Stanley Kubrick: Una vida en tres pisos

Durante un tiempo consideré a Stanley Kubrick como el cineasta definitivo. Mi admiración por la vida y obra del enfant terrible del Bronx me llevó a verlo como una especie de deidad cinematográfica; una figura quien, cámara en mano, habría puesto punto final a todo lo que podría ser dicho en materia del séptimo arte.

Cierto, con 14 años poco sabía, y nombres como Jean-Luc Godard, Max Ophüls, Billy Wilder, Erich von Stroheim, Yasujiro Ozu, Kenji Mizoguchi, Marcel Camus, Carl Theodor Dreyer, Benjamin Christensen — y un interminable etcétera — eran de naturaleza críptica para mí.

¿Pero cómo no sobrecogerse ante alguien que con poco más de 16 años cumplidos era ya considerado un fotógrafo destacado; alguien cuya obra ha sido tan venerada, como analizada con suma prolijidad?

Luego llegó la desmitificación del genio. La visión y metas que tenía cambiaron; mi bagaje en cuestión de cine, siempre en expansión, aún reserva un sitio especial, más no absoluto para Mr. Kubrick, a quién, tristemente, relegué en favor de otros autores.

Entra la Cineteca Nacional.

Desde el primero de diciembre hasta el 29 de mayo, la Cineteca Nacional pone ante el público una exposición con más de 900 objetos relacionados con el autor de Fear and Desire (1953). Se trata de una mirada íntegra al trabajo de uno de los mejores cineastas estadounidenses que han existido; cortesía de distintos acervos — incluido el de la familia Kubrick — la Galería del recinto alberga lo que esencialmente es una vida en tres pisos.

La primera sala nos presenta el portafolio de un joven bachiller, fotógrafo de la revista Look con una predilección por captar con luz natural la vulnerable humanidad sin máscaras. Desde esos primeros encuadres podemos notar que el interés de “Stan” era contar historias. “Piensen en historias, salgan y fotografíenlas […]” dijo el joven Kubrick, a sus 18 años, a la publicación Camera tras pedirle un consejo para los fotógrafos novatos.

“Stan es también bastante serio respecto a la cinematografía, y está por comenzar a filmar una producción sonora escrita y financiada por él mismo y algunos amigos” finaliza el texto de Camera. Y vaya que lo era.

Así, con esa promesa, exploramos su etapa como documentalista. Testimonios audiovisuales que no sobrepasan la hora de duración sobre combates ineludibles, vehículos de fe y sindicatos de alta mar: la obertura de una espléndida filmografía.

Las siguientes salas de la exposición, distribuidas en tres pisos y la planta baja de la galería, son lo más atractivo de la misma. Cartas, notas de la producción, material promocional, vestuarios, guiones, fotogramas, bocetos, storyboards se incorporan entre un sinfín de objetos pertenecientes a una carrera que se extiende desde 1953 hasta 1999.

Todo está ahí: un contraste entre el tríptico Guerra de Otto Dix y Paths of Glory (1957); indumentarias de Spartacus (1960); cartas pidiendo la censura de la cinta Lolita (1962); una réplica a escala de la Sala de Guerra como se vio en Dr. Stangelove (1964); el mismísimo HAL 9000 directo desde 2001: A Space Odyssey (1968); los platis del drugo, Alex DeLarge, tan pulcros como aparecen en A Clockwork Orange (1971); la cámara modificada con la que retrataron con luz natural la escalada social de Barry Lyndon (1975); en la sala de The Shining (1975), se exhibe la Adler Universal 39 en la que Jack Torrance escribió el ominoso “All work and no play makes Jack a dull boy”; el casco de Full Metal Jacket (1987) que grita “Nacido para matar” y, a su vez, luce un símbolo de paz; y, como punto final de su filmografía, una serie de instantáneas tomadas durante el rodaje de Eyes Wide Shut (1999).

Una colección como la que ahora se encuentra en la Cineteca, es de por sí digna de ser visitada: aquí tenemos una mirada más íntima al titánico trabajo realizado por Kubrick, que puede derivar en una apreciación diferente de, no solo sus cintas, sino de la cinematografía en general por parte del público. Sin embargo, al salir de la galería, para mí, la inamovible fascinación por el cineasta aún era parte del pasado.

A pesar de los elementos congregados, esta muestra es mucho más que las partes que la integran. La pequeña última estancia acoge un par de curiosas colecciones, sin duda las más significativas: lentes fotográficos de distintos tamaños, longitudes y formas, así como tableros de ajedrez, entre ellos uno electrónico. Recuerdo que en algún momento, durante mi fanatismo por Stanley Kubrick leí que en los primeros años de su carrera, el joven artista ganaba dinero a través de sus grandes pasiones, la fotografía y el ajedrez; pues aunado a sus labores con la lente, conseguía algunas monedas moviendo piezas por los escaques.

Lo digo: al finalizar mi recorrido, esa pequeña sala dejó un nudo en mi garganta; una vida pasó frente a mis ojos. Stanley Kubrick: La Exposición nos permite recorrer la existencia condensada de un hombre, más que cineasta: Nos asomamos a sus inicios, sus sueños, pasiones, e inquietudes; reímos de sus críticos, reafirmamos los halagos recibidos; nos maravillamos de su genio.

Difícilmente regresaré a ver a Stanley Kubrick como el cineasta definitivo. Su obra, como todas, depende de una apreciación sumamente particular y, por ende, es objeto de diversas críticas; no obstante de mi admiración y asombro ahora es objeto Stanley Kubrick, un hombre cuyos objetivos fueron refinándose con el paso del tiempo, un individuo con la mejor clase de genio, aquella que se sustenta en esfuerzo, fervor y una curiosidad inalcanzable.

Mr. Kubrick, usted ha escrito de sobra su nombre en las páginas de la Historia.

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