Obituarios púrpura

Hace una semana, el jueves, encontraron a Alessa estrangulada en un hotel de la Ciudad de México. Su nombre apareció en Facebook entre comillas, como si fuese un seudónimo. Su muerte no quedará registrada como lo que es, un transfemicidio, porque ni quienes reportan su muerte en los medios escritos ni quienes procesan su denuncia la consideran mujer. Alessa tenía 28 años. La esperanza de vida de las mujeres trans es menor a los 35 años en el 80% de Latinoamérica. En El Salvador es de 29.

El domingo, el reporte era sobre Lucía, una argentina. Sobre ella, sobre sus 16 años, sobre los hombres que le doblaban la edad y una semana antes la hicieron pasar por una muerte tan inhumana y brutal que prefiero no reproducirla. Su sonrisa, su arete, el frío en el ano y en la vulva cuando pienso en lo que le pasó. Su cara en Facebook. El reporte detallado del horror que antecedió su muerte.

El lunes fue el tipo que se bajó de la 42 tras de mí y me persiguió para decirme que a él le gustan como yo, bravas. Fue quebrarle la nariz cuando me haló del brazo cuando vio que no le respondía. El miedo en el cuello, en el ano, en la vulva mientras sentía sus huesos quebrarse bajo los míos. Salir, luego, corriendo. Tenía que regresar al trabajo.

Hoy, viernes, es Santanita Gómez, un año menor que yo, muerta de 25 puñaladas en la paz de Osicala, Morazán. En la paz de su propia casa. Pero para nosotras no hay paz, ni en Osicala ni en Argentina ni en la Basílica de Guadalupe ni en la Ciudad de México. En Facebook, la nota sobre su asesinato aparece arriba de la cara pixeleada de Liz, mexicana, violada y golpeada por su novio tras no darle la contraseña de su celular.

Ya sé que no me corresponde, pero estoy cansada. No sé qué tan efectivo sea tener Facebook, Twitter, tapizado de mujeres muertas, violadas, empaladas, apuñaladas. No sé qué tan sano sea.

Quiérase o no, los rostros pixeleados y las sonrisas de ultratumba de tantas muchachas muertas me incomodan a mí en mi casa, bajo mis sábanas, con mis gatas, sin novio celoso en el horizonte porque mis parejas son mujeres. ¿Qué derecho tengo yo a cansarme cuando mi vida está “a salvo” (excepto cuando un cabrón decide que le gustan como yo, bravas)? ¿Con qué cara puedo decirle a las feministas de mi entorno que por favor dejen de convertir mi Facebook, mi Twitter, en un incesante obituario de mujeres? ¿Con qué derecho?

Antes, hace poquísimo tiempo, nuestros cadáveres no aparecían por ningún lado. Nuestras parejas, sus familias quizá las nuestras propias; nuestras comunidades y nuestros gobiernos nos enterraban (si teníamos suerte) en algún patio y nadie reparaba en nuestra ausencia. Luego, cuando las circunstancias eran particularmente mórbidas, todas nuestras muertes caían bajo la etiqueta del crimen pasional, una amable categoría con la cual justificaban nuestra muerte porque “el muchacho tuvo un arranque de celos y la desfiguró y la violó y le cortó los senos porque el otro muchacho le sonrió en la calle”. Ahora, gracias a nosotras mismas, nuestras muertes se conocen. Se difunden. Se condenan.

Pero yo no puedo más. De verdad que no. No tengo la entereza emocional para leer sobre cada asesinato de cada muchacha que me sonríe desde el Inframundo en alguna fotografía que Facebook eligió para ilustrar su muerte. No puedo con tanto frío en la vulva, en el ano, en el cuello, para leer de muchachas empaladas y acuchilladas y ahorcadas. No lo necesito para saber que el machismo mata. No es sano para mí. Pero no tengo el valor de decirle a las amigas feministas que no tengo la fuerza de lidiar con tanta muerta.

Ojalá tenerla, como la tiene Karla Avelar, para pulular de sede a sede de Medicina Legal para reconocer el cadáver de Krissia e impedir que se la reporte como Néstor, una persona que ella nunca fue. Pero no la tengo. Por eso no terminé Derecho: no soporto tanta barbarie.

Pero hay algo potente en la sonrisa de Lucía y el valor de Alessa de ser Alessa y el nombre de Santanita, rompiendo con su asesinato la calma de Morazán. En el empuje de las compas porque sepamos sus nombres, conozcamos sus rostros y denunciemos a sus asesinos. Algo que enoja a muchos (hombres) que nunca conocerán el terror de un holaaaa que un desconocido que arrastra la última vocal te suelta en la calle. Ese algo lo celebro, lo acompaño, lo grito, pero hoy ya no puedo leer sobre más muertas. Ya no doy más. Estoy cansada de estar aterrada por mí, por mi hermana, por las compas trans trabajadoras sexuales. Ya no doy más.

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