Autoporno: Sigfrido
Los sillones grandes son un buen escenario y los intérpretes podrán aprovecharlos. El libreto indica: Los dos cuerpos a la espera, ansiosos, sentados.
Ella está a mi izquierda. Mi mirada al frente, sobre la pared. Aunque no lo sepa la vigilo. Estoy atento a sus movimientos. Cada movimiento sutil de sus manos puede correr el telón y dejarnos solos en el escenario, al desnudo, para hacer lo que sabemos que sucederá.
Prende un cigarrillo, se acomoda los anteojos, se toca la cabeza. Nada inusual. Yo miro la pared y vacío mi vaso. Cada uno hace lo suyo. Es natural, todo está tan practicado que no hace falta pensarlo.
Entonces quedamos lo bastante cerca y el contacto entre los cuerpos surge solo. Cada parte hace lo suyo. Así empieza. Su mano acariciando mi brazo, mi otro brazo alrededor de su cintura, mi mano a la altura de su boca y mis dedos enredados en su lengua. ¿Es parte del libreto? Sí y no. Los dos sabemos qué tenemos que hacer, qué hay que hacer. El resto es pura improvisación.
Es buena actriz. Es decir, no actúa pero es una buena actriz. Sabe su libreto y entonces yo puedo actuar mi parte. Seguimos todo al pie de la letra. Continuamos. Su cuerpo encima del mío sobre el sillón, mis dedos rozando su humedad, sus gemidos en mi oído. Mi pija entre sus manos. La escena en el piso y el fin del primer acto.
El canto de sus gritos. Una improvisación bien hecha, o una ópera aprendida por hacerla durante tantos años. Cualquiera sea el caso, es siempre la misma situación. “Los cuerpos de extraños que se cogen (la noche en uno, dos, o tres actos)” podría ser el título elegido, nombre que sea de cruda desnudez pero sin mostrar a los protagonistas, algo que hable de lo hecho pero sin nombrarnos.
Nuevas bambalinas. Ahora es su cuarto. La cojo con fuerza. Impacto sobre ella y gime al ritmo que le pauta mi cuerpo. Sin detenerme levanto la vista y la dirijo al decorado que queda enfrente mío. Es una ventana. Por culpa de la oscuridad o por la chatura de la escenografía no logro ver qué hay detrás. Tras el cristal, si todo esto fuese real, estaría el departamento de un vecino, de un posible espectador que quizás pueda pajearse viéndonos.
Acabamos. La obra esta vez termina acá. Es lo que decido mientras miro mi silueta en el espejo. Estoy parado. No logro verla por completo pero eso es común, la mitad de todo debe quedar en sombras. Mis ojos no se ven, ni mi boca. Apenas se nota el contorno de mi cabeza. Mi verga se ve con claridad, al igual que mis piernas y el brillo del semen entre ellas. Me sonrío. Muestro y no muestro.
El trayecto al baño es lo difícil. Para asearme tengo que atravesar un pasillo con luz y darle la espalda. Eso es regalarle una ventaja. Ella podría descubrir que soy vulnerable, apuntar a la parte de mi cuerpo que quedó sin sumergirse en la sangre de Fafner y atravesar mi carne por la espalda hasta el corazón.
El desenlace es un ataque que ocurre en cuanto vuelvo: Hace preguntas para saber quién es el que está dentro de mi cuerpo. Dudo en responder. Pienso en mentirle. Quizás. Pero nunca miento. O me callo o digo la verdad. Ante mi silencio se queda muda y eso profundiza el abismo entre nosotros. Pero la miro y la belleza entrando por los ojos matiza el juicio. Además de compañera de actuación, me cae bien. Así que le contesto.
Una vez vestidos nos despedimos como lo que fuimos, actores en escena. Quizás volvamos a compartir escenario. Mientras vuelvo, fantaseo con qué hubiera pasado si le mentía, si hubiese dicho ser otro del que soy, si dijera ser de otro lugar o si contara algún detalle engañoso. ¿Cambiaría algo? El cuerpo de un broker, de un ladrón de bancos o de un artesano entra por igual en el de una secretaria ejecutiva, en el de una casada infiel o en el de una profesora de yoga. La noche baja su telón de forma definitiva sin importarle las identidades de quienes aprovecharon las sombras y nutrieron sus deseos con luz lunar. Todo quedaría en silencio si no fuera por los ecos que todavía resuenan en mí. Todo en silencio salvo por el elástico de la cama en sus últimos quejidos después del sexo, salvo por el zumbido de la ventana del departamento cuando un auto cruza a toda velocidad intentando aprovechar la madrugada, salvo por el suspiro neumático de los amortiguadores del ascensor haciendo más suave la despedida. Salí airoso. La sangre del dragón todavía me protege.
