La La Hype

Después de darle muchas vueltas al asunto; después de pensar y pensar sobre qué podría escribir respecto a La La Land decidí no escribir nada. Bueno, nada formal, por lo menos. Esto no se trata de una crítica pensada y estructurada propiamente, sino de una simple opinión, de esas que quizá muchos no compartan, pero qué gusto da poder expresarlas.

Mucho — y, en verdad, mucho — se ha dicho sobre la película estrella del año pasado y que arrasará con todos los galardones habidos y por haber: Que si es bellísima; que si Jaque Demy para la era digital; que si ya no se hacen películas como ésta… En fin, cuanto cumplido existe, la película lo merece, y con todo eso a cuestas decidí entrar a la sala de cine.

Aun pese al monstruoso “La La Hype” — como he decidido llamarle — la película sobrevive. Me explico: Concuerdo con lo que se ha pronunciado sobre cada aspecto de la cinta. La La Land es un logro técnico, una historia llevada a sus mejores consecuencias gracias a dos magníficos actores — Emma Stone mejor que Gosling por aquello que se decía de Ginger Rogers, quien hacía lo mismo que Fred Astaire, pero en tacones — . Esta carta de amor musical a los musicales de amores es un bombón; todo un deleite de los sentidos.

Al salir de sus dos horas de embrujo, la primer comparación que tuve en la mente es que La La Land es un postre. De los más finos que hay. Su presentación exquisita, perfecto en casi cada sentido, de sabor excepcional, pero que tras comerlo nos deja poco.

Contrario a lo que me sucede con muchas películas que me dejan encandilado, no pude “tener una conversación” con lo último de Damien Chazelle. Antes de tildarme por conductas malsanas, sepan que a lo que me refiero es a desentrañar los temas que el filme trata, hilar pensamientos con lo que la obra nos dice y muestra.

Muchos le han colgado variadas explicaciones a lo que Chazelle y su Tierra La La quieren contarnos. Por un lado, unos opinan que se trata de un análisis de la vida en pareja en la era actual, puesto que sus protagonistas tienen emociones intensas y puras, pero que a la primer señal de conflicto, ambos se ensimisman de vuelto a sus empeños por tener fastuosas carreras; por otro, sus más despiadados críticos han visto una película “fascista”, incluso con tintes machistas, diseñada para adormecer a punta de colores malva y bailes encantadores el pensamiento crítico de la audiencia.

Y pues ni uno ni otro, creo yo. Estamos en un contexto de superlatividad en el que lo malo es atroz y lo bueno es siempre magnífico. En efecto la película es un despliegue de virtuosismo técnico — ¡esos movimientos de cámara! ¡esos colores! ¡esa iluminación! — , sin embargo, existen elementos para cuestionar su aura de perfección. Enlistados con afán de quitarlos de en medio: Su banda sonora, aunque efectiva y fascinante, no llega en su totalidad a ser memorable; diálogos absurdos que a más de uno harán voltear los ojos; un punto de tensión dramática — ese en el que brillantemente la música termina — previsible y artificial.

La La Land es una película tan transparente en temáticas e intenciones como lo puede haber. Una obra producto de una pasión loable y, por momentos transmisible. Para muchos el cine se divide en churros hollywoodenses abominables y piezas de arte tan crípticas como lejanas, dejando a un lado que pueden existir producciones, sí de origen norteamericano, no obstante con una calidad muy por encima del promedio, que, si se quiere, “nutrirán” poco nuestro intelecto, pero qué gozosa experiencia son.