Contame un cuento

Todas las noches, incluso aquellas en las que sus ojos amenazaban con cerrarse, Sol me pedía un cuento. Y siempre que podía, ahí estaba yo, sentada al filo de su cama, esperando que me sugiriese un tema sobre el cual hablar.

Al contrario de lo que asumirían ustedes, los cuentos que ella quería oír no eran de princesas, ni de amor; sino que trataban de cosas mucho más simples, como el viento, la lluvia, o el silencio.

Apenas terminaba mi narración, veía cómo Sol se iba durmiendo. Eso me hacía feliz. Mis historias le gustaban o, por lo menos, la ayudaban a dormir. Alguna que otra mañana, se me acercaba somnolienta, retirando mechones rubios de su carita, con ganas de que le invente algún poema o canción, que yo con mucho gusto compondría para ella. Claro está que al lector podrían parecerle simples, y admitiré que no eran lo que uno califica como “una obra maestra”, pero con escucharla recitar o entonar un par de versos, se volvían maravillosos ante mis oídos.

Podría decir que por ella escribo.

Pero el tiempo corre y todo mundo crece; y resultaría tonto pensar que ella no lo hará. En cuestión de meses, no tendrá necesidad alguna de pedirme que le cuente un cuento; todas las historias que le habrán contado se reducirán a un vago recuerdo. Y gran parte de ella cambiará, dejándome a mí con la nostálgica imagen de esa nena de melena algo greñuda que yo adoraba peinar, y que tanto disfrutaba de mi compañía.

Me gustaría pensar que va a seguir irradiando alegría, como cuando llega del colegio con una sonrisa de oreja a oreja, comentándome cómo le fue.

Espero que al crecer no la desilusione el mundo real, ni que por eso se vuelva sombría esa luz en su mirada y deje de sonreír con semejante alegría ante cosas que nosotros veríamos como pequeñeces. En caso de que eso suceda, ahí voy a estar cada vez que me llame, para lo que ella necesite.

Me asusta el hecho de que la relación entre nosotras cambie por alguna razón y me deje por sus amigos, o por un novio, o que tal vez deje de contarme secretos, pensando que sería incapaz de entenderla. De alguna manera, buscaría la forma de que confíe en mí, pero conociéndola y en ese caso, sería difícil debido a su rebeldía. Difícil pero no imposible, supongo.

Por ahí, Solcito siga mis pasos, y juegue a llevar la contra constantemente, rapando algún costado de su melena de oro, vistiendo de negro o llenando sus orejas de metal. Igualmente y aunque me duela ver que la preciosa bailarina de malla rosa y rodetes que veía como mágica la lluvia se haya vuelto su propia antítesis, sería su decisión. Inclusive, si todavía tuviera un espacio para mí, podríamos compartir intereses y estaría dispuesta a lo que sea que ella quisiese, desde salir a tomar un café hasta irnos juntas de vacaciones…

- ¡Dale, Ro!-, dijo, sacándome de mis pensamientos. — ¿Me contás un cuento?

-Sí, claro, andaba distraída-, le contesté. Y comencé mi narración:

“Todas las noches, incluso en las que sus ojos comenzaban a cerrarse, mi hermanita me pedía un cuento…”

Me encantaría que tenga una historia propia que contar y que la adore.