The Office: La vida en gris

Now that you know who you are
What do you want to be?
The Beatles — Baby you’re a rich man

Si naciste entre los años 80 y la primera mitad de la década de los 90, puedes considerarte miembro oficial de la Generación Y. Aunque quizás su otro nombre, ampliamente mediatizado, te sea más familiar: Millennial.

La Generación Y es liberal, más educada en comparación a sus padres y abuelos. Una estirpe que carece de Dios y de oportunidades laborales; pero más preocupada por el bienestar del prójimo, la humanidad, y la igualdad.

Sin embargo, está esa otra nomenclatura, la que fue impuesta por los Baby Boomers y la Generación X. La parte “Millennial” de la generación; un grupo de deleznables atributos escogidos en beneficio de una narrativa que nos precede: Narcisistas aislados con una negación a crecer. Causas perdidas autolegitimadas e improductivas.

Como niños, los ahora veinteañeros, fueron criados con la promesa de que, con el debido estudio y dedicación, la imaginación sería el límite. Siendo adolescentes se convirtieron en presas del “Yo a tu edad…”, mientras la utopía prometida comenzaba a desmoronarse.

¿Aunque cómo no creer en las historias rags to riches y en un mundo de infinitas posibilidades? Sobre todo, cuando la creadora de la biblia de la generación, Joanne Rowling, es un ejemplo de eso; o cuando las historias de éxito son de figuras que empezaron su sueño dentro de un garage, a la Steve Jobs.

No obstante, las fantasías se derrumban.

So what becomes of you my love
When they have finally stripped you of
The handbags and the gladrags
That your grandad had to sweat so you could buy
Chris Farlowe — Handbags and Gladrags

Despojados del oropel, ¿qué somos? Con la espalda a la niñez, y la cara hacia el futuro y la incertidumbre inherente, nos volvemos cada vez más familiares con un espacio en el cuál conviviremos en gran parte de nuestra vida próxima.

Actualmente, los rostros más lozanos de los espacios de trabajo ven sus intereses fragmentados. La adultez conlleva balancear los ideales con la realidad: algunos se han hecho a la idea de que sus anhelos tardarán en dar frutos, pero aún se les persigue; otros cuantos, los han abandonado rotundamente.

Entre paredes blancas y luces estériles se respira hastío; el desengaño, los errores y la inconformidad se han asentado en la forma de rostros inexpresivos. Abandonen toda esperanza, aquellos que aquí entren, pues ésto no es el infierno descrito por Dante; sin gloria ni condena: es la oficina.

Con un estilo de comedia cringe e incisiva, Ricky Gervais y Stephen Merchant se adentraron hace 15 años a este submundo de cubículos, para traernos una de las mejores producciones que la televisión británica ha dado en los últimos años, misma que se ha convertido en una de las series imprescindibles para nuestra generación.

The Office (2001) toma lugar en la filial de Slough de la empresa papelera Wenham Hogg. Ahí conocemos a cada uno de los empleados que dan “vida” al lugar: David Brent, gerente de sucursal con una personalidad discretamente intolerante y apenas tolerable; Tim, un reciente treintañero que aún vive con sus padres, quien para disipar brevemente la apatía de su vida le juega bromas a Gareth, un joven voluntario en el Ejercito Territorial tan extravagante como ambicioso; Dawn, recepcionista con aspiraciones artísticas, quien se ha conformado con una vida mediocre a lado de su prometido; y, como en la vida, los personajes secundarios, Keith (contador con sobrepeso y un eterno rostro abúlico), Chris “Finchy” Finch (clásico oficinista con ínfulas), etcétera.

Si bien en su planteamiento The Office parece valerse de estereotipos para conseguir risas con facilidad y dar el trabajo por terminado, a lo largo de 12 capítulos y dos especiales la serie se guarda un nicho importante en la cultura popular al conceder a sus memorables personajes profundidad y utilizarlos como medios para contar, más allá de brillantes e hilarantes situaciones, historias sobre la búsqueda de la felicidad y el amor, el conformismo y los anhelos. Todo esto desde su tema de entrada.

Descrita como un mensaje para una adolescente sobre la felicidad que no se encuentra en los bolsos ni en la moda, por su autor Mike d’Abo, Handbags and Gladrags sirve como introducción — y epílogo — de ese breve, pero significativo, recordatorio de que aun cuando la vida parece no marchar como como lo esperábamos, los momentos de felicidad siempre serán dignos de perseguirse.

O, en palabras de la “filósofa” Dolly Parton: “Si quieres el arcoíris, tienes que soportar la lluvia”.

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