“Aquí no hay quien viva, aquí no, aquí no”

Hace 3 semanas mi mamá y mi hermana se fueron del país.

No, corrijo: este país las botó.

“¡Y punto en boca!”

Mi mamá siempre fue una ciudadana del mundo. Viajó a España y Francia desde niña y más allá de saber hacer arepas, mi mamá es una ciudadana genérica, citadina. Nunca le gustó Anaco, estoy segura que no lo extraña para nada. Nunca la escuché decir “mi pueblo” o extrañar la tranquilidad de un pueblo con unas 8 avenidas, 2 calles grandes y un boulevard. Ha vivido en la ciudad, en un páramo, al lado del Orinoco y cerca del mar.

Cuando mi mamá salía del país por vacaciones no le dolía la cabeza, su -único- riñón no echaba vaina ni un poquito, nada. A mi mamá no la ata la familia ni los amigos. De hecho, con la mayoría de la familia aplica el título de una canción: “Lejos estamos mejor”. Siempre hemos sido nosotros cuatro para todo. Mi mamá, mi hermana, mi papá y yo. Bueno, cuatro y medio, no podemos dejar por fuera a Máximo, el perro/hijo varón/el ser más malcriado de la faz de la tierra. Contamos con nosotros mismos, siempre hemos estado juntos, incluso cuando me mudé de la casa a los 16 años y luego se fue mi hermana por un corto tiempo. Regresó a la casa para hacer maletas e irse del pueblo, del estado, de la patria donde nació.

Mi hermana... Esa coñita. No se entienda mal, es de cariño, yo la amo. Siempre ha sido más pilas, más melenuda, mejor cocinera que yo.

Diana Patricia (la macarena) es 6 años menor que yo y nació el 1ero de febrero de 1999. Decretado como el día más feliz de mi vida (al día siguiente Chávez tomó posesión del cargo y se cagó en todo nuestro futuro). Es chef profesional desde los 14 años, fue gimnasta rítmica de competencia y gasta más Sharpies que nadie porque dibuja toda la noche.

Con la desilusión normal de quien se sabe despegada de la gente de su promoción y alguien que nunca ha dependido mucho emocionalmente de los demás, Diana eventualmente se dio cuenta de que en Venezuela su futuro era tan brillante como una chapa pegada del asfalto. Una mierda. Diana quería comerse al mundo cuando aquí no hay nada que comer. Insistió e insistió, participó en casi todo el proceso y se estresó más que nadie pero logró salir de aquí.

“¡Qué follón!”

Una fatídica semana de noviembre atracaron a Diana. Le robaron hasta el cargador del celular, casi me da un ataque de saber que se habían metido con mi hermana. Esa misma semana, recién pasado el susto, el domingo en la noche mis papás venían hacia Caracas y a la altura de Caucagua les lanzaron un alambre para pinchar los cauchos, lograron pinchar uno y se tuvieron que detener. Cuando no lograron cambiar el caucho decidieron seguir pero los apuntaron con pistolas y les quitaron el carro. Mi hermana siempre peleaba porque no la traían a Caracas, pero cuando algo le sucede al carro mis papás siempre piden que no nos bajemos del carro. Imagínense lo que habría pasado si se hubiesen llevado el carro con ella adentro.

Dios sabe cómo hace las vainas, aunque no estemos de acuerdo. El cuento del robo lo pueden leer aquí.

El caso es que esa semana, todavía con pesadillas por lo de mis padres y a un día de mi cumpleaños, había decidido quedarme en casa de Ramón porque todo me daba pánico. Un día había demasiada cola en el metrobus y decidimos irnos en una camionetica “de las privadas”, esas que son más cómodas. Nos atracaron. Gracias a Dios no nos quitaron los celulares y por eso no tuve que contárselo nunca a mis padres. A Diana sí la llamé con un ataque nervios, qué bueno que cumplió su palabra de no decir nada. Solo nos quitaron dinero y el reloj de Ramón porque los malparidos eran unos chamitos y estaban muy nerviosos. Todavía se me corta la digestión cuando pienso en eso.

“¡Que yo no pago otra derrama!”

Con semejante historial de experiencias, se hizo el sacrificio y compraron el pasaje para mi hermana y mi mamá. Mi papá se va luego de poder dejar algunas cosas en regla acá, como la jubilación y otros detalles. Lloré un mar cuando mi mamá escribió en el grupo muy emocionada que ya tenía pasaje. Mi papá bromeó diciendo en un grupo de WhatsApp que mi mamá y él “se iban a separar” y me dio arrechera. Porque eso, cada quien lidia con su duelo como puede. Mi papá con el humor y yo soy Doña Rencores.

Conviasa nos estafó. A dos semanas del viaje cancelaron todos los vuelos y el aeropuerto se convirtió en una especie de comuna hippie compuesta por personas que ya no tenían más nada, solo un pasaje. Muchos vendieron absolutamente todo y ya no les quedaban siquiera bolívares con qué comprar comida mientras Conviasa les resolvía. Temí por la salud mental de mi mamá y Diana. Con mucho esfuerzo -de nuevo- se compraron otros pasajes por otra aerolínea mientras esperábamos el reembolso. Ya no había alternativa, la baja consular estaba lista, todo estaba listo.

