Desde que era un niño Musha supo que entraría en la cárcel

Musha tenía un miedo, uno que le obsesionaba. Guardaba en él una visión, premonitoria, que le atormentó durante años la cabeza: siempre supo que, algún día, los soldados israelíes vendrían a detenerle.

¿Por qué querrían detenerle? Musha nació en el campo de refugiados de Aida, muy cerca de la ciudad de Belén, Palestina. Vivía en una de esas casas que en un primer momento fueron barracones, a donde se mudaron sus abuelos cuando la guerra les hizo abandonar su pueblo. Los campos de refugiados son lugares de conflicto. En Aida, los militares israelíes entran cuando quieren y todos saben, cuando aparecen, que el aire se va a impregnar de gases lacrimógenos, balas y piedras. Cada vez que vienen Musha entiende que seguramente se llevarán a alguno de sus vecinos. Ha sido así desde que era pequeño.

También, desde que era pequeño, le ha gustado la fotografía. Hace 16 años le regalaron una cámara desechable y las fotos que hizo con ella ganaron un concurso infantil que organizaron en el campo. Desde entonces, Musha ahorró para comprarse una, mientras iba preguntando a los turistas que pasaban por su barrio si le podían dejar hacer un par de fotos con las cámaras que llevaban.

Cuando llegó a la adolescencia, Musha decidió ser periodista. Los campos de refugiados son zonas de disputa y él quería contarlo. Comenzó a plasmar la vida cotidiana que se desarrollaba a su alrededor y todos los impedimentos que se encontraban para llevarla a cabo con la ocupación israelí. Grabó, fotografió, contó su realidad a través del obturador y denunció las condiciones en las que viven en Aida. Pero esta denuncia escocía, molestaba y le acercaba a su miedo.

En el 2013, a Musha le dispararon. Los militares israelíes habían entrado de nuevo al campo. Salió a la terraza a grabar la intrusión, pero los soldados le vieron y le gritaron que dejara de hacerlo. No opuso mucha resistencia, la entrada de estos era algo habitual y no le pareció que confrontarlos, esta vez, mereciese la pena. Pero antes de volver a la casa, un fuerte silbido retumbó en el aire. Del resto, solo recuerda un fuerte dolor en el ojo y sangre cayendo de su cara. Una bala de metal cubierta de goma le había atravesado la piel justo al lado del ojo y roto los huesos bajo la mejilla. Sus amigos, que estaban cerca de él, le bajaron de inmediato para llevarlo al hospital. Sin embargo, tuvieron que esperar, los militares no les dejaban salir a la calle. Suplicaron y gritaron que se estaba muriendo para que, finalmente, les permitieran su marcha.

Musha estuvo 17 días en el hospital y se sometió a dos cirugías. El día que le dieron el alta los soldados israelíes aparecieron en su casa para detenerle. Él no estaba allí, conocía muy bien su miedo y huyó nada más pisar la calle. Estuvo dos meses viviendo en casas de amigos y familiares. El primer día que volvió a Aida, al hogar de su abuelo, llegaron los militares. Le localizaron por su móvil. Él estaba durmiendo, cuando a las 2:00 de la mañana escuchó pasos fuera. Se asomó por la ventana y vio a los soldados, tapados, armados y dispuestos a entrar. Estiró las sábanas, ocultó sus cosas y se escondió junto a ellas debajo de la cama. Se quedó así durante 45 minutos. Los militares pasaron cuatro veces por su habitación. Ellos sabían que había estado ahí e intimidaron y agredieron a su familia para intentar averiguar dónde se encontraba. Cuando escuchó los gritos de sus tíos, intentó salir del escondite. No podía, tenía todo el cuerpo paralizado. El ruido que hizo consiguió que los soldados volvieran al cuarto, levantaran el colchón y le viesen. Comenzaron a pegarle patadas y golpes con sus pistolas, le pusieron en pie, le esposaron y se lo llevaron.

Permaneció 11 días en prisión. No tenían más motivo que el infundir miedo para arrestarle. Declaró 5 veces ante el juez y tuvo que pagar 500 euros de multa. Ahora, cada tanto, tiene que volver a los juzgados, todavía no han cerrado su causa.

Me contó su historia una noche, fumando shisha, riéndose de cómo el ejército más inteligente del planeta fue incapaz de mirar bajo el colchón. Sigue con el mismo temor, pero ya lo ha digerido y no permite que le condicione sus actos, ni mucho menos su labor periodística. Si algo le quedó claro tras su experiencia es el valor que tiene lo que, con su cámara, está haciendo.

Prisioneros palestinos

Mohammad -o Musha- tiene ahora 26 años. Fue detenido hace tres y sabe que su pesadilla puede repetirse. No es un miedo trivial, la mayoría de sus amigos han pisado la cárcel, algunos de ellos en varias ocasiones y muchos durante un año o más. Las detenciones son parte de la cotidianidad de sus vidas.

Desde que comenzó la ocupación israelí de los territorios palestinos en 1967, más de 800.000 personas de nacionalidad palestina han sido detenidas bajo órdenes militares, lo que supone el 20% de la población. En el 2012 Israel contaba con 4.596 palestinos en sus cárceles, algo que el artículo 76 del Cuarto Convenio de Ginebra prohíbe, puesto que determina que los prisioneros encarcelados por el país ocupante deben permanecer en las cárceles del país ocupado. De ese número de prisioneros, 184 eran detenciones administrativas, 189 eran niños, 10 pertenecían al Consejo Legislativo, 530 eran cadenas perpetuas y 451 tenían sentencias de más de 20 años.

Desde el inicio de la Intifada Al-Aqsa hasta el 2012, 75.000 palestinos pisaron la cárcel israelí. Entre el 2011 y el 2015 el número de detenidos en cárceles israelíes aumentó en un 26%.

El funcionamiento de la corte militar no garantiza los derechos de los detenidos. Solo en el 2008, se dieron 2000 casos de tortura, muchas de ellas sucedidas durante los interrogatorios, pero no se inició ninguna investigación al respecto por parte del gobierno de este país. Cuando los palestinos pasan a juicio, se encuentran con un juez que no ha estudiado para tal, son oficiales del ejército. Pueden estar detenidos sin cargos durante tres meses, mientras que con los presos israelíes este periodo no puede superar un mes.

Los palestinos además encaran las detenciones administrativas. El prisionero puede permanecer durante periodos de 6 meses prorrogables sin juicio ni cargos. Toda información acerca de los motivos sobre la detención puede ser ocultada al sospechoso y a sus abogados. Esto le permite a Israel detener en sus cárceles a palestinos a pesar de no tener pruebas contra ellos.

No solo es el hecho de ser encarcelado, son las condiciones con las que uno se encuentra una vez preso: falta de luz, habitaciones de no más de tres metros cuadrados, mal acondicionamiento, escasez de alimentos, inadecuada o nula asistencia sanitaria, falta de traductores y la constante prohibición de las visitas familiares debido a “motivos de seguridad”.

El temor a pasar o que alguien cercano pase por esta situación es una constante, no solo de Musha, sino de todos los palestinos que viven en los territorios ocupados.