Construyendo paz, un hombre a la vez

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¿Cuándo fue la primera vez que fue consciente de que vivía en un país en conflicto? No es una pregunta que deba tomarse a la ligera. Articular una respuesta invita al individuo cuestionado a pensarlo dos veces antes de responder. Luego empieza un proceso por el cual se organizan hechos puntuales como poniendo en un tablero de ajedrez las piezas que dan inicio a la partida. Esta primera conciencia del conflicto marca de manera profunda cómo entendemos el mundo, cómo lo experimentamos y lo vivimos. Ahora, tómese el momento de pensarlo: ¿Cuándo fue esa primera vez?

En mi caso fue un sábado de agosto, durante un puente festivo. Eran las siete de la noche y en el único televisor a color de la casa de mi abuela el noticiero trasmitía las imágenes del atentado contra Luis Carlos Galán en Soacha que resultó quitándole la vida. Recuerdo ver a mi mamá y a mis tías llorando. Mi abuela miraba en silencio. Ante tanta emoción junta yo no sabía si llorar también, como por inercia. Tenía siete años y por esos días ya me habían dicho que los hombres no lloraban. Por lo tanto, no lloré. Ese día comencé, sin darme cuenta, a construir mi masculinidad en una sociedad en conflicto.

Gracias a la perspectiva que da la distancia de diez años de un exilio autoimpuesto me he dado la oportunidad de reflexionar sobre la manera como el conflicto me ha marcado como persona y, sobre todo, como hombre. No presté servicio militar, nunca he empuñado un arma, no sé lo que es un secuestro, una vacuna o una mina. El conflicto no me desplazó, no me quitó a ningún ser querido, no me radicalizó. Lo que el conflicto si hizo en mi fue volverme desconfiado, prevenido, reactivo, defensivo. Me quitó la posibilidad de confiar en el otro, de reconocerlo como otro, con sentimientos, con sueños, con ganas. El conflicto me quitó poco a poco la empatía. La fui perdiendo en el día a día, en la mano extendida en los semáforos pidiendo ayuda, en las historias de muerte y sangre en lugares de una geografía nacional lejana a la realidad urbana, en la banalidad de los medios y de los políticos. El conflicto nos deshumaniza pues ¿qué es de un ser humano sin la empatía?

Como resultado de estas situaciones producto del conflicto, la construcción de lo que significa ser hombre en nuestra sociedad está directamente ligada a la capacidad de sobrevivir, de sacar provecho y ventaja de las situaciones. Socialmente, se glorifica al avispado, promoviendo el beneficio individual sobre el colectivo, individualizando las ganancias pero socializando los costos que estas acciones generan. El “hombre” es aquel capaz de brindar protección, ya se imponiéndose con la fuerza de sus puños, la rapidez de sus balas o la agudeza de sus frases (incluida “ud no sabe quién soy yo”). Este es el hombre que es capaz de acabar con el mundo en un segundo, pero que no puede cambiar un pañal, lavar un baño o expresar sus sentimientos sin violencia o sin tomarse un trago. Vivimos en medio de una masculinidad construida en un sistema económico imperante donde la percepción del éxito es representada por la plata, las posesiones y el poder. Esto, sin importar si vienen de los ingresos de la droga, de las armas, de la política, de los reinados, del fútbol o del “sofisticado” sistema financiero nacional. Al final, como en sancocho dominical, todos resultan en la misma olla.

La masculinidad en un país como Colombia está representada, en gran medida, en el ejercicio de la violencia. Es decir, que para alimentar la sensación de ser hombres, usamos la violencia de manera constante y rutinaria. El acoso verbal, la violencia intrafamiliar, el abuso sexual, las muertes violentas, las riñas callejeras y los asesinatos son en un 90% llevados a cabo por hombres. Aún más preocupante, la violencia hace parte de las fiestas los sábados en los bares de las ciudades, de las agresiones físicas de conductores que pierden los estribos porque los cerraron y no “se iban a dejar”. El ejercicio de la violencia está tan arraigado en la masculinidad colombiana que nos tuvieron que imponer ley seca para los partidos de Colombia durante el pasado mundial, porque ni siquiera hemos aprendido a celebrar. Y somos nosotros, los hombres, los que tenemos la responsabilidad en estos hechos. Somos nosotros los que lanzamos la primera piedra.

Reflexionar sobre la manera como el conflicto nos ha afectado y ha moldeado el tipo de hombres que somos es una oportunidad invaluable y necesaria. Sobre todo ahora, cuando el estado y la guerrilla negocian el fin del conflicto armado en Colombia. Sería ingenuo pensar que la firma de la paz nos hará pacíficos. Por esto, y hoy más que en cualquier momento de nuestra historia, debemos pensar en cómo reinventarnos, cómo empezar a recuperar poco a poco la empatía para construir una sociedad que le da una oportunidad real a la paz. Y en ese proceso es indispensable empezar a moldear una masculinidad diferente, en la cual la igualdad y el respeto sean la regla y no la excepción. Una masculinidad en la que el uso de la violencia sea inaceptable, rechazada y castigada social, legal y moralmente. Una masculinidad donde llorar es normal, sentir miedo es normal pero donde matar y manejar borrachos no lo sean. De esta manera, cada uno, puede empezar a construir paz de verdad, gestando victorias en el día a día, desde su hogar, desde su familia, desde su trabajo, un hombre a la vez.

Por: Sebastian Molano

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