En buena hora cayó tu reloj

Tardó un minuto mi tiempo del mundo; treinta esperándote y en treinta te fuiste. Están ambas mitades perfectamente unidas, casi como un sólo minuto que carece de relleno, pues esta es una mesa a dos sillas y una desde la mía se ve. Sí, te trato de decir que estoy sola usando elegancias, por si no me respondés, creer que nunca entendiste y no que simplemente no estás. Te pido, decime ya, ¿partiste de dónde y con qué rumbo…? Sí que lo hiciste, pero de mí, donde quiera que estés.
Mi vida fue entonces una expectativa, un trote de inicio a fin del minutero. Tuve sesenta segundos, dos gajos de treinta, donde lo imposible se vistió de circunstancial; donde la espera podría ser eternamente una demora y lo irrealizable libremente podría robarle un par de prendas pintorescas a lo probable. Disfracé mis penas antecediéndolas por un “si” que nunca llegué a tildar. Voy sólo…, no, no, voy sola. Pero no llegó, sólo se cambió de reloj, aquí o allá, por doquier. Estuvo más en mí en la espera que en la ida, mas nunca con ni junto, sólo en; redefiniendo la compañía al contraponerla al olvidar o al acto de recordar.
Ojalá treinta segundos fueran suficientes para una puñalada, porque el dolor es un boleto en trenes de fuga al exilio, y tu apresurada partida no dio para juzgarte. No corrió sangre, no me heriste siquiera. Así que echaste prendas al maletón como un invitado, y las puertas que cierran los convidados quedan malditas de por vida, imposibles de trancar ¿Te puedo exiliar de mí de la mano?, llevarte al olvido acompañado. Deseo en mis brazos rogarte un retorno para matarte mientras sonrío. No sólo te encamino al olvido y te dejo en alguna parte junto al pasado que creaste y siempre prometiste recrear, cree un campamento ubicado donde los recuerdos se inclinan para ser doblados en esbozos rechazados, conocí los vecinos de las ventanas y lenguas más grandes para que me cuenten cada vez que te vean dando los primeros pasos hacia el desuso y el extravío. Yo, tu pasado, tu noble creación, tu punto de partida hoy y cada vez que marchés por primera vez.
Esto del amor, apodado con los matices que merece, sin flores ni tronos, es escribir el olvido en piedra: darte un mapa al recuerdo porque de tantas idas y vueltas ya no lo ocupo, ya me sé la ruta al olvido de memoria. El día que tiraste por mi ventana aprendí a pisar los caminos con más fuerza, a hacer huellas en las calles y moldear las ramas en flechas. Caminábamos marcando la mitad por si en años debíamos encontrarnos; y andábamos y vagábamos alargando el intermedio sin soltar la pluma con que rayamos el mundo entero. “Tal vez” que fuimos, “tal vez” que no volvimos; ahora en este mundo de posibilidades donde vivo, todos los inicios de mis frases contigo los debo anexar a causa de la maldición que me dejaste enrollada en tu perfume. Impresionante la miseria que ocasiona una partida: te roba con arma en mano sólo un espacio entre palabras, pero el mundo entero deja su órbita para pasar de ser corpóreo y existente a ocasional y episódico.
“En buena hora cayó tu reloj”. En buena hora se te cayó el reloj; y ahí, mientras tanto, yo te esperaba ya lista para velar, no a un muerto sino a dos semejantes tan vivos en ese entonces. Ahora lo he dejado caer yo, y no me dijiste si te dolió. He perdido la noción del tiempo pues no lo encuentro, no sé donde estás. Treinta segundos y treinta después, sin duda, el tiempo del mundo cuando no hay nadie que te lo lleve, si habés vestido lo imposible con un broche de “quizás”. Y ahora, repito el mismo minuto una y otra vez, pues no tengo idea de que hora es, y ante dejarte desconociendo la hora, prefieren y me dictan mis ansias, esperar a estar segura de haberte aguardado lo prometido. Así me lo he ido aprendiendo el guion: causas y respuestas yuxtapuestas como un párrafo de sesenta líneas rectas que hacen tic y tac. Ahora, sólo vuelvo a esperar a que saqués el mapa que te di, ese que lleva al olvido, al café prohibido.
La dama pone la taza en la mesa; le traen una nueva sólo con dos sorbos sin necesidad de pedirla, se levanta y se vuelve a sentar a la hora que cayó su reloj.
