¡Dejen las alfombras en su sitio, por favor!

Cuando pienso en 2007 solo vienen a mi mente malos recuerdos. En un solo año estuve a punto de morirme, dos mujeres que no se conocían entre sí intentaron arruinarme la vida fingiendo sus muertes y mis dos últimos referentes literarios vivos, Kurt Vonnegut y Paco Umbral, se murieron de verdad.

Me acuerdo del día en que recibí la noticia de la muerte de Kurt porque estaba en la cama de un hospital. Emilia me envió un mensaje que decía: «Se ha muerto KV. Me acordé de ti al enterarme. Lo siento mucho». Fue lo último que supe de Emilia, así que calculo que también ella se murió después de aquello.

La muerte de Paco me sorprendió en otra cama, en la mía, intentando reponerme del último golpe. Gracias a Umbral –a una lectura temprana de Mortal y rosa– supe que debía escribir. Gracias a Vonnegut –al descubrimiento deslumbrante de Madre Noche– comprendí que ya no hacía falta. La llama que uno encendió la apagó el otro.

Igual que aquella llama, la vida de Kurt Vonnegut se apagó el 11 abril de 2007. Yo empezaba a comulgar entonces con un raro pragmatismo –detesto llamarlo resignación– que me hacía buscar el lado positivo de las cosas horribles. Vivir postrado en una cama, por ejemplo, era una buena excusa para leer todo el tiempo. Así que, pensé, era posible que su muerte sirviera al menos para que se recuperase su catálogo. Quise creer que volverían a editar Madre Noche, Cuna de gato, Dios le bendiga, Mr. Rosewater, El desayuno de los campeones, Pájaro de celda y todos esos títulos que, a excepción de Matadero Cinco, Anagrama ha ido dejando caer incesantemente en el olvido. Pero no fue así. Anagrama siguió explorando otros caminos, se centró en la búsqueda de voces más rentables y cerró para siempre el grifo del icono del humanismo desencantado, del pesimista socarrón y entrañable que fue Kurt Vonnegut. Nos negó la gloria a unos cuantos –quién sabe cuántos– que esperábamos con ansia su vuelta mesiánica.

En lugar de eso, otras editoriales recién nacidas, muy entusiastas, comenzaron a hacerse con los derechos de los libros que nadie quería: viejos relatos de ciencia ficción torpes e insulsos primero, discursos universitarios después, y, ahora, este engendro perpetrado en sus horas más bajas, Cronomoto –traducción literal, aunque poco sugerente, del original Timequake–, que no es sino la refutación de algo evidente: como escritor, Kurt Vonnegut se murió mucho antes que como ser humano.

Cronomoto representa la guinda del revival fallido de un autor sobresaliente, pero no por nada que hubiese escrito más allá de 1973. El propio Vonnegut admitía, ya en el mismo prólogo, que llevaba unos diez años peleándose con una novela sin alma: «En el invierno de 1996 descubrí que yo era el creador de una novela que no funcionaba, que no tenía sentido, que, para empezar, nunca quiso ser escrita. Merde! Había dedicado casi una década a ese pez ingrato. Ni siquiera servía como carnada para tiburones».

Estaba a punto de cumplir los 74. Era un viejo escritor que ya lo había dicho todo. Y varias veces, además. Sus años de esplendor quedaban muy atrás. La década gloriosa de los sesenta, que arrancó con Madre Noche y terminó con Matadero Cinco, era solo un bonito recuerdo del que hablar a sus nietos. La de los setenta, digamos la década aceptable, se caracterizó por la autocomplacencia y la inercia del éxito. En 1979 intentó quitarse la vida, como 35 años antes había hecho su madre. De no haber fracasado en su empeño, a estas horas estaríamos hablando de un autor bastante menos prolífico pero con títulos mucho más honrosos, porque después vendrían novelas que no harían más que certificar su triste declive: El Francotirador, Galápagos, Barbazul y, ya en los noventa, Birlibirloque y esto, Cronomoto.

Pero un escritor, ya se sabe –no importa los años que cumpla, que esté arrugado como un reptil o no recuerde el nombre de sus hijos–, es escritor hasta el día de su muerte. Por esa razón, quiero pensar, a principios de 1997, Kurt envió a su editor no una novela, sino un aborto de novela entremezclado con anécdotas personales y notas que, como bombas de humo, pretenden distraer al lector de la evidente falta de originalidad, frescura e ingenio de este relato que habla, una vez más, de saltos en el tiempo, como ya había hecho antes en Las Sirenas de Titán o Matadero Cinco.

Hacia el final de sus días, Vonnegut se convirtió en un abuelito entrañable, en un gurú pop que decía con gran desparpajo todo lo que los norteamericanos hartos de Bush Jr. querían oír. Lo decía con el arrojo y desenfado propios de quien lo ha vivido todo y no tiene nada que perder porque no espera vivir mucho más. Y hasta ahí es importante. Pero existe otro Vonnegut ciertamente más interesante: el padre forzoso de seis hijos que plantó cara a los envites de la vida creando obras inmortales. Debería preocuparnos rescatar a ese Vonnegut para las generaciones que vendrán, no solo para las presentes, en vez de seguir editando títulos innecesarios y mediocres, resucitando al autor a cualquier precio. Porque, admitámoslo, buscando debajo de sus alfombras no se le hace ninguna justicia. El homenaje deja de ser homenaje para convertirse en simple marketing.