo:

No sólo me gustaba más mi vida, me gustaba más mi nuevo yo. Ángel era más valiente, honesto y simple que Maxi, aquel tipo cobarde y viscoso del que siempre había querido escaparme. Las diferencias son enormes, y casi me da vergüenza recordarme a mí mismo sucumbiendo a la pereza y la desgana y aceptando las órdenes primero de mi padre y después de mi mujer y mi suegro. Ángel nunca lo habría permitido.

A principios de 2004, trabajé como albañil en una obra en un taller de lanchas en Greenpoint. Les construimos un galpón para los botes y les ampliamos las oficinas y la playa de estacionamiento. Como yo era el único de la tropa que hablaba bien en inglés, a veces me mandaban a coordinar con los clientes. Me hice amigo de Tony, el dueño del taller, un nieto de italianos y griegos con el que a veces hablábamos de veleros, de lanchas y de motores. (Cuando yo era chico, mi viejo tenía en un club de San Fernando una lancha que usábamos para hacer esquí acuático o para salir a pescar en el Delta. Después se compró un crucerito, pero para esa época ya casi no nos veíamos.) Uno de los últimos días de la obra, Tony me preguntó si quería trabajar para él y le dije que sí. Le conté que mi tarjeta de seguro social no era muy confiable y me hizo así con la mano: “Pffft… Dásen mara. No importa”.

Dejé entonces mi tercer departamento de Jackson Heights, que para ese entonces ya sólo compartía con otros tres muchachos, y por primera vez desde mi renacimiento alquilé mi propio departamento, un sótano en una calle ventosa y descolorida y debajo de una casa de madera a punto de caerse. En mi fiesta de despedida de Queens, Víctor Hugo, uno de mis amigos hondureños, trajo a su prima recién llegada de San Pedro Sula y yo, apenas verla, supe que íbamos a vivir juntos.

El trabajo en el taller ha sido duro, porque en invierno cada tajo duele el triple y el viento helado en la cara es como millones de alfileres. Pero entre el buen humor de Tony, que no me decía Ángel sino Éinyel, y la vivificante pero serena satisfacción que provocaba la conclusión de cada trabajo bien hecho, pasé en el taller tres años maravillosos. Si no fuera quien en realidad soy y no hubiera pasado todo esto que está pasando, me habría quedado trabajando ahí el resto de mi vida, con los huesos comidos por el reuma y la piel dura como un cuero de elefante, pero contento y tranquilo.

Leo estos párrafos y no puedo evitar sentirme un poco triste, porque me doy cuenta de que una parte mía va a extrañar a Maxi. No sólo mi costado periodista, que gracias a él ha encontrado una gran historia para contar y que aquí estoy tratando de justificar y defender lo mejor que puedo. El Maxi que yo conocí se quejaba de las capas de prejuicios y reglas con los que había tenido que vivir durante treinta años, pero frente a mí siempre estaba en carne viva, temblando de frío y hambre, mostrando que esas capas al final no habían sido tantas ni tan potentes.

Mi mujer no entiende mi cariño por Maxi. Ella cree, probablemente con razón, que ocultarle su muerte a su mujer y a su familia es una crueldad y una frivolidad imperdonables, mucho más deliberadas y menos espontáneas de lo que Maxi quiere hacer parecer. Es posible. Yo he tendido a creer sus historias y sus explicaciones, que en general he juzgado como genuinas: no sé si eran ciertas, pero sí creo que eran las mismas que él había elegido para contarse a sí mismo. A veces, especialmente en su versión más Ángel, me irritaba la grandilocuencia y la santurronería de algunas de sus argumentaciones. Pero aun en esos momentos yo podía ver, debajo de su flamante orgullo espartano, que Maxi todavía estaba ahí.

La última vez que nos juntamos, una mañana posterior a una tormenta de nieve, en el Diente D’Oro, me contó sus planes. Iba a pasar Año Nuevo con sus amigos de Queens y al día siguiente iba a partir con Natalia rumbo al sur, al mando de un Toyota Camry 1994 que le había comprado al hermano de Tony por 900 dólares. El destino final era Algallas, un pueblo turístico de la costa oriental de Honduras, sobre el Golfo de México, donde Natalia tenía un tío y donde Maxi iba a intentar abrir su propio taller de lanchas y cruceros. “Si todo fracasa, compraremos unas hectáreas y trabajaremos la tierra, el trabajo manual más sagrado y gratificante”, me dijo esa mañana, sin ironía. Le pregunté cómo iba a cruzar las fronteras y me contestó que a Honduras iban a entrar en lancha, pero que todas las demás las iban a cruzar por tierra, como turistas. (Aparentemente, subir hacia el norte es lo difícil; bajar es mucho más fácil.) Me devolvió, salpicadas de unas pocas anotaciones en rojo, las páginas del primer borrador de nuestro texto. “Fue raro leerme así. Me sentí muy Maxi otra vez”, me dijo, y por primera vez me pareció que extrañaba a su viejo yo. “Pero está muy bien el artículo. Me gusta que lo dejemos así, sin demasiadas explicaciones”. Lo miré fijo un segundo: “Lo dejamos sin explicaciones porque vos me dijiste que no hay explicaciones, ¿no?”. Se rió: “Exacto, jaja. Es verdad. No hay explicaciones”. Quedamos en que, cuando ya estuviera instalado en Honduras, un mes o dos más tarde, me iba a mandar un email para permitirme publicar nuestra nota, en la que yo, por supuesto, no debía revelar su nueva ubicación. (Ahora, supongo, aquella promesa ya no tiene tanta importancia.) Nos dimos un abrazo, corto pero sentido, y salí del Diente D’Oro. Caminé hacia el subte en silencio, con las manos en los bolsillos, oyendo el crujido de la nieve bajo mis botas.

Ese email no llegó nunca. Pero yo tardé en darme cuenta, porque poco después de la partida de Maxi se había publicado finalmente mi libro, un acontecimiento que durante un tiempo me puso bastante insoportable y me impidió concentrarme en cualquier otra cosa que no fuera yo mismo. Pasé varias semanas sin acordarme de Maxi, obsesionado por las escasas reseñas del libro y los desabridos emails de felicitación que me enviaban amigos y rivales. Un domingo, hace no mucho, leí en un rincón de una página web, casi de casualidad, que el crucero de Kurt Moss, un misterioso financista texano, había atropellado en el Golfo de México, cerca de la frontera entre Guatemala y Honduras, una lancha con dos ocupantes, un hombre uruguayo y una mujer hondureña, que habían fallecido en el acto. Cuando la policía llegó, se encontró con los cuerpos y con un archipiélago de miles de dólares, en billetes de cien y cincuenta, flotando sobre el agua. Estábamos en casa, desayunando, y apenas tuve voz para decirle a mi mujer: “No estoy seguro, pero creo que se murió Maxi Kaplan”. Pasé toda la tarde de mal humor y con algo de culpa, apenado por la derrota de alguien por cuya causa había empezado a hinchar. Nunca me había tomado muy en serio el renacimiento de Maxi o su nueva sabiduría de asfalto y piedra, pero aquel domingo, cómodo en mi escritorio, protegido del frío y el viento de marzo, instalado para siempre en este tibio nido de palabras y señales en el que he tejido mi vida, empecé a pensar si a mí también quizás no me convendría salir a la intemperie. Si quizás yo mismo no soy un Maxi esperando a su Ángel.

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