Mati el raro

Me acuerdo de Matías. Ya con seis años era un personaje. Era raro, aunque el hecho de que nadie pudiese decir con exactitud en qué consistía su rareza era en verdad el núcleo de su excentricidad. Sus comentarios eran esperables pero no encajaban del todo bien como para pasar inadvertidos; sus conocimientos eran impresionantes (acordes para un chico nerd), pero podía fallar estrepitosamente ante lo más simple, como aquella vez en donde la tarea de copiar una hoja del libro terminó con un copiado literal, incluyendo número de hoja, datos de copyright de la foto que acompañaba el artículo y recuadros accesorios de una unidad sobre la germinación del poroto. Era raro.

En una, estando en el micro escolar yendo a natación, nombró todas y cada una de las calles que atravesó el vehículo desde Constitución hasta Palermo. Era prodigioso para cosas así, datos, memorizaciones. Y, en contraste, carecía por completo de la fibra que a uno puede hacerle entender o formular algo de humor.

—Voy a contarte un chiste —me dijo una vez
—Ok
—Un científico inventó un paraguas de madera —Me miró, neutral.
—¿Y? —Yo no entendía.
—Ese fue el chiste —Contestó.

Así de sin sentido como se lee fue lo que dijo, así de inconcluso y de precario. Así también eran sus movimientos corporales, Matías corría como un pato pero también se despatarraba, era lento y torpe. Por supuesto que era el que elegían último en los equipos de fútbol.

Otra vez, ya de grandes -tendríamos unos nueve años- un amigo construyó un arma con un juego de rasti, o sea, una letra ele hecha con ladrillitos. Le apuntó al grito de “¡arriba las manos!”. Y Matías se puso a llorar.

No era un robot con programación humana y que, por eso mismo, no podía evitar fallar en ciertos escenarios con niveles de alta complejidad, mas bien era un humano con programación de robot y por eso era imposible ubicar el punto exacto en donde comenzaba su parte maquinal y terminaba la de niño y viceversa. En lo predecible estaba su comodidad, ahí se escondía, pero también exactamente ahí era más fácil que quedara al descubierto su doble esencia. Era raro. En época de corrección política se diría que era «especial», un eufemismo que el bullying -otra palabra que antes no existía- se encargaría de moler a golpes.

No volví a verlo después de terminar la primaria pero siempre recordé todo lo que lo volvía especial, distinto o como uno quiera llamarlo, singularidades que incluían su forma expresión: Un amigo lo cargaba con que era francés, otro con que era venezolano. Porque también hablaba raro. Era medio gangoso y a veces parecía ser hablado por un doblaje centroamericano o una impostura de neutralidad que hacía reír, como esa vez que llegó a mi cumpleaños y después de un rato dijo “¡oh!, ¡olvidé los más importante!, ¡saludar a Horacio!”.

Su recuerdo, anecdótico en mi existencia, pudo haber quedado levitando entre tantos otros a no ser porque en algún momento decidí estudiar Psicología y me enteré: dificultades sociales, carencia de humor, áreas de intereses muy delimitados, inflexibilidad a situaciones nuevas, torpeza en la actividad física y lenguaje desafectado… características de un trastorno que se lo encuadra dentro del espectro autista, el Síndrome de Asperger. Darme cuenta de lo que tenía Matías me hizo pensar en él y al mismo tiempo me decepcionó: Después de saber, nada es tan raro. Después de enhebrar las características del síndrome como partes de un conjunto, el concepto obtura, a modo de sentido, sobre lo que antes quedaba abierto y sin interpretación; y, desde la distancia -¿que será de su vida?-, hoy me resulta imposible pensarlo por fuera del trastorno. Ya no pienso en él sino en lo que tenía, en lo que quedaba en la superficie, lo caracterizable y, por lo tanto, genérico. No sé quién era Matías, no sé qué lo hacía especial, qué lo hacía único. Ya no hay apertura al misterio. La caracterización que deviene certeza también hace perder el foco de lo importante y entonces el enigma se arruinan cuando llega la categorización correspondiente a nombrar y explicar. Es decir, ya no me acuerdo de Matías.

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