Qué bien la pasamos

Siempre me acuerdo. Qué bien que la pasamos. Sobrevivir era todo, no había más, y celebrábamos el llegar al final del día. El brindis por conseguir atravesar eso que también nos esperaría mañana, cuando irrumpiera con el despertador para instalarse como primer pensamiento y durar hasta ser el último sentir de la jornada. Hablo de ese humo negro que inhalaríamos hasta volvernos más oscuros. Lo que respirábamos, algo denso que sólo nosotros podíamos tolerar y que nos provocaba un estertor que sonaba a marcha fúnebre pero en ritmo de cumbia. Sí, porque debía ser triste pero no lo era. Nos reíamos. Bailábamos. Qué inútil todo lo que no fuera nuestro rito funerario, porque la muerte puede tomar muchas formas, incluso la de una presencia invisible que levanta su copa y también dice ¡salud, por una vida de mierda! Una muerte que se burla de la muerte y sigue viva para torturarnos pero también para acompañarnos, para no dejarnos solos. Qué sin sentido quedaba todo lo que no entrara en nuestro festejo, qué absurdo lo que estuviera pasando allá afuera, todo lo que no fuéramos bajo luz mortecina. Cuánta decisión en ser nosotros, o en intentar dejar de serlo; difícil de diferenciar, pero en cualquier caso sin opciones: el resto del mundo nos caía mal, todo lo probado nos sabía mal. Hasta el dulzor de cualquier fruta resultaba intolerable y sólo lográbamos pasarlo con alcohol. Entonces preparábamos un daikiri helado que recorría los senos paranasales hasta que el frío del trago solapaba el de la existencia y ese dolor tapaba cualquier otro. Nuestro clímax. Sólo podíamos ser o estar así. Era nuestra fiesta privada donde todas las canciones hablaban de lo mismo aunque dijeran cosas distintas; sin importar el mensaje pasábamos la melodía por la licuadora y después usábamos las cáscaras de palabra para decorar la herida abierta. Cuánto estilo y dedicación para aplacar con urgencia, para invertir el signo de lo vivido y, por supuesto, para fallar. Era lo que nos salía. Lo que podíamos. Era lo que nos quedaba. Lo que sabíamos. Es lo que somos hoy. Qué bien la pasamos cuando la pasábamos mal.

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