Insights con brillantina

Hay un momento en que sabés. Debí haberlo sabido el 11 de abril de 2007, día en que según mi carpeta de Spam me suscribí a uno de esos sitios porno de rubias con tetas DDD y uñas curvadas como cumas. No lo supe entonces. Tenía 20 años recién cumplidos.

Tampoco lo supe en 2000, cuando el milenio recién estrenado nos trajo también las súbitas tetas de la bicha más guapa del salón y yo no paraba de verla. Me fascinaban las suyas más que mis mismas tetas, tan del milenio pasado y fruto de tanta incomodidad. Las de ella eran más pequeñas, pero merecedoras de la palabra más espantosa de toda la lengua española y sus variables: sus tetas eran turgentes. Una vez nos apresuramos a tomar un cuaderno y mi brazo las rozó un segundo. Pensé en eso durante años.

Ambas acabábamos de cumplir 13. A esa edad una no sabe absolutamente nada, aunque crea que sí.

Debí haberlo sabido cuando por fin hubo internet en casa y dedicaba madrugadas enteras a elegir videos porno en donde se notara que ella la estaba pasando bien. Pensé entonces que era un asunto de empatía; nadie quiere masturbarse pasándola mal. Hasta los masoquistas gozan su dolor.

Es tan difícil hallar un video de sexo heterosexual en donde ella se lo esté pasando bien. Es tan difícil admitirte que eso está mal porque la más liberal de las educaciones sexuales no te habla de la incomodidad, de los tipos horrorizados porque les decís cómo penetrarte, de que algo está mal cuando tenés que aprender a que te guste coger así y pensás en hacer adecuaciones pedagógicas para tu vulva. No te dice que los orgasmos no necesitan de un detallado plan de investigación-acción. Creés, pues, que ver fijamente al techo mientras un metalero bufa encima tuyo es algo muy normal.

Eso debería haberme bastado para saber, pero no.

Lo supe un sábado, estaba insolada y deshidratada; no había comido mayor cosa. Llevaba años teniendo sexo con mujeres, estaba enamorada de una. No había que ver al techo, nadie se la pasaba ni remotamente mal. Iban seis Supremas y contando. Alrededor mío, muchachos bailaban con muchachos; muchachas susurraban cosas dulces en los oídos de otras muchachas. El mundo estaba al revés, según un montón de gente, pero para mí cuadraba todo.

El hombre más hermoso que he visto en mi vida, un marica exiliado y extasiado de ser por fin él en el país que lo mandó a la mierda, me tomó de la mano. Yo no bailo. Crecí pensando que mi cuerpo era una carga, una cosa amorfa con la que incidentalmente hay que lidiar. Los hombres que bufaban me lo martillaban a embestidas, una y otra vez. La mano de Alejandro, yo diciendo que sí. La salsa con la que crecí, el vaivén del mar, las seis Supremas, el hombre hermoso que bailaba conmigo, el mundo al revés. El éxtasis de las tetas de Karla Elisa, los ojos de Annie Lennox, las muchachas del porno, todo uniéndose.

Saber, por fin.

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