Autoporno: Ninfa

Horacio
Horacio
Sep 3, 2018 · 4 min read

Nymphes et Satyre, 1873. Lo que siempre me gustó de esa pintura de Bouguereau es la posición en que queda sumido el sátiro. Él espiaba entre arbustos pero es descubierto, lo agarran entre varias. En la escena no hay violencia explícita, ellas no toman represalias con enojo sino que sonríen. Queda claro entonces que sabían de antemano que las espiaba (a lo mejor era una conducta recurrente) o que, incluso, ese baño en el lago puede ser un pretexto para hacerlo caer en la trampa. En cualquier caso, el sátiro va a terminar empapado; de hecho una de sus pezuñas ya toca el agua, y ellas van a reír aún más. Las ninfas se divierten. Lo bello es esa subversión, el personaje sátiro -en tanto adjetivo- recibe su merecido en manos de las perseguidas.

Por su parte, el sátiro pone una cara bastante atípica para las pinturas que retratan a los de su especie: se le nota un profundo miedo; abre la boca y se ven sus dientes, y esa expresión ovina pareciera anticipar un balar como modo manifiesto del terror. En definitiva, es el macho cabrío convertido en corderito al encontrarse con su objeto de deseo. Por último, es destacable que el sátiro podría defenderse, dando golpes o saltos, pero se limita a dejar extendidos sus brazos y piernas, con lo cual va a desplazarse hacia el barro inevitablemente. Y ahí la pregunta es ¿por qué no se defiende? No sería descabellado arriesgar que es la misma fascinación por las ninfas la que lo inhibe. Él las desea tanto que quizás sin saberlo está dispuesto a satisfacer todos los deseos de ellas, cada uno de sus caprichos, incluso si atentan contra él.

Compartiendo con ella el gusto por Bouguereau, habiendo notado un hilo conductor entre su nombre y estas deidades, era lógico que terminara considerándola ninfa, sumado a que yo, desde siempre, me había aceptado sátiro. Fue todo muy rápido. El deseo al rojo vivo me hizo asomarme demasiado por fuera de mi escondite, mojar las patas lanudas y casi caer en el agua. Es que la fascinación de descubrirla tan cerca, mucho más de lo que hubiese creído, me hacía difícil no exponerme. Yo avanzaba como un insecto a la luz, sin que me importase nada, sintiendo que en sus palabras ella iluminaba con fuego cada una de mis zonas oscuras, cada rincón que siempre preferí ocultar u omitir. ¿Por qué teníamos que coincidir así? Las coincidencias me quemaban, me ardían y me deslizaban hacia ella, que aún guardaba distancia. Estuve un mes sin poder pensar en nada más que en cogerla y sin embargo estaba dispuesto a esperarla lo que necesitara. Ella estaba tan cerca que resultaba doloroso que no me hiciera por fin caer.

Cuando tuve mi oportunidad, sentados frente a frente, ella requería más alcohol y yo, que no lo precisaba, necesité sólo dos copas para decirle que haga lo que quisiera conmigo. De verdad lo sentí así. ¿Por qué teníamos que coincidir tanto? las diferencias hacen más fácil las despedidas pero, por el contrario, yo no quería que esa noche terminara. Algo después, con ella desnuda encima mío, tornándose tan deliciosamente estrecha sobre mí, no quise perderla y busqué las palabras con las que intentar hacérselo entender; siempre las mismas, en un sentido precario, primario, aunque auténtico. Pero: no / las palabras / no hacen el amor / hacen la ausencia. Alejandrísima lo había advertido, y con los ojos estallados (“pulverizados”, diría AP) busqué atesorar el encuentro ayudado por el tacto de las manos y la humedad de la lengua en un intento por perdurarla en presencia. No me negué a lo que ella quiso y hubiese satisfecho cualquier capricho. Ella quería y yo accedí. Y yo quería lo que mi ninfa quisiese. Tuve miedo y desee adentrarme en ese mismo temor. No recordaba desear así, al punto de sentir extrañeza por lo que hacíamos. La extrañeza se incrementó por los espejos de la habitación, que convirtieron los actos en vivencias externas que me volvieron espectador a la vez que partícipe del encuentro. Podía contemplarnos desde afuera, como un óleo en movimiento: una ninfa dominando a un sátiro sobre una cama de hotel. Presencié todo con esa distancia, entonces nos fuimos y la noche protegió la pintura con un negro terciopelo que me cubrió los ojos hasta la oscuridad total.

Sólo en la mañana siguiente, en plena reunión de trabajo, a través de mi camisa, la percepción de su olor todavía en mi piel deshizo la tela sobre mis ojos para constatar que todo fue real y que el deseo de volver a la naturaleza, de adentrarme en el bosque en busca de más, no se apagó. Es la necesidad de sentir miedo y el deseo de enfrentarlo. De que sea de nuevo mi ninfa para yo poder ser su sátiro.

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade