Acoso laboral y un buen pincho de foie-gras

Una tormenta de nieve y mil temores me separaban de aquella oficina perdida en un centro industrial de Pamplona, ciudad de los Sanfermines, de los desfases de Hemingway y de más borrachos célebres.

Llegué finalmente al lugar. Los pies encharcados de agua helada con mi reluciente betún, recién aplicado. Mal día para limpiar los zapatos. El taxi me dejó en medio de un polígono industrial que parecía una escena de Blade Runner tras la bomba atómica. Grúas, fábricas y coches. Y hierro, mucho hierro. Gris y desolador.

No sé porqué ya lo pensé desde el primer día pero mi intuición me anunciaba con luz roja y sirenas que no me gustaba aquel sitio. Pamplona es fría más allá del clima y las borrascas presagiaban tormentas en forma de migrañas que ya me solían torturar miserablemente.

Había escuchado que la gente del norte era poco amigable al principio, pero aún así me costaba aceptar la realidad. Tras cada persona con la que charlaba me obligaba a preguntarme: “¿He dicho algo que le ha sentado mal?”

Nada tenía buena pinta y no hacía falta ser adivinador para darse cuenta. Pero yo acepté el puesto. Ya era demasiado tarde, amigo.

Realmente me engañaron desde la primera entrevista en Madrid. El hombre tenía aspecto de enterrador, llegó tarde a la cita y se limitó a darme la mano y a sentarse con un silencio sepulcral. No miraba a la cara sino a sus papeles. Jamás me había ocurrido estar frente a alguien que durante cinco interminables minutos no te mira a la cara ni pronuncia una sola palabra. Te aseguro que eso provoca cierta tensión.

En ese momento me di cuenta: el idiota no había tomado la molestia de leer mi cv y eso es lo que hacía en aquel preciso instante. Durante los siguientes cinco minutos la escena parecía salida de película de serie B de Hollywood. Seguía sin mirarme a la cara, cuando finalmente acabó de leer mi historia y pronunció una frase que ingresó ipso-facto a mi top-ranking de mejores frases:

“En esta empresa yo he cerrado contratos por valor de doscientos millones de dólares en los últimos cinco años. ¿Qué es lo que has hecho tu?”

No sé cuántos puntos caben en la escala mundial de idiotas, pero este hombre se salía seguro.

Finalmente acabó de escupir delicadamente todos sus memorables logros empresariales y comenzó una entrevista en la misma línea de altísima inteligencia interpersonal. Jamás llegaré a entender como gente así puede llegar a ocupar esos puestos, pero lo hacen.

Fue una época de cambios, de un tomar cierto riesgo en momentos de transición. No es posible avanzar sin arriesgar, era joven, inexperto, etc etc… bla bla bla. Dicho en palabras llanas: la cagué y acepté el puesto, porque no tenía nada mejor, porque la necesidad de buscar seguridad pudo conmigo.

Tuve la suerte de entrar a la vez que otras dos personas con las cuales nos hicimos amigos. Una vez salimos de noche tras acabar de trabajar a las 9pm, aburridos y con ganas de fiesta acudimos al centro para ver si había algo de juerga para despejarnos. Definitivamente cabreados. Era una noche como para hundirse en tres martinis y pisar la aceituna.

En una calle principal y a lo lejos se veía gente saliendo de un local. Eureka lo encontramos. Atravesamos la calle y había truco: no era un garito sino gente saliendo de una iglesia. Dos calles más allá y con un alto nivel de desesperación decidimos intentarlo de nuevo al ver más gente concentrada. Al llegar allí no lo podíamos creer. Era gente saliendo de otra iglesia.

Llegamos a la conclusión que a partir de las 8pm solo hay dos tipos de locales abiertos: iglesias y carnicerías. Esto nos obligó abrir otro debate: Pamplona es también la cuna del sectarismo del opus dei que extiende sus tentáculos por las esferas de la política, el poder empresarial y la mente de muchos incautos.

Y así es como transcurrieron las primeras semanas de mi hechizo por una empresa puntera cuyo nombre no quiero recordar. Cuando escuchamos en hablar de compañías como Amazon, Google, Apple todos pensamos que debe ser increíble trabajar allí, un sueño. Al lado de la mesa seguro tendremos una mesa de billar con una caja de donuts y miles de pelotas de goma para liberar el estrés. ¿Como no me va a gustar? Dicen que en Google España hay futbolines y arroz con leche. Lo cierto es que nos dejamos deslumbrar por nombres, cuando son justo eso: nombres.

Las empresas las hacen individuos, unos muy buenos y otros rematadamente malos. Te puede tocar cualquiera, tanto de jefe como de compañero. Y seamos sinceros, a veces en el trabajo hay que aguantar. Es decir, Aguantar con mayúsculas. Por ejemplo soportar conversaciones estúpidas y a personajes que parecen salidos de un comic, que además tienen una posición jerárquica. Y no hay nada más peligroso que un idiota con poder.

Hay una técnica que uso cuando tengo que hablar con alguno de estos elementos y la situación me obliga a escucharles y hacer teatro para evitar darles un puñetazo o simplemente salir fuera y dar un portazo, o ambos. Esta técnica es muy simple y efectiva, años después me enteré que el truco se encuadra en una disciplina llamada PNL, de la cual en aquel momento no había oído hablar en mi vida.

Se trata de imaginar al personaje en un lugar en el que quede despojado de su poder y que sus palabras suenen como a chiste. Qué mejor lugar que un circo, y para concretar aun más: un tiovivo. Y así hacía. Me los imagino con la música de un tiovivo (recomiendo los de París porque seguramente tienen más caché y si no conoces música que les corresponde usa la banda sonora de Amelie) y les coloco mentalmente sentados en el carrousel girando y girando con las luces y la música.

Créeme, al verles así por un instante decae su influencia sobre ti, se vuelven chistosos e incluso te pueden llegar a dar pena.

Al día siguiente hice lo mismo con un compañero al que no aguantaba: activé Amelie y le puse a girar en el cacharro. En el día posterior también lo hice en una reunión con tres más. Dios mío! la música estaba por todas partes! Después lo vi claro: el trabajo se había convertido en un maldito tiovivo!!!

Otra señal más, Pedro, lárgate de allí. Eso no podía acabar bien.

Durante los meses siguientes sufrí una especie de pesadilla en varios sentidos: falta de atención, total despreocupación, desplantes y exigencias sin sentido, frases con mal tono, etc. Al principio pillaron por sorpresa, pero después de varias semanas estaba seguro que eso iba a acabar mal. Algo tenía que hacer. Tardé demasiado, pero a tiempo para que no me afectara de forma dañina. Finalmente me largué. La primera vez en mi vida que me largo de una empresa sin tener otro trabajo.

He visto situaciones parecidas a muchas personas, y se pasa mal, muy mal. Por eso he querido poner en palabras esta experiencia y dar mi consejo.

Es curioso es que a veces no admitimos los hechos, nos empeñamos en no querer ver las cosas que son obvias por temor, y por otras cosas…:

  • Por vergüenza. El acoso los gritos y las amenazas de un superior obviamente nos hacen sentir mal, tanto que nos avergonzamos, nos sentimos inferiores y acabamos posponiendo tomar una acción. Afortunadamente es temporal, cuando recuperamos el orden interno vamos a reaccionar y decir “¿como es posible?”
  • Por culpa. Es inevitable que aparezca una fuerte sensación de culpa al principio, ligada a la vergüenza.
  • Por temor a represalias. ¿Que es lo peor que te puede pasar? Lo peor de lo peor es perder el empleo, que en muchos casos se puede convertir en lo mejor que te podría pasar.
  • Por necesidad económica. Cada uno tiene una situación personal diferente y por supuesto la presión económica afecta fuertemente a la decisión.

La lección aprendida es que cuando estamos mal en una empresa y sobre todo si en medio de un ambiente tóxico o bien hay componentes de acoso laboral (mobbing o como se le quiera llamar) hay que poner en la balanza todas las variables y tomar decisiones que cuestan, pero que son totalmente necesarias para salir de esa pesadilla.

Como hemos visto antes algunas de ellas cuesta sacarlas y reconocerlas porque tendremos que admitir el daño que nos causa una situación y vencer nuestro gran censor interno: el ego, la vergüenza y la culpa. Pero todos esos factores hay que ponerlos en el platillo y pesarlos: es la única forma de hacer un “análisis de daños” y tomar una acción.

Hay que preguntarse siempre:

  • ¿Cuanta importancia doy a un trauma emocional frente a la “seguridad” de no cambiar y aguantar en este trabajo que es dañino para mi?
  • Si ya sé que me va a afectar durante mucho tiempo, cuanto tiempo estoy dispuesto a soportarlo?

Espero te haya hecho pensar y si estás en una situación así tomes una decisión lo antes posible para que no te afecte.

¿Y qué pasa con el foie gras del título?

En la plaza de Pamplona hay un bar llamado Gaucho, ha ganado varios premios de tapas a nivel nacional. Su pincho de foie gras es espectacular. En cada mala experiencia hay algo que recordar… yo me quedé con esta… y poco más. Aún así no creo que vuelva a ese lugar.

Te invito a descubrir mucho más en Hoy Motivación.


Originally published at hoymotivacion.com on June 23, 2015.