Cada día se me hizo rapidísimo y cada momento en que me quedaba sola me ponía a llorar. Recuerdo haberme quedado en la residencia un día y llorar toda la noche. Toda. Desde las 12 am que me acosté hasta las 5 am que decidí tomar una siesta, porque igual debía pararme a las 7 am para ir a clases. Tenía la cara hinchada.

Me tocó ir para Anaco la última semana para compartir con mi familia. Los días más dolorosos de mi vida. Intenté ayudar a mi hermana con la maleta pero me iba a la cocina a llorar porque no quería que me viera. Intenté ayudar a mi mamá y lo mismo. Terminaron ayudándolas unas amigas de Diana y yo bien lejos.

“Primer punto del día”

Nos quedamos en un hotel en Maiquetía hasta que llegó la madrugada más triste de mi vida y nos tocó ir al aeropuerto, donde ya nos estaba esperando Ramón, mi novio. Me negué a llevar las maletas de mi mamá y mi hermana. Me sentía una traidora llevándoles las maletas para que se fueran del país. ¿Cómo haces para no sentirte mal cuando sabes que las estás ayudando a separarse de ti?

Sí, salí horrenda.

“Váyase señor Cuesta, vá-ya-se”

Cuando atravesaron las puertas de migración no había más nadie. No me tocó ver a otras familias despedirse. Tuvimos la soledad del aeropuerto solo para nosotros y una tristeza que no cabía allí.

Hicieron señas, como diciendo “hacia la derecha” pero no las entendí. Cuando entraron, efectivamente se fueron a la derecha y no las vi más. La puerta se abrió de nuevo, caminé y las busqué. Me herí a mi misma con una frase: “¡No las veo!”. Se habían ido.

No había querido llorar con fuerza porque me destroza ver a mi hermana o a mi mamá llorando. Vergación. Es como si me clavaran un cuchillo en el estómago. Mi papá me abrazó duro y pude soltar el llanto como si me hubiesen estado pisando el pecho y por fin me dejaron libre.

Antes de ellas irse nos abrazamos. Nos abrazamos mucho. Nada parecía suficiente. Mi hermana me dijo “Te espero allá” y me terminó de volver mierda.

Nos tocó caminar en silencio. Solo se oían nuestros pasos en el bendito piso de colores que ya está todo roto, como este país.

“¡Qué mona va esta chica siempre!”

Diana y mi mamá ya llevan 3 semanas en Madrid.

Me alivia que estén seguras, están bien. Ya tienen apartamento pero estuvieron quedándose en casa de unos amigos (a quienes agradezco infinitamente, Jonathan, Neth, señora Marisol, Jorge y Luis, GRACIAS) que las han tratado como unas reinas y las han ayudado como si fueran nuestra familia. Ya Diana consiguió su primer trabajo en España.

“Me voy a casa, que se deprime uno mejor estando tumbado.”

Algunas personas me preguntan cómo me siento, otras lo asumen y opinan sin saber. Se me ha llegado a decir que he aceptado muy deportivamente que mi mamá está lejos.

La realidad es que nadie más que yo sabe cómo me siento respecto a esto.

Siento que araño una ausencia. Tenía la costumbre de llamar a mi mamá cuando estaba en la cola del cajero, y cuando me di cuenta que ya no podía casi me pongo a llorar pero justo en ese instante ella me escribió y fue como una sopita caliente. Esta semana pude hablar con ella por llamada de WhatsApp desde la oficina, que el internet es mejorcito, y no sé si me siento mejor o peor. Me encanta escucharla pero me duele horrible.

Me siento como cuando tenías un póster de tu cantante favorito y lo veías como una posibilidad lejana. Como si tendría que suceder algo extraordinario para poder verlo alguna vez. Veo TVE y Antena3 como si fuese importantísimo estar informada sobre España. Como si viviera en un universo paralelo donde es súper importante saber cómo estará el clima el jueves por la mañana en Madrid. La ansiedad volvió en todo su esplendor y esta vez cuesta mucho más calmarla porque se mezcla con la tristeza.

Sueño que viajo con mi familia, que los veo, que nos tomamos fotos juntos.

Me pregunto todos los días si uno se acostumbra a la tristeza o si de verdad duele menos con el tiempo. Siento que me pesa el alma. Me duele la garganta de tantos nudos. Intento no llorar tantas veces que en cualquier momento voy a colapsar.

“El tupper lo quiero con vuelta ¿eh? que esos los uso mucho”

Me traje de Anaco todo lo que pude de mi mamá y mi hermana creyendo que estaba ganando un clóset nuevo. La verdad es que me pongo la ropa de ellas porque siento que así están cerquita de mi.

Me puse el sweater de mi mamá (el del screenshot anterior) y en un momento cuando estaba sola en la oficina conseguí cabellos de ella. Cada cosa que pasa, similar a esa, me duele profundamente. Nunca pensé que canciones alegres y de amor me iban a hacer llorar al punto de no querer oírlas más, porque me recuerdan a ellas.

Diana tiene una reciente adicción por las galletas de Mercadona.

Intento “alegrarme” viendo las fotos que mandan o preguntándoles cosas sobre su vida. No sé qué haré cuando se vaya mi papá.

Las extraño. Nos extraño. Necesito muchos abrazos y al mismo tiempo no quiero ver a nadie. Solo quiero dormir todo el día.

Me quiero despertar un día y tener una mesa para cinco. Nosotros cuatro, y Ramón, que ya es como mi familia. Con Máximo a nuestros pies, como siempre.

PD: “También a Marisa la dejó Manolo”.

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