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El bus que nos llevará desde Guayará a Rurrenabaque sale casi vacío. En él viaja un par de familias, una de ellas con un cachorro que parece un peluche y una gallina amarrada como en una especie de bolso; Su cacareo hace sonreír a los turistas (los franceses y yo). También viaja con nosotros un tipo con una voz muy ronca, por su acento no parece Boliviano, y por su forma de moverse continuamente por el bus me recuerda a los drogadictos que viajaban conmigo en el autobús a Ciudad Real. Yo viajaba cada día durante dos años a estudiar el bachillerato, ellos a tomar su dosis de metadona.

En el primer pueblo que paramos se sube una religiosa, una hermana, una monja para entendernos. Es bastante mayor, y su sobrina nos la «encarga» para que tengamos cuidado de ella. Viajará sola. También sube un joven Emo, un Emo Boliviano.

El paisaje es plano, muy plano, de cuando en cuando nos cruzamos con caballos y vacas, o algún camión. cerramos las cortinas a toda prisa para que no entre más polvo del que ya hay en el bus. La carretera es de tierra roja, y aunque muy recta llena de baches, por eso, y por las condiciones del bus, las puertas del maletero se abren en marcha un par de veces y las mochilas caen. No sé si la mía cayó, pero tierra tiene eso sí. El tipo de la voz ronca se encargará de vigilar las puertas del maletero a partir de ahora, propone al conductor. No sabemos cómo, se sube al techo, nos damos cuenta por la sombra que proyecta el bus en el camino, se ve incluso cómo levanta los brazos al aire, como en cualquier road movie de adolescente americano.

Aparte de más caballos y vacas, ahora a los lados de la carretera se ven muchas garzas y algún que otro caimán que corre huyendo, seguramente, del tremendo ruido que emite nuestro destartalado bus.

Por la tarde hacemos una pausa en la terminal de un pueblo para ir al baño, cenar algo o simplemente estirar las piernas. Ayudo a la monja a bajar, pero a causa de la altura del bus se fastidia un poco la rodilla. Pone gesto de cagarse en Di… . La dejamos sentada en un tronco de palmera que hay tumbado en el suelo y cuyos extremos están tallados con forma de animales de la zona; Un armadillo, un oso hormiguero… Los franceses como siempre van a su bola. Yo no ceno con ellos, por orgullo y por falta de hambre, pero más por orgullo! Me dedico en cambio a husmear por las tiendas de comestibles cercanas a la terminal. En una de ellas encuentro al tipo de la voz ronca haciendo malabares con machetes para así conseguir una manzana gratis. Le explica a la tendera que no tiene dinero y que viaja con su madre muy anciana:

– Mírela, ahí está sentada. Señala a la monja desde lejos. A la tendera se le ablanda el corazón y le da unas cuantas piezas de fruta. A mí me da la risa por lo sofisticado de la operación.

Después de un rato más husmeando por las tiendas me acerco al bus para ver si la monja necesita algo. Por el camino fue amable conmigo, me dio una naranja, …y también una manzana mordisqueada para que la tirara por la ventana. Permanece sentada en el tronco de palmera, a unos metros el Emo boliviano y el tipo de la voz ronca que nos cuenta que viene de Argentina. Con la mirada perdida también nos dice que él solo hace el bien, aunque su padre sólo le enseñó cosas malas, pero que con las pastillas y la medicación…. La monja, el Emo y yo nos miramos de reojo. Los grillos dejan de cantar. El tipo vuelve a sacar sus machetes para ofrecernos un show antes de volver a subir al bus.

De nuevo arriba, todos tomamos nuestros asientos, el perrillo corretea por el pasillo cual bola de pelusa, no hay rastros de la gallina ahora que pienso. La monja me habla de su viaje; que si venía de visitar a su hermana enferma, …que si vive en Cochabamba, …que si esto o aquello. Tiene por delante muchas más hora de bus que yo. – Hay que tener paciencia entonces. le digo. Y ella con la cara más tierna que una abuela pueda poner me contesta; – Sacrificio, sacrificio.

Me recordó a un personaje de un cómic de Ralf könnig, una monja que compite con otras para ver quién sufre más.

Después de catorce horas de viaje llegamos a nuestro destino. Las barreras de entrada a la ciudad se abren literalmente a nosotros. El cachorro continúa correteando por el pasillo desde el fondo. La monja me desea lo mejor y con gesto papal me envía bendiciones. Yo le deseo un buen viaje y que por el bien del resto de los pasajeros no se sacrifique.

Alvaro Caminero