Autoporno: Inés

Me desangraba y ella me levantó. De esa forma la conocí, por su misericordia antes que por su deseo. Lo cierto es que ella no podía verme en su mundo como yo pretendía, no le interesaba. Pero era una persona vital y eso era lo que me faltaba en ese momento de mi vida. Así que me arrastré para seguir su paso. Dejé mis marcas por el suelo. Dejé partes de mí en el camino. Necesité sus labios, necesité su cama, como ahora necesito lo mismo pero en otros brazos.

La primera vez que dormí a su lado no lo eligió. Cayó rendida de cansancio, no le importaba hacerlo sobre ninguna cama en especial, y me limité a reposar mi cabeza en la misma almohada. Eso sí, procuré que mis labios quedaran cerca de los suyos para cuando despertara. Es curioso que a esa altura no hubiera besos, horas antes veíamos una película en su cuarto; nosotros dos y alguien más. No recuerdo qué título era. Sólo tengo memoria de su mano acariciando mi pija por fuera del pantalón durante toda la película, como una tortura cariñosa, sin que la tercera persona lo notara. Así le gustaba jugar.

Semanas más tarde me besaba como si no supiera qué me daba cuando lo hacía, porque había algo más. Cada beso ocultaba algo. Pero lo oculto me dolía. Lo oculto me hacía pedir más de ella, más, más, como si en el cuerpo hubiese respuestas​. Y peor me hacía necesitarla. “Hay algo que no me estás diciendo” le repetía. Peor me sentía, más vacío, más a la intemperie. Más solo. Recorría su blanquísima piel, cada recoveco, intentando descubrir qué ocultaba. Era todo demasiado evidente para verlo.

Empezó a ponerle límites a la relación. Cuándo vernos, cuándo llamarnos. Yo quería saber de ella a cada momento. Ella conmigo no. Hasta que el sexo no bastó, el espejismo se esfumó y con todo mi dolor le pedí, le supliqué, que no nos viéramos más. No se sorprendió. No se molestó. La besé por última vez, la pajeé hasta que se retorció de placer y continuó con su vida como si nada. Creo verme llorar en esa despedida, o al menos alguien con mi cuerpo es el que lamenta a la distancia. Es un otro que fui el que hoy la extraña.

Con ella aprendí que mi furia podía apaciguarse en una persona. Y que lo simple vale. Con ella tuve que aceptar el no entender. Era acabar y al principio sufrir con preguntas, hasta poder por fin bancar la mente en blanco. Porque eso era mejor antes que el interrogante insistente de qué representamos para la otra persona y qué calla cuando calla. Con ella aprendí no tanto del sexo como a transitar el vacío que viene después. A la distancia es mucho más claro lo poco que sirve intentar entender. Lo principal es el sentir, no el entendimiento. Eso fue lo que me enseñó Inés.

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