Migrar, extraviarse

Las aves migratorias son animalitos obsesivos: atraviesan continentes para ir a pasar una temporada en la misma rama del mismo árbol, año con año. Es un modo extraño de arraigo ese que implica dividir la vida en estaciones, aunque algo de sabiduría hay en el siempre viajar para llegar a casa.

Un ave migratoria se puede orientar por la posición del sol o por los campos magnéticos de la Tierra. Sus cabezas son pequeñas brújulas que tiran hacia un lado o al otro. Pero, también, las aves recurren a referencias visuales durante sus migraciones: ubican ciertas montañas, algunas construcciones, cuerpos de agua.

Los humanos, esas bestias del cambio que somos, configuramos continuamente el paisaje: derribamos, construimos, contenemos. Esto resulta en que algunas aves, durante su migración, se desvíen ligeramente de su camino, desorientadas. El 11 de septiembre de 2010, por ejemplo, varias parvadas provenientes de Canadá pasaron por Nueva York. Las luces encendidas en donde estuvieron alguna vez las Torres Gemelas, desorientaron a las aves que desconocieron el territorio. Afortunadamente, no somos una especie tan mezquina y se les concedieron cinco intervalos de veinte minutos para que pasaran sin destantearse.

Uno que es un animal que es más bien sedentario, al grado que puede estacionarse en la misma calle por años o incluso por varias vidas, también depende de esas referencias visuales para orientarse en la realidad. Ver el mismo árbol todas las mañanas, la luz parpadeante en el letrero de cerveza que corona a la tiendita de la esquina, ver los mismos negocios día con día, hasta el día que ya no abren y se vuelven, durante unos meses, en cámara lenta, un local en renta y finalmente un nuevo negocio.

Así es como opera la nostalgia: nos preguntamos, melancólicos “¿seguirá ahí, bajo la ventana, ese arbusto que se llenaba de flores blancas en el verano?” y, al no saber cuál es la respuesta, nos ataca una angustia creciente: el mundo, ese que conocimos de memoria, que nos cantaba una canción con sus referencias visuales, está (o no) cambiando lejos de nuestros ojos.

De esos árboles que no veremos crecer o secarse, de esas fachadas que cambiarán o no de color lejos de nosotros, de esos suelos que repavimentarán o empedrarán o se llenarán de baches sin que lo atestigüemos, está hecha la nostalgia. Nos quedamos, como aves extraviadas, dando vueltas sin reconocer qué es la realidad ni dónde ocurre.