Los deportados no son gente desechable

EL Parque de la Amistad ubicado en la frontera entre San Ysidro, California, Estados Unidos y Tijuana Mexico.

Las personas deportadas regresan a El Salvador solo con una maleta cargada de discriminación. La mayoría carece de familia o amigos en el país. Vulnerables, y obligados a integrarse a un país del que decidieron salir, la mayoría busca refugio en algo que les recuerde a la realidad de la que fueron sustraídos.

¿Quién gana con las deportaciones?

Pero no todos pierden con la deportación. Las empresas privadas ganan un beneficio económico por cada persona deportada; esa es una de las premisas de “Where you from?,” tesis de posgrado de la investigadora estadounidense Hilary Goodfriend, presentada en la UCA. El documento está basado en discursos de identidad construidos por trabajadores de call center en El Salvador, que han sido deportados en Estados Unidos.

El régimen de deportación creció rápidamente y el surgimiento de la privatización del sistema de detención de los inmigrantes resultó en una industria que beneficia de los deportados.

El National Immigration Forum declaro en 2013 “la expansión del sistema de detención inmigrante ha creado un mercado rentable para los involucrados en operar las cárceles estatales y locales. La industria de las prisiones privadas también ha sido beneficiada directamente por esta expansión.”

Según Goodfriend, contratistas como Corrections Corporation of America (CCA) y Geo Group, Inc. (GEO) — quienes son contratados por el U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) — reportaron ingresos anuales de $1.8 mil millones y $1.5 mil millones, respectivamente, en 2012. Por su parte, El Salvador registró 28,842 retornados en 2014.

Según National Immigration Forum, la CCA fue uno de los 36 patrocinadores de la ley migratoria S.B. 1070 de Arizona. Esta legislación permitía que, dentro del este estado fronterizo, la policía pudiera indagar el estatus migratorio de cualquier detenido.

Hasta el 2010, Estados Unidos había elaborado más de 5,000 leyes migratorias y 800 leyes estatales contra los inmigrantes. Para las empresas privadas que trabajan con el gobierno estadounidense, más deportados significa más dinero.

Pero los centros de detenciones no son los únicos que benefician de las deportaciones de inmigrantes. A más de 3,900 kilómetros, en El Salvador, los call centers han crecido un 29% entre 2005 y 2011. Actualmente, cuentan con más de 17,000 empleados. Este sector beneficia a muchos deportados quienes han crecido en Estados Unidos y aprendieron el idioma inglés.

“Esta interacción entre neoliberalización, migración y deportación ha establecido una especie de ciclo paradójico”, asegura Goodfriend. “Los salvadoreños emigran hacia los EE.UU., son expulsados, y son reabsorbidos por el sector de los call centers… El mismo aparato de capital transaccional que facilitó que expulsaran a mucha de esa gente,” sentenció la investigadora.

Where are you from?

Eddy Sánchez pasó diez años en las sombras. Fue capturado en un estacionamiento. Él dice ser inocente, pero fue perseguido y arrestado por tráfico de drogas. Ese señalamiento le obligó a salir de EE.UU. después de 24 años. “Fue un cambio de vida inesperado,” resume Sánchez.

Asustado por los cargos en su contra, puso todas sus pertenencias bajo el nombre de otra persona. Así intentó ocultar su presencia en EEUU, al igual que muchos indocumentados. Sin embargo, fue inútil. Sánchez fue deportado en 2007.

Al llegar a su país natal, en la que no se identificaba completamente, el deseo de “empezar de nuevo” lo llevó a trabajar en un call center. Allí no tuvo problemas en adaptarse. “La cultura americana se sostenía ahí,” afirma. La gran mayoría de los empleados eran deportados.

“Conoces a gente de Estados Unidos. Conoces a gente que habla inglés y que prácticamente están en tu misma situación: deportados e intentando sobrevivir. Gente que todavía tiene Estados Unidos en su corazón, aunque están en El Salvador,” dice Sánchez.

“Por lo tanto, muchos de los deportados que pasaron gran parte de sus vidas en Norteamérica entendían sus vidas allí como un proceso de ‘volverse norteamericano’, solo para terminar abandonados en una tierra desconocida,” dice Goodfriend.

Atrapados en un país donde no se identifican, los call centers son una ventana de escape, de la que también se benefician económicamente; y ese aspecto no es un detalle menor en el más pequeño de los países de Centroamérica. En El Salvador, el subempleo abarca a más del 40% de la población. En el sector formal, por ejemplo, más del 50% de las exportaciones corresponde a la maquila textil. Pero a la vez, este rubro que fue insignia del modelo de desarrollo de los años 90’s, se caracteriza por sus bajos salarios y sus pésimas condiciones laborales.

Sin embargo, el call center y la maquila no están tan lejos como parecen. Al menos eso cree Goodfriend: “Con un modelo establecido por la desregulación, las condiciones laborales en los call centers consisten en situaciones muy precarias que incluyen vigilancia constante, poco acceso al baño, un ritmo muy acelerado de trabajo, mínimo tiempo de descanso, pocas oportunidades para ascender y fuertes prácticas antisindicales,” recalca.

El estigma de la deportación

“Hubo un tiempo que ponían una foto cada vez que alguien moría en el trabajo pero después de tantos cada semana, dejaron de hacerlo,” asegura Sánchez. “Los salvadoreños ven a los deportados como criminales y teníamos ese estigma donde no nos respetaban. Pensaban que si eres deportado era porque eres malo y estabas en una pandilla,” asegura Sánchez.

Goodfriend indica que la creencia que los deportados habían traído a las pandillas — la cual surgió en los 90’s — , todavía está muy presente en la mayoría de salvadoreños. En realidad, en el 2010 se reportó que solo un 40% de deportados tenían antecedentes penales, y de esos el 32% correspondían a crímenes no violentos como manejar ebrio, cometer infracciones a las leyes de tránsito o tener documentos falsos.

Debido a ese estigma, Sánchez cuenta que tuvo que cambiar muchas de sus costumbres. Su manera de caminar, hablar y vestir, podía transmitir la percepción errónea. Podía dar lugar a imaginar que era miembro pandilla. Según relata, esas confusiones costaron la vida de algunos de sus compañeros en el call center. “Mataban a muchos de mis amigos solo por eso, cuando no estaban involucrados con las pandillas,” recuerda.

Obligados a escapar de su país natal, tratados como mercancía en su lugar de residencia, expulsados, tomados como mano de obra barata, estigmatizados… Así podría resumirse la vida de cientos de salvadoreños que a diario regresan deportados cada día.

“No somos perfectos y el país definitivamente no es perfecto, pero somos como cualquier persona que está tratando de tener una mejor vida con la esperanza que el trabajo nos haga salir adelante,” concluye Sánchez.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.