Garca

Tres de la tarde. Yo salía de la facultad antes de tiempo y no encontraba la parada del colectivo. Ya había caminado desde Mitre hasta Corrientes, por Riobamba, y doblado sobre Callao — porque por ahí no estaba tan lejos de mi destino — . El tema es que habré doblado para el lado contrario, porque evidentemente en esa cuadra no había ningún signo que hiciera a una pensar que el 24 paraba allí. Así que otra vez me dirigí para Corrientes, porque sí; qué se yo. En una de esas se me daba y llegaba a la Bond (que ni me acuerdo dónde queda), en otra de esas llegaba al Obelisco o a Congreso. Ni idea.

Llegar, llegué a una iglesia. No le presté atención al nombre del santo, son todos iguales: gente martirizada a fuego lento por una vida llena de privaciones en pos de algo que podría o no existir. Lo importante no era el establecimiento en sí sino la mujer que se apoyaba con cierto descaro sobre sus rejas negras. Morocha, labios rojos, delineador corrido, top negro, minifalda blanca y un tatuaje de un sol que le rodeaba el ombligo. Supongo que me inspiró cierta confianza. Entonces se me dio por preguntarle a ella, que miraba desafiante a los peatones, si podía ayudarme a llegar a la parada. Tenía pinta de conocer la calle que sus borceguíes de taco alto pisaban. Me acerqué y le pregunté. Ella respondió con un “no conozco la zona, pero debe ser por Callao”. Su voz sonó dulce y sincera. Le agradecí, un poco más perdida que antes, y me dispuse a caminar para donde me indicó. No obstante, me detuvo. “¿No podrías antes llamar a este número?” Me mostró un papelito escrito en rosa.

“¿Quién cuerno podría ser el interlocutor de aquella llamada hipotética? ¿Su madre? ¿Un dealer? ¿Un cliente? ¿Una compañera? ¿Su pareja?” Cualquiera podría estar del otro lado de la línea. “¿Y si te agendan? ¿Y si buscan tus datos a partir del número de teléfono que llamaba?” ¿Y si esa llamada le permitía salir de una situación de mierda? “No te metas, vos vas a terminar en una situación de mierda.” Lamentablemente, mi Pepe Grillo tenía razón. No podía hacer lo que me pedía. Así que le mentí, para no sentirme tan garca siendo directa. Porque no le iba a decir “disculpame, pero tengo miedo de terminar adentro de una bolsa de basura por prestarte el teléfono”, sonaba estúpido y demasiado paranoico. Además, ¿no había dicho que le tenía cierta confianza? Yo me lo busqué preguntándole primero. “Perdoname, no tengo batería”, tampoco tengo cara. Lo que sí tenía era el auricular en el oído derecho reproduciendo Megadeth al palo. Ella podía escucharlo, de eso estoy segura. Igualmente me dijo que no había drama, esbozando una sonrisa falsa, medio tristona. Qué vergüenza. Le deseé suerte y pegué la vuelta para donde me había sugerido que vaya. A los pocos pasos, la parada de mi colectivo. Al lado de la parada, un bar. Bar que muy probablemente tenía un teléfono del cual ella hubiera podido llamar a quien sea que hubiera anotado en ese papelito. Llamar y safar, probablemente.