BREAKUP: Prueba Cooper de la vida

No es fácil terminar un noviazgo de muchos días y pocos años; no, no por el cliché de “se va una parte de ti y finaliza algo que por un periodo dio mucho”, sino por lo que pasa cuando ya no existe un lazo de tal fuerza.

De forma inconsciente vamos cediendo nuestra libertad e interés a nuestra persona; tomamos decisiones en dos olvidando que somos uno primero. Dejamos de hablar con X o Y porque, aunque no nos lo piden, sabemos que es incómodo para el otro. Aquí es donde ocurre el choque al pasar de estar en a estar sin.

Terminamos de la forma más ideal y fantasiosa donde seguimos bromeando y platicando, pero una de las partes (normal, supongo) batalla más que la otra para dejar ir lo que se marchó hace tiempo ya; la otra, por el contrario, anda recorriendo 20 caminos diferentes y no sabe ni por cuál iniciar el nuevo viaje.

No tengo intensión de hablar sobre la primera persona y como afronta su vida ahora que ha cambiado, sino de la contra-parte y cómo es que ésta se enfrenta a algo nuevo y diferente de lo que había vivido por un largo periodo.

Es difícil ser quien decide poner fin a algo que involucra a un tercero, sin embargo, es más el saber qué hacer después de… por linda que haya sido la relación, ahora que no se tiene, simula la sensación de libertad posterior a una atadura en el tobillo.

Te topas con un desconocimiento que no sabías existía tiempo atrás; comienzas a correr pero sin saber si es porque tuviste que caminar demasiado tiempo o si lo haces porque realmente tienes ganas de hacerlo. Quieres helado de 5 sabores sin saber si es porque es un antojo y los quieres juntos o debido a que tuviste que comer avena un largo tiempo; de hecho, si quiera sabes si quieres helado, tal vez sólo quieres algo que no sea tan seco.

Comienzas a correr en la pista del campus, ves publicidad de maratones y piensas “entrenaré para participar en este y este y ese otro” y comienzas a pensar solamente en que tienes que correr más, mejorar tu condición física, alimentarte de forma correcta (…) en pocas palabras, sólo piensas en los maratones. Platicas con tus amigas y te alientan a participar porque “le vendría bien a tu cuerpo y ya lo necesita” pero en las noches, cuando estás a punto de conversar con Morfeo (sobre lo mucho que te gusta correr ahora), surge la incógnita sobre si disfrutas correr o si lo haces porque quieres hacer más que caminar; te preguntas si realmente te fascina poner un pie tras otro por una distancia indefinida o si golpear un costal tendría el mismo efecto.

Ahora que te surgen estas ideas disparatadas, optas por un día no correr y sentarte a identificar si lo que quieres es andar en bicicleta, pero como también corriendo se avanza, lo haces. Lo externas y te dicen que es una posibilidad pero que te ves tan feliz corriendo que es el gusto por y no por la necesidad de hacer algo distinto.

Decides que es el interés por conocer otras actividades más allá de caminar, no obstante, hay días en los que no eres capaz de evitarlo porque, seamos honestos, se siente tan bien chocar contra el viento. Tu conflicto continúa y es verdad que no se sabe cuándo terminará.

Por otro lado, estás convencida de no querer volver a caminar y no porque ya no te guste ni porque no lo vayas a volver a hacer en la vida, de hecho estás abierta a esa posibilidad, sin embargo ya no lo quieres ahorita. El “problema” entre comillas radica en que quieres evitar el interrogatorio de por qué has dejado de caminar si demostrabas felicidad al hacerlo; no quieres responder preguntas en relación a:

  • ¿Y cuánto caminas ya?
  • ¿No te quemas horrible?
  • ¿Qué tal la caminata?
  • ¿Hoy caminarás?

Es algo que ya no haces pero no puedes poner un espectacular con la única finalidad de anunciar al mundo que has dejado de caminar por decisión propia. Quieres que lo sepan todos, que corra como la noticia de la presentación del nuevo iPhone, pero al saber que no es un tema público no lo haces. Sólo te queda el, entre palabras, aclarar tu ausencia en la caminata y guardar la esperanza de que entenderán el mensaje indirectamente directo que les has enviado.

La mayor dificultad es el enfrentarse con uno mismo a esta nueva capacidad que se tiene: hacer lo que te de la gana.

Tienes la capacidad de decidir qué, cómo, cuándo, dónde, con quién, sin tener necesariamente un por qué. Sientes esa libertad que cuando de pequeño te soltaron por primera vez y corriste lo más rápido posible sin importar si te caías y raspabas; lloras 10 segundo pero al instante ya estás corriendo de nuevo. La diferencia está en que sabemos que podemos correr pero también que podemos caernos y ahí es donde entra el miedo: quiero, pero ¿y si…?

La única solución es, como cuando de niños, saber que los raspones muchas ocasiones si quiera dejan marca y los que sí, con el tiempo dejan de causar dolor.

Ahora que hemos roto esa cadena en el tobillo tenemos que movernos sin preocuparnos tanto de si es porque queremos o porque lo necesitamos, simplemente hacerlo y disfrutarlo ya que en cualquier momento podemos volver a caer de corazón y ponernos esa cadenita una vez más. Si corremos sin cadena disfrutamos aún más cuando la tenemos puesta porque ahora ésta es la que le da un giro a nuestra vida.

Lo único que se puede hacer es disfrutar de la libertad que, si la buscamos o no, ya tenemos. Aprender a chocar, caernos, tropezarnos y resbalarnos pero disfrutar incluso la adrenalina que se siente entre volar y llegar al suelo. Después te paras y te sobas.

No es sencillo porque estás acostumbrado a algo y, como lo mencioné antes, hay 20 caminos que quieres recorrer; no dejes que tu problema sea el conocerlos sino el saber por cuál comenzar.

He de confesar que sigo enfrentándome a esa indecisión pero estoy consciente de lo que tengo que hacer para disfrutarlos y no sentirlos como pruebas Cooper que te obligaron a hacer en la clase deportiva que tomaste hace años, si no como un camino del que quiero disfrutar la vista y, ¿por qué no? compartirlo en Instagram.

Aclarando, la cadena no representa algo malo, representa una unión a algo/alguien; representa aprender a caminar juntos con 3 piernas en lugar de cuatro. Es bello vivirlo pero no significa que tengamos que hacerlo para toda la eternidad una vez que hemos cerrado el candado; siempre podemos guardar la llave para cuando querramos sentir que aún tenemos nuestras dos piernas y que podemos avanzar sin una fusión.