Mateo

Érase una vez un hombre en su hábitat. Érase una vez un hábitat obsesivo que contiene un buen hombre dentro. Érase una vez el temor a olvidar que hizo desvanecer de la memoria del hombre todo aquello que por recordar tenía.

Se levanta como todas las mañanas y anota en su libreta la sucesión de acciones que emprende desde el momento en que pisa el suelo cada mañana. En ocasiones olvida cargar con tinta el bolígrafo y en ocasiones se olvida el bolígrafo cargado en la solapa de su camisa, pero siempre recuerda exactamente el lugar en el que se encuentra la tinta y el lugar en el que por última vez dejó su bolígrafo guardado. Y es que, aunque pueda parecerlo por su necesidad de escribir todo lo que hace, Mateo no tiene ningún tipo de problema de memoria.

Todo lo contrario. En su oficina lo apodaban “la máquina de los números”, pues su trabajo consistía en reproducir una y otra vez series lógicas y patrones en sistemas informáticos, y él siempre había sido el mejor de entre toda la plantilla. Al salir del trabajo no finalizaba su actividad memorística: todo lo contrario. En su tiempo libre, generalmente al salir del trabajo, memorizaba cada comercio de la avenida principal (que debía tener más de un kilómetro de largada). Incluso cuando el conductor era él, era capaz de recitar cada uno de los nombres de los comercios que iba recorriendo de forma ordenada al paso con el que su vehículo lo hacía.

Pero Mateo está convencido de que algo ha ocurrido en un pasado que debería atormentarle en su presente, pero que por algún extraño motivo ha decidido almacenarlo en el olvido. Ahora Mateo anota en su libreta cada paso que da y decisión que toma, cada palabra que le dicen y discusión que mantiene. Incluso anota las veces que va al servicio. Anota hasta sus pensamientos, no fuera que contuvieran pistas decisivas al respecto de su puntual olvido traumático.

Mateo ha dejado a sus amigos atrás, se ha despedido de su trabajo y se ha recluido en su estudio de siete metros cuadrados para reproducir una y otra vez el mismo día a día rutinario y monótono en el que se ve encerrado. El objetivo de tal experimento en un inicio tenía cierto sentido. Pretendía que su cerebro pudiese centrar toda su actividad en el ejército de la memoria, cosa que se había vuelto su única prioridad hasta el momento, y así con el tiempo poder recordar todo cuanto le fuera posible. Llenar cada recoveco de su memoria de imágenes relativas a su vida que le ayudasen a conseguir esa seguridad que hasta el momento todavía no había encontrado.

Con la ayuda del tiempo nuestro protagonista consiguió reproducir en su cabeza imágenes levemente perfiladas de lo que fueron sus primeros aniversarios, exceptuando el primerísimo de todos. Cada uno de ellos era recordado con su respectivo pastel de cumpleaños, globos y velas infantiles enmarcando un precioso cuadro familiar. Podía recordar su sabor, el del pastel, y si cerraba los ojos conseguía saborearlo por enésima vez. Mateo en vez de sentirse abrumado por tales avances sentía como su vida iba cobrando sentido poco a poco. Recordó por fin su primer día de guardería, las caras de los niños felices y las de los niños tristes también. Las mamás recogiendo a sus pequeños en la puerta del jardín de infancia. Recordó la mujer que le cambiaba los pañales a partir del primer año.

Su cerebro alimentado a base de comida basura no terminó achicharrándose por suerte (o por desgracia) y con la fuerza que le guiaba en su día a día, Mateo logró recordar por fin ciertas imágenes residuales que habían sido guardadas en su memoria unos días antes de su primer aniversario. Dedicó tres meses completos a tratar de encontrarles sentido y crear un friso cronológico mental de lo que fue su vida desde ese momento. Anotó cada aniversario y cada fecha memorable, pero una vez llegó al decimocuarto año de su vida se vio obligado a detenerse para caer en cuenta de que se había olvidado de recordar todo lo que era su vida por entonces. Era incapaz de terminar su friso cronológico y contrariamente estaba capacitado para narrar en reportaje sus primeros diez años de infancia. Algo sucedía en la cabeza de Mateo cuando ante la expectación del friso sentía orgullo y no arrepentimiento. Sentía fortaleza y no debilidad. Sentía plenitud y no vacío. Su vida cobró el sentido que había estado buscando, pero entre carteles de avenidas perdió el que había tenido hasta el momento.